La pitada

1925: clausura del campo del Barça impuesta por Primo de Rivera por haber silbado 'La marcha real'

Artículos | 11/03/2015 - 00:00h


Pilar Rahola


Xavier Sala i Martín hablaba en RAC1 de la imposición de la pax romana y en las redes sociales recordaban el glorioso antecedente: la clausura, por parte del dictador Primo de Rivera, del campo del Barça en Les Corts por haber silbado La marcha real. Fue el catorce de junio de 1925 y el Barça jugaba contra el histórico Júpiter, en un partido de homenaje al Orfeó Català. Cuando la British Royal Marine, que estaba en Barcelona, tocó el himno español, los doce mil seguidores protagonizaron una pitada histórica, mientras aplaudían el God save the king, que se interpretó acto seguido. La reacción del gobierno fue tan airada que el campo se clausuró durante seis meses. Joan Gamper dimitió por este hecho.

Noventa años después, la Agustina de Aragón del momento, doña Esperanza Aguirre, recoge la antorcha de su ínclito antecesor y amenaza con la misma medida, convencida de que la pitada es una ofensa de lesa majestad, imperdonable y reprimible en democracia. Aunque nombra a Sarkozy al hacer la propuesta -sabedora de que es un referente más presentable-, el hecho es que la tradición española da vueltas a la misma siniestra noria. Por supuesto, la propuesta de Aguirre ha sido celebrada por ínclitos pensadores como Guti o los colegas de Vox, y a la espera de acontecimientos es seguro que la lista de ofendidos elevando la petición de castigo será más larga y notable. Aguirre sabía dónde tocaba, fútbol, rey y patria, y no ha mencionado la cruz porque no hace falta, que la cosa está bien fusionada.

Y, sin embargo, entre castigos y represiones, durante estos noventa años -y más que podemos añadir- ¿todos estos guardianes del Santo Grial español no han tenido tiempo de preguntarse el porqué? Es decir, hace siglos que existe un contencioso abierto, que generación tras generación estamos en conflicto con el Estado, que la animadversión de catalanes y vascos hacia sus símbolos es endémica y profunda, y sin embargo no se preguntan el porqué. O, peor, saben perfectamente los motivos históricos del conflicto pero han decidido que hoy, como ayer, no pondrán solución porque el conflicto no lo debaten ni lo resuelven, lo niegan y lo reprimen. Es así como, amparados en su tradición de propietarios del terruño, quieren imponer por la fuerza aquello que sólo puede surgir de la empatía de la gente con sus símbolos. Es la imposición del conquistador sobre la tierra conquistada, el estigma del vencedor sobre el vencido. La pregunta es de qué les sirve. Porque si hace tantos siglos que intentan doblegarnos y no lo consiguen, quizás tendrían que buscar otras maneras más sutiles de conquista. Por ejemplo, el respeto y la seducción. Pero no es la opción, porque esta España de ordeno y mando es como el escorpión cuando la rana lo está transportando sobre el agua. Le acaba picando, porque no lo puede evitar: está en su naturaleza. Y claro, se ahoga...