¿Individualistas o personalistas?

 Author Img PROFESOR DE ECONOMÍA DEL IESE
13/02/2018 01:12 | Actualizado a 13/02/2018 04:03

El fenomenal embrollo que tiene como protagonistas a Carles Puigdemont y su entorno, y como víctimas a los ciudadanos de Catalunya puede llevar a la asfixia si uno lo mira muy de cerca. Tomemos algo de distancia, a ver si a través de una atmósfera menos espesa se filtra algo de luz.

“Los españoles –dice Julio Caro Baroja– no son individualistas, sino personalistas, lo cual es muy distinto”. Por “individualista” entiende don Julio no aquel que va a la suya sin cuidarse de los demás, sino quien, apoyado en el principio de igualdad de derechos, “exige que sus derechos sean respetados y está dispuesto a respetar los de los demás”; es decir, aquel que nosotros consideraríamos un ciudadano de una democracia civilizada. Pero, ¡ay!, don Julio nos dice que los españoles –se refiere a todos los españoles– no somos así. ¿Qué somos entonces? ¿Cómo es un personalista? Según nuestro autor, el personalista percibe a cada persona como un ente distinto, con características propias, y por ello “no siente es­crúpulo alguno en favorecer a unos y abusar de otros […] El personalista parte de un ego caprichoso e ilimitado para juz-
gar a su prójimo y decidir lo que este merece o no”.

A primera vista, ser tachado de personalista no resulta muy halagüeño: el calificativo no casa con el concepto que quisiéramos tener de nosotros mismos. Sin embargo, un arranque de sinceridad nos obliga a reconocer que describe con precisión un rasgo muy propio de nuestra forma de ser. Por otra parte, quizá exagera don Julio, porque todos los humanos somos un poco personalistas, en la medida en que dejamos que sentimientos y prejuicios maticen nuestra opinión de los demás y el trato que en consecuencia les otorgamos. Lo que sí es específicamente español es que el exceso de personalismo puede llegar a nublarnos la razón, y es lo que parece estar sucediendo en esta fase, que nos gustaría pensar que será la última, de la aventura republicana.

Una superabundancia de personalismo seguramente explica que, mientras se califica de golpe de Estado la aplicación del artículo 155 de la Constitución, una declaración de independencia basada en el resultado de un referéndum declarado ilegal se considere un ejercicio de legitimidad democrática; que, mientras quien está buscado por la justicia española se considera un exiliado político, el presidente del Parlament se permita decir en público que el presidente del Gobierno comete un fraude de ley; o que, mientras que el mandato de las urnas se considera sagrado, la Constitución sea, en palabras de un presidente de la Generalitat, “un triste papel”. Como diría don Julio, el independentismo se ha arrogado el derecho de decidir lo que el prójimo se merece o no. Además ¿cómo explicar que casi un millón de ciudadanos hayan respaldado a Puigdemont, cuando se sabía de antemano que por su situación judicial, conocida antes de las elecciones, sus posibilidades reales de acceder a la presidencia de la Generalitat eran tan escasas? ¿Por qué soportar que el Govern de la Generalitat esté paralizado hasta que se dé con una alternativa que los partidos independentistas consideren que pueden dar por buena? El lector ya conoce la respuesta: la tristemente célebre frase “Es uno de los nuestros”. Personalismo.

Sin olvidar el tanto de culpa que corresponde al Gobierno del Partido Popular en este lamentable desenlace, pensemos por un momento en los costes incurridos hasta hoy; en cómo esos costes, al revés de lo que pensaban los partidarios de la independencia, han recaído esencialmente sobre Catalunya. No me refiero tanto a los económicos, que tardaremos en poder evaluar, como a los que podríamos llamar morales. En su campaña de internacionalización del conflicto, la línea argumental del independentismo ha consistido en presentar a España como una democracia corrupta de baja calidad. Pues bien, aunque la imagen de España ha perdido algo de su lustre, ello no se debe tanto a los esfuerzos de la acción exterior del independentismo como a la falta de iniciativa del propio Gobierno. Por otra parte, es posible que, por aquello de que entre gente decente los trapos sucios se lavan en casa, los trabajos de la diplomacia independentista hayan tenido un resultado contrario al previsto, y puede también que los escarceos de Carles Puigdemont y de su entorno hayan dado la impresión de que Catalunya es hoy no tanto un pueblo de héroes como un país enfermo.

Es el momento de encarar sin miedo la realidad. Así lo pide la exigua mayoría de votantes que nunca hemos querido ese procés, que hemos sospechado que terminaría mal. Uno desea fervientemente que esa exigua mayoría acoja a la otra mitad, a su regreso a la cordura, sin ánimo de venganza ni de ajuste de cuentas. Sin rencor, olvidando el tiempo perdido, las oportunidades desperdiciadas, los recursos malgastados. A ver si, de acuerdo con las definiciones de don Julio, somos todos algo menos personalistas y un poco más individualistas.