La independencia de Euskadi


 13/03/2016 01:02 | Actualizado a 13/03/2016 02:12

Según la última encuesta realizada por el Gobierno vasco, dada a conocer el pasado viernes, sólo el 19% de los consultados estaría por la independencia de Euskadi. No parece que Arnaldo Otegi, un etarra de la vieja guardia, pueda ser un líder regenerador de los afanes secesionistas en el País Vasco y Navarra ni, mucho menos, un hombre para conducir la culminación de la catarsis cívica y ética que los vascos todavía tienen –tenemos– pendiente. Es tan obvio que un exterrorista no puede representar en Euskadi nada que no sea su propia trayectoria, incluso si es ahora de arre­pentimiento por sus crímenes y de compasión hacia sus víctimas, que resulta desalentador tenerlo que proclamar fuera de los confines vascos. El hecho de que dirigentes independentistas catalanes hayan acogido a Otegi como si se tratase de uno de los suyos causa auténtico estupor, moral y político.

Desde el punto de vista ético, el secesionismo en Catalunya ha sido muy cuidadoso al apartarse de expresiones violentas por radicales que fuesen sus postulados, aunque una nueva izquierda separatista –la de la CUP y algunos sectores de ERC– se hayan arrimado a la abertzale buscando, quizás, un referente que les alumbre la salida de su propio laberinto. La diferencia entre Euskadi y Catalunya a la hora de reivindicar la independencia no la marca, como señalaba el siempre ponderado Antoni Puigverd, el mero carácter simbólico del euskera y los beneficios del concierto económico. La secesión vasca está deslegitimada porque su apelación a través de ETA la ha convertido en una aspiración democráticamente inmane­jable. De ahí que el PNV, muy consciente de esta circunstancia, merodee el independentismo (véase su planteamiento en la ponencia parlamentaria sobre el autogobierno), pero no lo abrace por el déficit democrático que su invocación conlleva. Demasiados asesinatos, chantajes, destrucciones y secuestros en nombre de la liberación de un pueblo que jamás antes de 1978 (Constitución) y 1979 (Estatuto) se constituyó en un ente territorial político único y confederal internamente, bilateral con el Estado y con un institucionalización tradicional de carácter foral.

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Tampoco desde el punto de vista político emparentan las tesis independentistas de Euskadi y Catalunya. Efectivamente, las haciendas forales con facultades normativas asimilables a las leyes fiscales del Congreso dotan al ­autogobierno vasco de una capacidad financiera que le acomoda en la estructura del actual Estado. El concierto económico –que en el País Vasco las ­élites dirigidas por Pedro Luis Uriarte están prestas a defender con sólidos ­argumentos históricos y políticos– es un elemento internamente cohesivo de mayor potencia, incluso, que el de na­turaleza cultural porque, ciertamente, la normalización del euskera es “más retórica que instrumental” (cita también del artículo de Puigverd del 7/III/2016), debido a su difícil accesibilidad y a la diglosia secular que en el País Vasco se ha producido bien diferente a lo que ocurría con el catalán, incluso en las épocas más oscuras de la represión lingüística.

Pero la diferencia esencial de índole política entre Catalunya y Euskadi reside en la distinta actitud de la burguesía nacionalista catalana y las clases medias vascas adheridas al PNV. Los nacionalistas vascos han experimentado de manera silente y constante una auténtica metamorfosis. Vacunados del radicalismo de la época bronca de Arzalluz, de la escisión de Garaikoetxea y del aventurerismo de Ibarretxe, los ­jelkides han elaborado un nuevo paradigma de moderación en el País Vasco que, por una parte, ha arrinconado a la burguesía que votaba al PP y, por otra, se ha distanciado de la toxicidad del abertzalismo radical de EH Bildu y sus variantes. No hubo un solo miembro relevante del PNV ni en las puertas de la cárcel de Logroño cuando salió de ella Otegi, ni en el homenaje posterior en San Sebastián.

En Bilbao todavía tratan de expli­carse qué hacían allí dirigentes independentistas catalanes. Es apropiado constatar que los peneuvistas están mosqueados con lo que ocurre en Catalunya y con determinados comportamientos de dirigentes secesionistas. Y no es para menos. El lehendakari Urkullu y el presidente del PNV, Ortuzar, van paso a paso recuperando un nacionalismo para el siglo XXI lleno de adherencias del XIX. La independencia, en las actuales condiciones, no constituye su afán sino una aspiración historicista que forma parte de un realismo fantástico, tan del gusto de la tierra. Ni el catalanismo debería mirarse en el espejo vasco por la consistencia de su trayectoria, ni el nacionalismo vasco buscar referencias catalanas cuando tiene las suyas tan a mano y resultan tan expresivas. Hay convergencias que están condenadas a la excentricidad y, por lo tanto, al fracaso.