Otra vez Sánchez y el PSC

14/05/2017 00:32 | Actualizado a 14/05/2017 02:54

Regresa el malestar en Ferraz con el PSC. Los poco más de 900 avales recogidos por Susana Díaz en Catalunya, en comparación con los más de 6.000 logrados por Pedro Sánchez, supone que es aquí en donde la proporción favorable al madrileño es más importante que en cualquier otra comunidad autónoma, incluida Andalucía. Miembros de la gestora del partido, personalidades que apoyan a la presidenta de la Junta y militantes que están ayudando a Díaz en su campaña no ocultan –aunque lo manifiestan muy discretamente– que este desequilibrio sólo puede deberse a que Miquel Iceta y, en general el PSC, no han mantenido la neutralidad en la pugna interna del PSOE, a la que el primer secretario de los socialistas catalanes se comprometió cuando alcanzó en febrero pasado un acuerdo con Fernández y la gestora, un pacto que reformulaba el protocolo de 1978 entre ambos partidos.

Sigue oponiéndose en sectores del PSOE una gran resistencia a la posibilidad de que sean afiliados a otro partido –el PSC–, por muy hermano que sea, los que determinen quién será el secretario general de la organización. “No debimos flaquear, la militancia del PSC tenía que haber quedado al margen de la elección de nuestro máximo dirigente”. Así se expresan algunos líderes regionales del PSOE que acogieron en su momento con recelo la reconciliación con el PSC porque ya valoraron entonces que se producía en unas condiciones demasiado favorables para la organización catalana. La sola exigencia de establecer un censo específico para afiliados del PSC para su participación en las primarias del PSOE, bajo la promesa de Iceta de neutralidad total en la disputa, ha resultado para muchos un auténtico fiasco. Y si Pedro Sánchez, al final, logra la secretaría general por los votos de la militancia del PSC (14.000 sufragios potenciales), el conflicto sobre la legitimidad de su designación no resultaría descartable en absoluto. Este debate ya estuvo presente en el Congreso de Sevilla de febrero del 2012 en el que por 22 votos salió elegido Alfredo Pérez Rubalcaba frente a la candidatura de la tristemente fallecida Carme Chacón.

Pedro Sánchez no deja de recordar públicamente el comité federal en el que resultó destituido el pasado mes de octubre. Y sus adversarios tampoco que el PSC desafió –previo acuerdo de sus órganos de dirección– la decisión adoptada por ese mismo comité de abstenerse en la investidura de Rajoy, lo que provocó sanciones económicas para los diputados catalanes, algún relevo, pero ninguna consecuencia irreversible que castigase una indisciplina que ha dejado una muesca en la historia del PSOE en su re­lación con el PSC. Por otra parte, el ­alto número de avales en Catalunya a favor de Sánchez revelaría que los militantes catalanes están más cómodos con las formulaciones plurinacionales del ex secretario general que con la Declaración de Granada del PSOE en la que se excluía la alteración del artículo segundo de la Cons­titución. Luego ha ­venido la aclaración: se trata de una “plurinacionalidad cultural” sin afectación de la unidad nacional de España. Y otra: el ex secretario general del PSOE marca distancias –después de estrecharlas– con Podemos. Una ligera corrección moderada antes del próximo domingo.

Lo cierto, sin embargo, es que la campaña de Sánchez en Catalunya se apoya en la apuesta por definir España como “nación de naciones”, una expresión que ya manejó profusamente Pasqual Maragall, tomada del socialista Anselmo Carretero, pero que, sin embargo, no tiene correlato en ningún texto constitucional de los países occidentales. Por el contrario, Susana Díaz no está utilizando el modelo de Estado ateniéndose a las tesis federalistas acordadas en el PSOE. Incluso Josep Borrell, que apoya a Sánchez, le corrigió cuando sostuvo que “Catalunya es una nación pero no tiene derecho de autodeterminación por serlo”. En todo caso, este discurso de Sánchez ante la audiencia del PSC trata de que sus militantes se encuentren cómodos con el discurso territorial del PSOE.

El denominado “PSOE oficial” mantiene que Díaz ganará, entre otras razones, porque la victoria psicológica de Sánchez en la batalla de los avales ha disparado la preocupación de lo que algunos califican de “clases medias socialistas”, aquellas que no se comprometen como avalistas, pero que, ante la posibilidad de que Sánchez pudiera vencer, se apuntarían a una opción alternativa. De ahí que ahora no haya deseo de que López se retire ni se fusione con la candidatura de Díaz porque se supone que drenará muchos más apoyos a Sánchez que a la andaluza. Este malestar subterráneo no saldrá mañana –salvo que Carmen del Riego, moderadora del acto, lo introduzca– en el único debate entre los tres candidatos. Sí, en cambio, el contraste sobre el modelo de país y de partido que cada uno pretende, asunto en el que podría tener ventaja Díaz, no sólo por el contexto español, sino por el internacional del socialismo europeo en el que franceses y británicos se han desplomado y alemanes e italianos siguen siendo una incógnita. La presidenta de la Junta de Andalucía aducirá la necesidad de conformar una alternativa sin contaminaciones populistas con un partido estructurado conforme a criterios de representación orgánica, frente a un Sánchez que estará más en la línea de los izquierdismos “insumisos” con el sistema al estilo del francés que comanda Jean-Luc Mélenchon.

En definitiva, el nerviosismo es evidente en el PSOE porque el sector oficial ha interiorizado que una victoria de Sánchez –aunque la juzgan improbable, no imposible– conllevaría la implosión del partido y, así, alguien podría estar en condiciones de constituirse en el Manuel Valls español y afirmar que “el PSOE ha muerto”, después de que el vasco López haya barajado en los medios la posibilidad de que la organización “pueda desaparecer”. Y de por medio, otra vez, el PSC como manzana de discordia en el socialismo español.