Cuando los hechos cambian

 Author Img CATEDRÁTICO DE ECONOMÍA DE LA UNIVERSITAT DE BARCELONA
 15/06/2016 00:58 | Actualizado a 15/06/2016 02:18

Cuando los hechos cambian, yo cambio de opinión. Y ¿usted qué hace?”, respondió el gran economista ­británico John Maynard Keynes cuando en los años de entreguerras y de la Gran Depresión le acusaban de cambiar de opinión sobre la política que seguir. Su criterio moral era que el análisis económico y la acción de los gobiernos debían estar dirigidos por la razón y no por la ideología de partido o los intereses de grupo.

Ese mismo principio lo utilizó el senador demócrata norteamericano, colaborador de las administraciones de Kennedy, Ford y Nixon, embajador en India y en las Naciones Unidas y académico, Daniel Patrick Moynihan, al afirmar: “Todos tenemos derecho a nuestras opiniones, pero no tenemos derecho a nuestros propios hechos”. Este principio le llevó a cambiar de posiciones con frecuencia, tanto en asuntos internos como en la política exterior.

Atender a los hechos y orientar la política de acuerdo con ellos parece un principio de buena salud democrática. Un principio que podría servir para reorientar la política catalana oficial, en particular, la hoja de ruta que sostienen las fuerzas independentistas. Porque desde que se acordó han ido emergiendo hechos que ponen en cuestión su conveniencia para el interés general, y hasta para sus partidarios. Permítanme mencionar algunos de ellos.

1) Ha quedado claro que el criterio de unilateralidad choca de frente contra el principio de legalidad del Estado de derecho. Ese ­choque aboca a un callejón sin salida, como hemos visto con la última declaración unilateral del Parlament. Hay que reconocer ese hecho. Supongo que a eso se refería el presidente de la Generalitat, Carles Puig­demont, cuando en la reunión del Cercle d’Economia en Sitges afirmó: “No me verán cometiendo ninguna ilegalidad”.

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2) Ha quedado claro también que la unilateralidad llevaría a la salida automá­tica del euro y de la Unión Europea. Este hecho tiene también reconocimiento creciente dentro del propio mundo independentista. El vicepresidente y conseller de Finanzas, Oriol Junqueras, afirmó en la reunión del Cercle d’Economia que quizá se podrían encontrar personas tan europeístas como él, “pero ninguna más que él”. A buen entendedor, sobran más palabras.

3) La hoja de ruta ha llevado a desconectar la gestión del día a día de la política catalana de los centros de decisión españoles donde, sin embargo, se toman decisiones que afectan a la capacidad de gestión de la Generalitat: el Fondo de Liquidez Autonómico, la negociación del nuevo modelo de financiación, el coste de la deuda catalana, el reparto del déficit entre Estado, autonomía y ayuntamientos, la legislación educativa, etcétera. Si esas decisiones afectan a las condiciones de vida de los catalanes y a la economía, mejor participar en ellas que desconectarse, sin que eso signifique renunciar a la aspiración última. El reinicio del diálogo sobre las negociaciones acerca de esas cuestiones entre el Gobierno central y la Generalitat es un reconocimiento de este hecho.

4) La hoja de ruta independentista ha entrado en línea de colisión con las necesidades sociales más urgentes: el paro, los nuevos pobres con empleo, la emergencia social de la pobreza de los hogares con niños, el aumento de las personas en exclusión y los sintecho. La no aprobación de los presupuestos para el 2016 es el reconocimiento claro de este hecho. Sin unos nuevos presupuestos no hay gobierno que merezca tal nombre. Si no entiendo mal, este hecho ha sido reconocido implícitamente por el vicepresidente Junqueras al afirmar que la orientación social de los nuevos presupuestos ha quedado bloqueada al no ser aprobados.

5) La hoja de ruta independentista perjudica a sus propios partidarios. El apoyo electoral a nuevas formaciones políticas que llevan en su programa como objetivo prioritario la cuestión social y el referéndum, pero no la independencia, parece confirmarlo.

A la vista de estos hechos, las fuerzas políticas y las organizaciones sociales independentistas deberían cambiar la hoja de ruta. No digo cambiar sus aspiraciones y su objetivo final. Tenemos derecho a nuestras propias opiniones, como defendía Moynihan. Pero cuando lo hechos cambian, deberíamos cambiar nuestras opiniones y las políticas, como recomendaba Keynes.

Hoy por hoy, la política catalana oficial parece estar bajo el síndrome de la disonancia cognitiva, que consiste en rechazar todo hecho que contradice la visión que cada uno tenemos de como deberían ser las cosas. Naturalmente, algo similar se puede decir de la política española oficial, que responde al viejo síndrome hidalgo castellano del “sostenella i no enmendalla” al ­negarse a reconocer el principio democrático de nuestra Constitución, que obliga políticamente a encontrar las vías legales para hacer posible las aspiraciones mayoritarias de los ciudadanos. Pero no desfallezco, sigo esperando que los hechos y la fuerza de la razón acabarán imponiéndose a las visiones ideológicas y a los intereses de partido.