16/01/2016 01:14 | Actualizado a 16/01/2016 02:28

Hasta mediados de la semana pasada, aunque tenía dudas, pensaba que era imposible un acuerdo entre Junts pel Sí y la CUP, por lo que se aproximaba un final de etapa. Pero estas dudas se disiparon después de la entrevista que el president Mas concedió a TV3, el jueves 7, en la que dio por hecho que no era posible el pacto, por lo que se iba inevitablemente a unas nuevas elecciones. Porque podrán hacérsele a Mas otros reproches, pero no que sea mentiroso: suele hacer lo que dice. Pero esta vez no ha sido así. Lo que plantea tres cuestiones:

1ª. ¿Qué ha sucedido? Hay que distinguir las causas que han llevado al president Mas a modificar su decisión a última hora de las que han provocado el repentino cambio de actitud de la CUP. Por lo que a Mas se refiere, no caí en algo sabido. Dícese que, cuando llega el momento de la muerte, el moribundo recobra por un instante una extrema lucidez, que incluso le permite recuperar en un segundo toda su trayectoria vital. Esto debió de pasarle a Mas el pasado fin de semana cuando, ante la inminente convocatoria de nuevas elecciones, revivió todo el proceso y comprendió que sólo tenía una salida, que era echarse a un lado y permitir así que el proyecto siguiese sin él a su cabeza, pues el resultado de unos nuevos comicios iba a ser demoledor para el independentismo y letal para Convergència. Además, como tiene arrestos y fértil imaginación política, pergeñó la salida que ha prosperado y que es un ejemplo de inusual habilidad. Súmese a ello que, de no haberse echado a un lado, su imagen pública como líder –de la que tan celoso es– hubiese sufrido un golpe irreparable. Y respecto a la CUP, baste decir que no ha podido aguantar la enorme presión ejercida sobre ella por el independentismo, amplificada por buena parte de los medios de comunicación, pues la resistencia de los materiales es limitada. Se suele decir, con desparpajo, que el independentismo no tiene la mayoría social, pues sólo está entre el 47% y el 48% de la población, como si esto fuese poco, cuando es casi la mitad del censo y, en muchas zonas, resulta apabullante.

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2ª. ¿Cómo se ha articulado este acuerdo? Se ha formalizado con un pacto semejante al pacto de sindicación entre dos grupos de accionistas de una sociedad que, concordes en la estrategia, aparcan sus diferencias y se comprometen a no enfrentarse en todas o en ciertas votaciones esenciales. Esto es el pacto de estabilidad alcanzado. Hay quien lo tacha de transfuguismo. No lo veo así: el tránsfuga es un traidor a su partido, mientras que, en este caso, es todo el partido –la CUP– el que se somete a una disciplina de voto. Quizá no ha tenido fuerzas para hacer otra cosa. ¿Puede que haya sido un suicidio? Puede. El tiempo lo dirá. Por último, desde otra perspectiva, se ha criticado al president Mas que utilizase, al dar cuenta del acuerdo, expresiones de una ortodoxia democrática discutible. Así, dijo que ha habido que “corregir” mediante el acuerdo “aquello que las urnas no nos dieron”; y se refirió a las elecciones anticipadas como “una posibilidad de caos en nuestro país”. Es cierto que estas palabras tienen un regusto autoritario, pero más pueden ser el indicio de un talante personal arrogante que la definición de un pensamiento político articulado.

3ª. ¿Qué precio se ha pagado por este acuerdo? Convergència, aparte de la cabeza de Mas, ha pagado el precio de su centralidad perdida definitivamente, a resultas de su pacto con un partido antisistema como la CUP. Lo que se suma a la previa radicalización del proceso que Convergència ha impulsado hasta ahora, plasmada en la declaración parlamentaria de 9 de noviembre, que infringe la legalidad constitucional y prevé una declaración unilateral de independencia. Convergència –o sus restos– ya no es, por tanto, el partido de la derecha catalanista moderada. Y, por lo que se refiere a la CUP, el precio ha sido, aparte de un par de cabezas ofrecidas a Mas, su posible escisión futura. Su credibilidad revolucionaria ha quedado bajo mínimos.

El objetivo de esta investidura al límite ha sido eludir las urnas y ganar tiempo ­para negociar una salida honrosa al conflicto, aunque esto no se reconocerá ­nunca. Porque el discurso del president Puigdemont ha sido abrupto en la forma pero abierto en su contenido. Ha admi­tido que se va a “iniciar el proceso para dotar a Catalunya de las herramientas indispensables que le den capacidad de respuesta a las necesidades del presente y a las esperanzas del futuro”. Por lo que cabe interpretar que la disponi­bilidad de estas herramientas no pasa necesariamente por la independencia, ni por ­sacar las instituciones catalanas de la ­legalidad, como también se desprende de su discurso. Ante esta situación, el futuro gobierno de España tiene la inicia­tiva. No bastará un gobierno fuerte. Habrá de ser también prudente, es decir, mostrar espíritu de concordia, voluntad de pacto y predisposición transaccional. ­Ambas partes habrán de ceder. La única al­ternativa a la transacción es el enfren­tamiento.