El meollo del debate

18/06/2017 01:11 | Actualizado a 18/06/2017 02:46

La izquierda en España (PSOE y Podemos) podría articular una nueva mayoría, alternativa a la del PP con Ciudadanos y sus apoyos vasco y canario, siempre y cuando llegase a un entendimiento sobre el modelo territorial de España porque en otros muchos aspectos –salvo en la monarquía– no existen obstáculos infranqueables para el acuerdo. Ocurre, sin embargo, que los socialistas no pueden asumir –y así lo dejó bastante claro José Luis Ábalos en su intervención en el debate de la moción de censura– un planteamiento confuso, ambiguo, retórico y exento de rigor de la plurinacionalidad como el que propugnó Iglesias. Si se plantea la introducción del concepto de naciones en una eventual nueva Constitución, alterando el fundamento dogmático de España como única nación política, no estaríamos ante una reforma de la norma fundamental, sino ante un proceso constituyente que es, en el fondo, lo que el populismo izquierdista desea plantear con EH-Bildu y ERC, y, acaso, con Compromís.

Para intentar ese proceso constituyente –la demolición del sistema según describió Albert Rivera en su intervención en el debate del pasado miércoles– se requiere de un nuevo pacto de San Sebastián (1930) que traiga la III República a la que vitoreó desde la tribuna del Congreso Joan Tardà. Y haría falta, además, que el nacionalismo vasco del PNV y el soberanismo del PDECat se fiasen de las intenciones de una izquierda que en otros tiempos –la II República por ejemplo– tampoco resultó ser el paradigma de la desestructuración nacional que sugerían algunos antes de que el sistema que siguió a la Restauración ( Delenda est monarchia) desembocase en la cruenta Guerra Civil de 1936-39.

Las intervenciones de Aitor Esteban, pero sobre todo la de Carles Campuzano, fueron, desde muchos puntos de vista, las más sugestivas y sugerentes. Porque ambos portavoces nacionalistas se mostraron renuentes y su abstención fue la expresión de la reticencia. Descontando que el PNV tiene un acuerdo con el PP que le vincula de una manera inexistente para el PDECat, resultó evidente que los dos partidos que traen causa de una conformación ideológica reconocible (mesocrática) y de una estrategia sostenida (gradualista, ahora de los vascos, pero antes también de los catalanes), no van a avalar oportunismos populistas como esa confusa plurinacionalidad que intentó y no logró desentrañar Iglesias. En este asunto, o corte o cortijo. O quizás seguir manteniendo un equilibrio entre programas de gestión y objetivos de aspiración (ese es el juego de Sabin Etxea), al que regresarán las clases medias catalanas una vez se compruebe que tras el referéndum independentista –por muy terrible que sea la crisis que provoque– el Estado, antes o después, ofrecerá un reencuentro como el “abrazo de Bergara” entre isabelinos y carlistas (1839, entre Espartero y Maroto).

El socialismo español –“somos la izquierda”, ha querido subrayar Sánchez, que hoy quedará ya entronizado como secretario general del PSOE– puede desmarcarse de su propia trayectoria en muchos recovecos del camino, pero no en dos asuntos esenciales: el apoyo a la monarquía parlamentaria y el compromiso con la unidad territorial del Estado, aunque pueda intentar la federalización de la Constitución siguiendo la estela de no pocos intelectuales y juristas de su espectro. El PSOE, además, no irá contra sus bastiones electorales (Andalucía, Extremadura, las dos Castillas…) como entendió bien el portavoz de su grupo en el Congreso. Los socialistas son padres fundacionales del sistema constitucional de 1978 que registra también una solvente presencia catalana (Solé Tura y Roca Junyent) y se deben a un auditorio amplísimo que tan bien retrató Sergio Vilar en su Cataluña en España. Aproximación desde Cataluña al espíritu y los problemas de las regiones españolas (1968).

Estamos condenados –o quizás, salvados– por la necesidad de compromisos históricamente encadenados. Cuando los hemos abandonado ha sobrevenido el caos. El recorrido sentimental de Pablo Iglesias por las distintas comunidades de España, realizado enfáticamente sin olvidar a ninguna, evocaba más al cantonalismo que a cualquier otro modelo territorial y, a la postre, sacaba a pasear de nuevo el café para todos que está en el origen de tantos males porque ha excitado la emulación y ha tomado la diferencia –de Catalunya, del País Vasco o de Galicia– como privilegio, cuando, en rigor, se trata de reconocer realidades distintas que han de ser solidarias. Y este es el meollo de la cuestión. Junto con otro que destacó en un recuadro intencional el pasado jueves este periódico: las palabras de Xavier Domènech dirigidas a ERC: “Tenemos la posibilidad de construir una mayoría alternativa que ya existe en Catalunya para acabar con la corrupción de Convergència. La manera como consideramos que se debe superar el Estado autonómico agotado es a través de procesos constituyentes donde se puedan encontrar tanto los del sí como los del no”. Por eso, Campuzano dijo lo que dijo: en esas frases de Domènech parece escrito el futuro de Catalunya que incluye la proscripción de la burguesía y su sustitución por una suerte de menestralía del país y los comunes.

El proceso constituyente, en definitiva, es el recurso de sustitución del independentismo impaciente y a trompicones del proceso soberanista. De ahí que Podemos –ni en Madrid ni aquí– se quiera comprometer con el referéndum unilateral (sí apoyarlo como expresión de insumisión) porque dispone de un proyecto que va más allá de este episodio grave, agudo, pero con fecha de caducidad. Seguramente ERC y los comunes, con Podemos, quieran articular –sin el PDECat, por supuesto– una vanguardia de ruptura general que pasa, además del proceso constituyente, por desalojar del poder a los nacionalismos en el País Vasco y Catalunya. En fin, quedan pocos meses para que el campo de maniobras nos ofrezca una idea exacta de todas las posiciones.