La construcción catalana

18/12/2017 00:37 | Actualizado a 18/12/2017 03:16

Vivimos atrapados por una lógica política irresoluble configurada para la proclamación de la legitimidad del Parlament para imponerse a la legalidad constitucional, frente a la defensa de esta legalidad. Es una dialéctica entre dos polaridades. La que se origina en el rechazo o la sombra de la sospecha a toda reclamación catalana, por modesta que sea, y en sentido opuesto la polaridad del proceso, que trata de la separación de un Estado que se juega su existencia en el envite, y una Europa consciente de que tal hecho conllevaría la crisis insuperable del euro y de la propia Unión.

El resultado de todo ello es inestabilidad política, daño a la convivencia, incluidas las listas negras, intervenciones judiciales, empeoramiento de la imagen exterior, perjuicio económico. El balance de cinco años del proceso concluye con una gran pérdida de dinero, tiempo, y energías. Fuera del monotema no hay vida, ni políticas públicas dignas de este nombre, ni atención para razonar las emergencias demográficas, educativas, sociales y económicas que hay que afrontar. Que la Generalitat gaste más de 100 millones de euros diarios no parece interesar demasiado, a pesar de que una mejora de la eficiencia del 5%, sin más, significaría disponer de ¡1.825 millones adicionales al año! Sólo en Ensenyament se ganarían 20.000 euros por repetidor que dejara de serlo.

Si no superamos los dos polos, lo pagaremos caro. Significará que los catalanes hemos perdido el reflejo de vivir y progresar juntos. Preferiremos el enfrentamiento al bienestar, como sucede en otros lu­gares desafortunados, porque habremos permitido que la política se haga en la calle y divida a las familias.

Pero hay otro camino que ejemplifica muy bien la volta, la cúpula catalana, una construcción práctica y eficaz, que necesita buenos albañiles y es capaz de cobijar un espacio común a partir de las paredes de carga, que limitan con las intransigencias y las emociones tóxicas. Un camino que haga a las instituciones catalanas inclusivas, capaces de promover la excelencia, la civilidad, la estabilidad, el empleo, la cohesión y justicia social, y la productividad, con dotes para negociar exigencias concretas con el Gobierno de España. Un nuevo relato que nos una porque hace suyo el criterio de Chesterton de que “el primer principio de la democracia es que lo esencial entre los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa”.