Autonomías al desnudo

19/01/2017 01:08 | Actualizado a 19/01/2017 03:34

No sabe el señor Rajoy cuánto celebra este contribuyente verle tan satisfecho del resultado de la conferencia de presidentes. No sabe su vicepresidenta Soraya cuánto satisface su cara de felicidad, porque es la recompensa de un trabajo intenso e inteligente. No sabe el lector cuánto satisface el retorno de la conferencia, porque no hay otra forma de afrontar los problemas comunes en un Estado descentralizado o federal. Y no saben los demás jefes (autonómicos) de Gobierno cuánto gusta verles con el gesto del deber cumplido y cómo piensan que han logrado un gran pacto. Menos mal que se han expresado así, porque este contribuyente no consigue ver ese pacto, sino, en todo caso, una serie de preacuerdos que se deben desarrollar.

Hecho este rosario de reconocimientos, el contribuyente se apresura a decir que lo importante de la conferencia es que nos ha permitido ver la situación del Estado de las autonomías en toda su crudeza. Nos hemos encontrado, en primer lugar, con que la singularidad de las dos comunidades que aspiran a ser naciones consiste en no acudir a donde están las demás. En el caso de Urkullu, porque tiene resuelta la financiación y la debe estar tratando discretamente como precio del apoyo a las cuentas del reino. En el de Puigdemont, quizá no encontró la forma de hacer compatible la construcción del Estado catalán y dedicarse al mismo tiempo a las pequeñeces de Extremadura o de Castilla-La Mancha.

Y nos hemos encontrado, después, con la realidad del país: la España de primera y la España de segunda. La de primera es la España que se permite reducir la presión fiscal o no cobrar las impuestos cedidos. El caso más clamoroso es el del impuesto de sucesiones, insultantemente desigual entre regiones. Lo perdona Núñez Feijóo en Galicia porque tiene superávit. Lo perdona Cifuentes en Madrid por una razón que ella explicó: le va bien. Es decir, atrae a personas e inversiones y seguramente le da votos. No lo puede perdonar Fernández Vara porque “no puede permitirse esos lujos”. La España rica y la España pobre. La España que acusa de dumping fiscal a la otra media y la España que se regodea ante la impotencia de los demás. La conferencia las puso sobre la mesa.

Como todos los asistentes eran constitucionalistas, incluso bipartidistas, no tuvieron inconvenientes en asentar principios de acuerdos. ¿Quién se iba a negar, además, a intentar un pacto contra la violencia de género? ¿Cómo decir no de entrada al pacto educativo o la coordinación en protección civil? Pero queda rigurosamente pendiente, y en manos de expertos, la cuestión financiera. Y queda abierta de mala manera: sin dinero por falta de recaudación y con agravios entre comunidades. Tenga cuidado, Rajoy. Tiene entre manos otro material muy delicado: se empieza hablando de dinero, se entra en la actual fase de celos y se termina enfrentando a las autonomías. Los primeros signos están ahí.