Minotauro en la urna

21/12/2017 00:34 | Actualizado a 21/12/2017 03:04

El Minotauro, otra vez. El poder y el Estado, en la terminología de Jaume Vicens Vives. Las elecciones de hoy, 21 de diciembre, han puesto al Minotauro en la urna. La soberanía, claro. Pero el poder también. La una no se puede entender sin el otro. El historiador gerundense sentenció que Catalunya es un pueblo que no sabe cómo relacionarse con el Minotauro. El desenlace del proceso catalán parece que le da la razón, de momento. El catalanismo posterior a la Guerra Civil olvida al Minotauro y se centra en la cultura y en todo lo que puede ser catalogado como prepolítica, término grato al maestro Agustí Pons. Lo llamarán resistencia cultural y no deja de ser una versión actualizada del proyecto noucentista, a veces clandestina, a veces tolerada por el régimen, siempre como un producto voluntarista que edifica un relato alternativo al oficialismo.

El catalanismo de la posguerra se construye sobre una catalanidad que el franquismo no puede borrar del todo porque va unida a los espacios privados o semiprivados. Esta catalanidad convive y se adapta mejor o peor a una sociedad que, a partir de los años cincuenta y sesenta, tendrá poco que ver con aquella efímera Catalunya republicana de la cual los mayores guardan memoria. Los catalanistas más atentos saben que la catalanidad sólo tendrá futuro si pone bajo el paraguas del nacionalismo las nuevas realidades demográficas, sociales y culturales que van madurando. Paco Candel y su libro Els altres catalans: la formulación explícita de esta voluntad de suma, que certifica el nuevo catalanismo como un proyecto cívico –no étnico– capaz de ser percibido como espacio permeable y no como círculo sagrado. La iglesia, el PSUC, el movimiento de renovación pedagógica, Comisiones Obreras, las asociaciones de vecinos, Banca Catalana... Sin todo eso, la inmersión lingüística impulsada por la Generalitat durante los ochenta –por ejemplo– habría sido imposible.

El escritor y periodista británico Gilbert Keith Chesterton
El escritor y periodista británico Gilbert Keith Chesterton (Getty)

Del resistencialismo al oficialismo autonómico. Un Minotauro pequeño, a la medida de una sociedad de comerciantes, industriales y emprendedores, de poetas, inventores y artistas. El gran Minotauro concede, siempre según las circunstancias. El toma y daca de la Generalitat con el Gobierno es la vida normal durante décadas. En las elecciones catalanas de 1992, cuando el alcalde Maragall vive su momento de máxima popularidad, la CiU de Pujol consigue setenta escaños. Los contrapesos internos de la sociedad funcionan: pujolismo, maragallismo, González en la Moncloa. ERC, que en aquellas elecciones pasa de los seis a los once diputados, critica que convergentes y socialistas tengan todas las palancas. Las viejas élites son contestadas por nuevos sectores. Los males de los partidos que gobiernan mucho tiempo carcomen la estabilidad.

No detallaré el colapso del sistema autonómico. Lo hemos explicado aquí muchas veces. El desgaste del PSOE, la reconstrucción que Aznar hace del PP, la erosión del pujolismo y la entrada de España en la globalización desembocan en el nuevo Estatut del 2006 y la posterior sentencia del TC. El gran Minotauro despierta y los políticos catalanes ponen a prueba su amateurismo. El combate es desigual. Intereses de parte y desconfianzas, tacticismos y personalismos revientan la retaguardia catalana. Pedir firmas contra el Estatut es una apuesta del PP que no tendrá marcha atrás. El agravio y la humillación crean realidad. Ahora estamos donde estamos.

Chesterton, el gran escritor inglés, escribió un volumen –ahora traducido al castellano– sobre el viaje que hizo por Irlanda en 1918, en una etapa convulsa, marcada por los efectos del levantamiento nacionalista de Pascua de 1916 contra los británicos y por el impacto de la Primera Guerra Mundial. Es un texto periodístico hecho a partir de apuntes al natural y reflexiones bien documentadas. El autor se moja: “No se trata tan sólo de que Inglaterra no deba gobernar Irlanda, sino de que no puede gobernarla”. A pesar de ser crítico con los nacionalistas irlandeses, no esconde sus simpatías por aquella sociedad: “Y yo digo con la misma convicción que si Irlanda no es una nación es que las naciones no existen”. Lo que escribe Chesterton hace pensar en nuestro Minotauro hispánico, salvando todas las distancias: ¿puede gobernar Madrid una sociedad donde alrededor de dos millones de personas expresan –votando y también en manifestaciones pacíficas– su desafección hacia el Estado? Es una pregunta que me hacen algunos diplomáticos y periodistas extranjeros. No creo que los resultados de esta noche representen un cambio sustancial en este sentido.

Del oficialismo autonómico a la supervivencia. Sobrevivir es vivir después de que otros mueran o después de un acontecimiento que nos debería haber llevado a la desaparición. Pero hoy la supervivencia ­nacional no se plantea de la misma manera que en el franquismo, claro. Ahora no se ­trata de sobrevivir hasta que se apague el dictador, ahora se trata de saber exactamente qué tipo de supervivencia queremos y cuál nos permiten sin castigo, y qué límites ha marcado el nuevo Minotauro, que es el del 155.