EDITORIAL

Prioridades absolutas tras el 21-D

21/12/2017 00:32 | Actualizado a 21/12/2017 03:11

Catalunya acude hoy a las urnas en un clima de agitación e incertidumbre. La campaña del 21-D se ha desarrollado ante un sombrío telón de fondo, marcado por el inusual deterioro de la convivencia entre los catalanes y de la economía colectiva. Las encuestas no perfilan un ganador claro. Tampoco prefiguran mayorías que permitan regir el país con comodidad. Sea cual sea el resultado, sí está claro por el contrario que reflejará de nuevo una sociedad dividida, sólo gestionable a partir de una ­nueva actitud política. Una actitud que se aleje de la unilateralidad, que promueva el diálogo y los acuerdos transversales, basada en la evidencia de que la fractura social obliga a concesiones y a posponer ciertos objetivos. Si no lo hacemos así, será imposible restaurar la convivencia o la economía. Y, sin ellas, Catalunya puede caer en una fase de difícil gobierno y gravoso declive. Naturalmente, cada ciudadano es libre de votar la opción que crea mejor para su país. Pero sería deseable que todos ellos, sin excepción, hicieran un ejercicio de realismo antes de depositar su sufragio, siendo plenamente conscientes de cuáles son los objetivos prioritarios y cuáles las posibilidades efectivas –no las idealizadas– de alcanzarlos. Porque Catalunya no puede seguir con la convivencia y la economía tan deterioradas.

Cada día que pasa tenemos nuevos reflejos de esos deterioros. Parte de los soberanistas y parte de los constitucionalistas han relegado el uso de la razón, ya son refractarios al argumento ajeno, y parecen mo­verse sólo al dictado de sus sentimientos. No faltan los que se creen autorizados a insultar a otros sin tasa por el mero hecho de opinar distinto. La actriz Rosa Maria Sardà acaba de comprobarlo personalmente tras ser entrevistada en un espacio televisivo, donde expuso sus ideas: los agentes del odio que operan embozados en las redes han competido en su lapidación verbal. Otros, con mayor responsabilidad pública, incurren en salidas de tono. Ayer citábamos aquí al socialista Josep Borrell. Hoy podríamos citar al democristiano (ahora en la lista de ERC) Antoni Castellà, que enturbió la jornada de reflexión al comparar, con torpeza manifiesta, a los federalistas catalanes con los judíos que votaron a los nazis. Es obvio que la atmósfera está caldeada. Pero es urgente que las personas con proyección social exhiban más comedimiento, cordura y voluntad de encuentro. A partir de hoy les van a hacer aún más falta.

En el ámbito económico, los indicadores preocupantes se encadenan. Ayer supimos, según datos provisionales, que en el tercer trimestre del 2017 la inversión extranjera en Catalunya cayó un 75% respecto al 2016. Es cierto que la sensibilidad del dinero a la hora de detectar inestabilidad y retraerse es extrema; que sobre julio y agosto planeó ya la incertidumbre, y que, en septiembre, el Parlament vulneró la Constitución y el Estatut, confirmando que Catalunya entraba en fase de turbulencias. Asusta imaginar cuál puede ser la caída del cuarto trimestre. Sus inicios –el 1-O– no fueron tranquilizadores. Ni lo que vino después. Del resultado de hoy depende el envío, o no, de un primer signo positivo que atempere quizás las dudas de la inversión ­extranjera. O de los empresarios que sopesan la posibilidad de imitar a los 3.000 que ya se fueron de Catalu­nya... La economía –dirán algunos– no lo es todo. Pero sería insensato infravalorarla. Sin economía próspera no hay cohesión social. Y sin cohesión social, cualquier hoja de ruta para Catalunya está condenada al fracaso.