De cómo ERC engulle a la antigua CDC

 Author Img DIRECTORA ADJUNTA

22/01/2017 00:43 | Actualizado a 22/01/2017 04:25

El Govern de Catalunya vuelve a estar en manos de la CUP. Hace justo un año, el chantaje de apenas diez diputados cuperos, el grupo más pequeño de la Cámara, obligó a Artur Mas a dimitir. Una decisión que contribuye más a desvirtuar la institución de la presidencia de la Generalitat que a reforzarla. Un sacrificio que dio combustible al Govern para cinco meses más. En junio, la CUP rechazó los presupuestos del 2016 y el nuevo presidente, Carles Puigdemont, improvisó una moción de confianza para obligar a la CUP a comprometerse hasta el final de esta corta legislatura. Los cuperos dijeron que sí, pero a la hora de la verdad vuelven a escaquearse. Así que estamos de vuelta a la casilla de salida, con la CUP resistiéndose a apoyar las cuentas del 2017 y que el Govern pueda durar así al menos seis meses más.

Es muy posible que, al final, la CUP respalde los presupuestos, pero será a costa de un mayor desgaste de la marca convergente –ya que siempre conllevará concesiones–, y sin que Esquerra haya sufrido ningún roce en esta batalla ideológica. Mientras el foco está puesto en el eje de la independencia, los republicanos están ganando sottovocce la ­lucha por el espacio de centro, el que ­antes ocupaba Convergència. Las ­estridencias de la CUP resitúan a ERC en la moderación. Los republicanos de­fienden los conciertos público-privados en la educación, que forma parte del ­modelo abrazado por la clase media catalana, mientras acentúan sutilmente su vertiente izquierda con desprivatiza­ciones limitadas en la sanidad y man­tienen una ambigüedad calculada sobre la subida del IRPF a las rentas mayores de 60.000 euros que reclama la CUP.

Oriol Junqueras y Carles Puigdemont durante la primera reunión del Govern de este añoOriol Junqueras y Carles Puigdemont durante la primera reunión del Govern de este año (EFE)

Desde el primer día que Oriol Junqueras entró en el Govern, los convergentes creyeron que la gestión de la cartera de Economía le desgastaría ante los votantes, pero no ha sido así. La obsesión de ERC en este tiempo ha sido ofrecer una imagen de solvencia. Se dieron instrucciones internas de evitar toda gesticulación desobediente, de alejarse de ­batallas infructuosas como las de los movimientos de banderas en los departamentos gobernados por los republicanos en la etapa del tripartito de izquierdas. Los catalanes ya saben que ERC es independentista, lo que tenían que demostrarles ahora es que también son capaces de gestionar sin provocar incidentes cada dos por tres. Y a eso se ha dedicado Junqueras, quien en sus encuentros con la vicepresidenta del Gobierno central y con los ministros de Hacienda y Economía ha mantenido una actitud más que cordial en privado.

La estrategia de Junqueras ha sido implacable. Primero se lanzó a por dirigentes de la órbita socialista y ahora flirtea con el flanco derecho, empezando por el entorno de Unió. En la cúpula del nuevo PDECat empieza a cundir la preocupación por la descapitalización ideológica del partido. Pero los problemas se le acumulan sobre la mesa, empezando por la falta de un adalid claro. La antigua Convergència ha pasado en un año del hiperliderazgo a la bicefalia y, finalmente, a la ausencia de un guía. Si la próxima semana la CUP decidiera de forma inopinada enviar la legislatura a la papelera de la historia, y con ella probablemente el proceso independentista, el PDECat tendría que correr para situar a un candidato a las elecciones.

Aunque Esquerra insiste en que no desea una convocatoria electoral, lo cierto es que no le vendría mal. No sólo pillaría desprevenidos al PDECat y a los comunes de Ada Colau, sino que Junqueras se ahorraría cualquier riesgo de inhabilitación por la convocatoria del referéndum unilateral de independencia. Esa es la única baza, a la desesperada, que le queda al PDECat para combatir la OPA hostil de Esquerra: la inhabilitación de Junqueras. Los exconvergentes esperan que la convocatoria del referéndum por parte de Puigdemont y los juicios a sus líderes por desobediencia al Constitucional provocarán un movimiento de apoyo popular en la calle que después se traducirá en las urnas. Pero es muy posible que ese clímax comporte una polarización entre favorables y contrarios a la independencia y, en ese escenario de tensión, el voto siempre recala en los extremos. Junqueras tiene todas las de ganar.