De resistencia a negociación

23/12/2017 01:29 | Actualizado a 23/12/2017 02:13

Los resultados de las elecciones catalanas del 21-D tienen una profunda significación. Entre otras cosas porque permiten no repetir elecciones teniendo en cuenta la posibilidad de formación de un gobierno. A menos que Rajoy vuelva a disolver el Parlament, agravando la crisis constitucional. En aras de la claridad, seré esquemático en mi análisis.

Primero. Las elecciones fueron convocadas para contrarrestar el independentismo que, según la vicepresidenta del Gobierno, había que “liquidar”, tras haber sido “descabezado”. El fracaso de esta estrategia ha sido rotundo. De modo que el resultado más importante, su­b­rayado por toda la prensa internacional, es la reválida de una mayoría absoluta ­independentista en el Parlament. Los partidos que apoyaron la intervención de la autonomía recibieron tan sólo un 43,48% del voto. En el contexto de una altísima movilización ciudadana (casi 82% de participación), estos resultados muestran la fuerza del independentismo y los límites del nacionalismo español en ­Catalunya.

Segundo. La victoria de Ciudadanos en voto popular y en escaños representa un cambio de la guardia en la defensa del centralismo español y, tal vez, el principio de la renovación de la derecha en el conjunto del Estado. Esta victoria no es sorprendente. Porque Ciudadanos se formó como antídoto contra el nacionalismo catalán y en torno a este sentimiento se ha ido constituyendo, por encima de sus vaivenes ideológicos desde la socialdemocracia hasta un neoliberalismo explícito en concordancia con las simpatías que cosecha entre las élites financieras. De hecho, en los balbuceos de su existencia política Rivera se presentó con Ciudadanos aliado a Libertas, una plataforma ultranacionalista española, en las elecciones europeas en el 2009. La consistencia de su nacionalismo español, con un PP desprestigiado en Catalunya, atrajo el voto útil antinacionalista catalán a una opción liderada por Inés Arrimadas, una candidata excepcional por su inteligencia, naturalidad y carisma. Una política de nueva generación que ha venido para quedarse y que tiene mucho más tirón popular que un Rivera que ya sólo piensa en clave Moncloa. Hasta qué punto el ser dique de contención antiindependen­tista en Catalunya (porque obviamente Ciudadanos no puede formar gobierno en el Parlament con estos resultados) repercute en su ascenso en el resto del Estado depende de la evolución del Partido Popular.

Tercero. El PPC se ha hundido por completo y ha pasado a ser extraparlamentario fuera de Barcelona. Ahí está la respuesta ciudadana a los exabruptos y amenazas de la campaña popular, con un Albiol repitiendo el famoso “a por ellos”. Pero el trasvase del voto a Ciudadanos se debe también a un hartazgo más amplio de la gente con respecto a la corrupción que no cesa y al inmovilismo de un Rajoy que puede haberse pasado de listo. Con un enemigo tan insidioso como Aznar, apoyando sin tapujos a la nueva derecha de Ciudadanos, las próximas elecciones generales podrían echar al traste la estrategia del PP de capitalizar la represión del independentismo catalán tanto en Catalunya como en el resto del Estado. Porque ahora tendrán que repartir el dividendo con Ciudadanos, partido sin mucha corrupción que se sepa y con una implantación creciente ­entre los sectores profesionales alejados generacionalmente y culturalmente de un PP en el que persevera la vieja España.

Cuarto. La razonable posición de principio de los comunes, con un líder altamente valorado en la opinión pública como Xavier Domènech, no parece ser entendida por la ciudadanía catalana en un contexto cada vez más polarizado. Estar por el derecho a decidir pero sin ne­cesariamente apoyar la independencia es la posición de al menos un 25% de los ­catalanes según las encuestas hasta hace ­poco, pero carece de margen de expresión al haber ligado el Estado español ­referéndum e independentismo. Como bien señaló Xavier Domènech, el resul­tado es que las dos primeras fuerzas políticas en Catalunya, Ciudadanos y Junts per Catalunya, son de derechas en tér­minos tradicionales. Y es que la izquierda siempre ha tenido ­dificultades en el ­tratamiento de la cuestión nacional. A pesar de haber carac­terizado al Estado español como plurinacional. Ahora falta la práctica.

Quinto. A pesar de su triunfo en escaños, el independentismo sigue varado en el 47,49% de apoyo popular. Cierto que las circunstancias de represión e intimidación judicial exigen una bravura excepcional para seguir enfrentándose a un Estado predispuesto al uso de la fuerza. Pero si los independentistas son serios en su proyecto bien harían en no emprender acciones unilaterales, como hicieron, sin medir la correlación de fuerzas. Tendrían que construir una hegemonía ampliamente mayoritaria en la sociedad tomando el tiempo que sea necesario y sin estrategias conspiratorias.

Sexto. Una vez más se demuestra que la sociedad catalana está dividida en términos de identidad. Y los últimos meses han profundizado y exacerbado esta división. Suerte hay que el pacifismo y civismo del catalanismo y de los catalanes en general ha frenado una posible respuesta violenta a la violencia del Estado el 1 de octubre y a la subsiguiente represión policial y judicial. Pero si no hay un alto el fuego, si la represión continúa, si dirigentes elegidos democráticamente siguen encarcelados, si el Estado se venga, puede enconarse el enfrentamiento con consecuencias imprevisibles.

Séptimo. En una sociedad dividida y con una política tutelada desde Madrid, tras el tiempo de resistencia llega el tiempo de la negociación. Entre los independentistas, para formar gobierno. Con las otras fuerzas catalanas, incluido obviamente Ciudadanos, para avanzar en la normalización política. Y, sobre todo, con el Estado español, que de una vez por todas tiene que aceptar que no puede “liquidar” el independentismo y debe negociar una nueva autonomía, empezando por acabar con la represión judicial (hay fórmulas que lo permiten más allá de los jueces). Sólo así podría restablecerse una convivencia entre las personas, fundamento de cualquier futuro para Catalunya.