Yo, Jordi Pujol

Tras estas semanas de ignominia, Pujol sabe que recuperar el favor social requiere del hábil manejo de los sentimientos

Artículos | 27/09/2014 - 00:00h


M. Dolores García
Directora adjunta


Jordi Pujol Soley, 126.º presidente de la Generalitat, llega dispuesto a ejercer un doble papel, el de abogado defensor y el de juez: "Sus intervenciones pueden ser muy críticas, pero no tanto como las recriminaciones que yo mismo me hago...", advierte, dejando claro desde el principio que su juicio importa más que el de los presentes. Por un momento parece que su intervención va a discurrir por los derroteros de la contrición, pero Pujol siempre ha sido un político capaz de reflejarse en más espejos que un caleidoscopio. Lo suyo es algo más complejo que el mero victimismo. Si en el comunicado de julio buscaba el perdón del prójimo en el arrepentimiento sincero, ya no. Estas semanas de ignominia le han permitido comprobar que recuperar el favor de la sociedad requiere de una de sus habilidades más reconocidas: el manejo de los sentimientos. Timonel de Catalunya durante 23 años, autoridad intelectual del país desde hace 33, conoce como nadie los resortes afectivos de su pueblo.

Sentado ante sus señorías, un hombre mayor empieza a desnudar una tortuosa relación con el padre. Todas las grandes figuras históricas parecen marcadas por su progenitor. Descubrimos con sorpresa que Florenci admiraba a su hijo, le enorgullecía su arrojo, pero al mismo tiempo temía por él. La eterna incomprensión paterno-filial deriva en una relación directa entre Florenci y su nuera que lleva al primero a garantizar el futuro de sus descendientes haciendo una reserva de dineros -"un racó"- fuera de España, ante la impetuosa afición del hijo por la política. Se dibuja un Pujol joven dispuesto a renunciar a todo por un ideal. La esposa, Marta, sale malparada al aceptar las dádivas sin reparo, pero el expresident transmite su eterna imagen de sacrificio por el país: "Yo no decidí hacer política para ganar dinero, dinero ya tenía..." La narración, aunque sea real, adopta un cariz casi novelesco. Al fin y al cabo, quién no siente cierta identificación con el protagonista de una historia bien contada... Pujol lo consigue: aquellos que estaban predispuestos en su fuero interno a perdonarle, seguro que encuentran en su relato motivos para hacerlo. Ha transformado en épica lo más sórdido que pueda existir: el dinero. Y se ha interrumpido justo donde debería empezar la parte más ordinaria de la trama, cuando él acepta que su hijo mayor, Jordi Pujol Ferrusola, se encargue de gestionar la cantidad depositada en Andorra.

Escribe el director de este diario en la segunda página que Pujol mostró su rostro más hamletiano al decir que "un segundo condiciona una vida". En verdad la comparecencia del expresident recordó a veces la tragedia de Shakespeare. No sólo por la venganza que el diputado convergente Jordi Turull vio en los ojos de quienes ocupaban la bancada opositoria, sino también por las deslealtades familiares, por el protagonista que a veces muestra su cara heroica y otras asemeja un villano, por la lucha interior del expresident entre lo mejor para el país y lo mejor para su familia... y por su irresistible tentación de erigirse en la figura que restaura la justicia y el orden. Porque el político admonitorio que siempre hemos conocido se destapa al final.

Pero no adelantemos acontecimientos. Pujol se ha situado en un plano sentimental que descoloca a los diputados. Estos llevan escritos sus discursos prosaicos -unos atinados, otros delirantes-, salpicados de trapacerías del pasado. Recuperan las sospechas de corrupción que sus antecesores (los Maragall, Ribó, Vidal-Quadras...) enarbolaron en su día sin lograr hacer mella en la poderosa muralla que entonces era Pujol. Pero, a pesar de que están ante un prócer caído, su munición se revela ineficaz. Y el expresident se los mira displicente desde la tribuna. Parece pensar que, si no fuera porque los abogados le han recomendado contención, se los merendaba en un santiamén. Finalmente, no puede más y se desata el Pujol de los años noventa, el poder en estado puro, que hace y deshace, que se sitúa por encima de su interlocutor y le riñe como el padre al hijo... Y que vuelve a dar lecciones de ética. Les acusa de "infantilismo", de "frivolidad", pero sobre todo de "carencia moral". Las caras de los diputados son un poema. Convergència, como el hijo pródigo, pide la indulgencia paterna. A Pujol solo le falta rebotarles lo que clamó tras el caso Banca Catalana y que acaba de escuchar de los labios acusadores de la oposición: "¡A partir de ahora, de moral seguiré hablando yo!".