Recuperar la confianza

27/12/2017 00:44 | Actualizado a 27/12/2017 02:32

La política de los pueblos se cuece a fuego lento, con periodos acelerados y con largas pausas monótonas y aburridas. El aburrimiento significa, a veces, que la función pública funciona y los ciudadanos la critican cuando consideran que perjudica sus intereses. Nuestra política en este año que acaba ha sido todo menos aburrida, cómica a veces, ocurrente y rompedora. Ha llegado a interesar a más personas que nunca que el día 21 acudieron a votar para despejar la anómala situación en la que nos encontramos. Catalunya ha ocupado muchas páginas y comentarios en todo el mundo al protagonizar un acontecimiento político que no se había producido en Europa desde el fin de la guerra mundial.

Los resultados han sido aparentemente los mismos pero las diferencias entre los que ganaron en escaños y los que han conseguido más votos pero no tienen fuerza suficiente para investir a un presidente son más grandes de lo que parece. El catalanismo no puede ser excluyente y no sé si unos y otros serán capaces de construir un discurso en el que suene la misma música para todos pero que no transmita un mensaje homogéneo sin modificaciones posibles.

Rajoy hizo lo que se esperaba que haría cuando una parte del territorio se declara independiente de forma unilateral. Pero con la ley no basta para convencer a una sociedad que está todavía enfrentada consigo misma y que necesita muchos algodones, pedagogía y gestos que inspiren confianza para entender que la exclusión de la mitad de la población no conduce a nada.

Es evidente que Catalunya ha condicionado la política española durante más de un siglo. Para bien y para mal. Ha hecho caer gobiernos, ha inspirado constituciones, ha participado en el despegue económico desde los años sesenta y ha tenido la capacidad de dañarse a sí misma y desestabilizar España como hemos comprobado en los últimos meses.

Todas las nacionalidades son compuestas y cuando alguien pretende fundar una doctrina o un partido sin pensar en la pluralidad de su país es seguro que se estrellará como lo han hecho todos los regímenes autoritarios de los siglos pasados.

(Xavier Cervera)

Rajoy y el establishment español no han entendido la pluralidad de España. Pero los que han gobernado más tiempo en Catalunya desde 1980 tampoco han querido compartir el poder y el control del país con quienes no entraban en los parámetros del nacionalismo. Los problemas han venido siempre por no respetar al otro por razones culturales, sociales y de procedencia.

Los grandes estados del mundo, desde Roma a los Habsburgo, han sido ejemplos de una riquísima diversidad de nacionalidades, culturas, paisajes humanos, usos y tradiciones. Esa variedad, cuenta Claudio Magris, estuvo defendida por la lex romana, vigente tanto en la Galia como en África, por la efigie del emperador Francisco José grabada en las monedas usadas en Galitzia o en la región de Salzburgo o por el paso cadencioso del gendarme imperial que impedía a los señores feudales maltratar al campesino y a las nacionalidades más potentes oprimir a las más débiles.

España es uno de los países más descentralizados de la Unión Europea. Pero a la descentralización administrativa y política hay que añadir dos elementos fundamentales: la comprensión y la confianza. Ocurra lo que ocurra en los próximos meses no se resolverá con leyes, sentencias, decisiones unilaterales o confrontaciones retóricas constantes. Recuperar la comprensión y confianza entre los catalanes y, a su vez, intentar reconstruirla con los españoles no va a ocurrir en unos meses.

Diría que es cuestión de años para que Barcelona, por ejemplo, tan adormecida y con menos peso político y cultural en Catalunya y en España del que tuvo, se ponga como objetivo recuperar aquel espíritu de los años ochenta, el maragallismo soñador y la ciudad prodigiosa, para convertirse en una de las imprescindibles ciudades europeas en la cultura abierta, en la arquitectura y en las nuevas tecnologías. Colau está en sus ambigüedades.

Llegan meses difíciles para restañar las cicatrices de los últimos años. Pero es posible si sabemos abrir las barreras mentales y simbólicas que hemos construido para defendernos de adversarios o enemigos que hemos fabricado retórica y artificialmente. Comparto la sentencia de Borrell en uno de los mítines de campaña cuando dijo que “las fronteras son cicatrices que la historia ha dejado grabadas sobre la piel de la tierra a sangre y fuego. No levantemos más”.

Hay que respetar los resultados de las elecciones pero es exigible también la autocrítica del movimiento independentista catalán y el reconocimiento de no haber entendido el malestar de Catalunya por parte del Estado que en estos momentos está gobernado por Mariano Rajoy. Es preciso que las dos partes bajen al río, se miren, hablen, discutan, exijan y encuentren una fórmula para el buen gobierno.