Catalunya y los dos Sánchez

04/06/2017 04:48 | Actualizado a 04/06/2017 06:21

La negativa al referéndum independentista se ha compactado tanto o más que la apuesta por la consulta secesionista. Es lógico. A medida que se aproxima en el calendario la fecha comprometida para fijar la pregunta y la jornada de votación, sus contradictores –en Madrid y en Catalunya– toman posiciones. Existían algunas dudas e inquietudes sobre qué haría Pedro Sánchez, nuevo secretario general del PSOE, tras su convicción de que España es una “nación de naciones” y su apuesta por la plurinacionalidad del Estado. El líder socialista se ha ­dado prisa en afinar sus planteamientos. La expresión “nación de naciones” no es un concepto constitucional –de hecho, ninguna Constitución incorpora ese hallazgo de Anselmo Carretero– y la plurinacionalidad debe entenderse en términos “culturales”. Para ese ­viaje no hacía falta tanta alforja dialéctica.

España es plurinacional culturalmente desde 1978 por mandato del artículo 2.º de la Constitución (“nacionalidades y regiones”) y lo es, sobre todo, por disposición de los distintos estatutos de autonomía que se refieren a “realidad nacional” (caso andaluz) o lo hacen a “nación” y a “símbolos nacionales” (caso catalán) siempre que esas menciones se interpreten en el sentido en el que lo ha hecho el Tribunal Constitucional: no hay más nación política que la española en la que se fundamenta la Carta Magna, correspondiendo la soberanía nacional al conjunto del pueblo español.

Esta tesis es a la que Pedro Sánchez se ha adherido –por si había dudas–, comunicándosela al presidente del Gobierno de manera expresa y monográfica. Ha sido el primer movimiento del renacido secretario general del PSOE apoyado mayoritariamente en Catalunya el pasado día 21 de mayo, en las elecciones primarias. Sánchez no ha consultado a las bases esa determinación, ni su oferta de colaboración a Rajoy en la cuestión independentista, ni la propuesta –realizada a través de Adriana Lastra– para que los partidos constitucionalistas celebren una cumbre sobre Catalunya. Rajoy no la quiere y, de momento, cincela el relato con la orwelliana metáfora moribunda de que aquí se pretende un “golpe de Estado” y la afirmación terminante de la vicepresidenta según la cual el referéndum es “innegociable”.

Pero por si fuera poco, uno de los hombres de confianza de Sánchez, el economista Manuel Escudero –sustituto en las funciones que la gestora del PSOE había atribuido a José Carlos Díez– ha puntualizado (diario Expansión del pasado día 30 de mayo) que con el PDECat y con Esquerra Republicana de Catalunya no caben pactos. Textualmente: “Los pactos con quienes no respetan la legalidad vigente son muchísimo más difíciles de plantearse y de asimilar. No, no, no, los pactos tienen que realizarse en principio con fuerzas constitucionalistas”. Y remató: “Nosotros somos firmes partidarios de la legalidad constitucional y de que la nación soberana se llama España. La plurinacionalidad se refiere a naciones culturales que no tienen el derecho soberano constituyente, como Catalunya”.

Se ha despejado la incógnita Sánchez y lo ha hecho en dos sen­tidos: hacia fuera (Catalunya y opinión pública española) y hacia dentro (los mil dele­gados del 39.º congreso del PSOE). Si a esta clarificación se une la muy probable determinación de que el grupo parlamentario socialista en el Congreso se abstenga en la moción de censura a Rajoy presentada por Podemos, estamos en condiciones de argüir que el líder del socialismo español ha rec­tificado el rumbo previsto por algunos y que, en todo caso, podía deducirse de sus encendidos discursos de campaña. Es redonda la conclusión de que el inquilino de la Moncloa es “censurable” pero, al mismo tiempo, de que Pablo Iglesias, “no es presidenciable”. Regresa la abstención socialista ante el dilema de Rajoy como consecuencia de una parecida ponderación de los beneficios y desventajas que en su momento tuvo en consideración el comité federal del PSOE del 28 de octubre del pasado año y que tanto y con tanta dureza ­fustigó Pedro Sánchez. Hay lógicas que se comportan como la ley de la ­gra­vedad, es decir, con su misma inevitabilidad.

Otro Sánchez –Emilio Sánchez Ulled, fiscal Anticorrupción que ha mantenido la acusación en el caso Palau– ha compuesto una oratoria judicial con una fortaleza de trazo muy crítico con la política catalana. Su alusión a que “la bandera justificó el atropello con la cartera” y de que una institución cultural del país como la que dirigió Fèlix Millet se comportó como la “cañería” de comisiones ilegales a la extinta Convergència Democràtica de Catalunya son mimbres de un alegato que refleja un estadio de época en Catalunya resueltamente olvidable. Nada funcionó, o todo lo hizo mal: desde “la indolencia” de los responsables de entidades bancarias al “patético papel” de órganos de control, conformándose así, según el fiscal, “un círculo sociopolítico” patrióticamente tan detestable como son todos aquellos en los que se refugian los canallas, en expresión oída y afamada de la película Senderos de gloria de Stanley Kubrick. Sánchez Ulled se va a la Unión Europea pero deja una transcripción de sus palabras que mueven a la reflexión, no sólo en Catalunya sino en el conjunto de España, porque combaten con precisión el envoltorio hipócrita de la exaltación de los valores patrios mientras se expolia a la sociedad.

Los dos Sánchez –uno deliberati­vamente, otro judicialmente, según la clasificación aristotélica de la oratoria– han situado el desafío independentista en uno de sus momentos más críticos y tensos. De la misma manera y al mismo ritmo con los que durante mucho tiempo el proceso soberanista absorbía energías, es ahora la oposición a su culminación la que suma propósitos y decisiones. Se está produciendo una desinhibición respecto de épocas anteriores en las que el ­secesionismo avanzaba al trote mientras que el Estado y los valores constitucionales arrastraban los pies. En esa ­pantalla es en la que estamos ahora mismo.