El impacto emocional de las togas

04/11/2018 - 00:33h

Desde hace seis años el independentismo dispone de los principales resortes del poder en Catalunya a partir del control de la Generalitat y de las diputaciones, la administración con mayores prerrogativas sobre el territorio. La alianza de Convergència y sus herederos con ERC, pese a sus turbulencias, ha sostenido ese dominio durante todo este tiempo, siempre bajo figuras indiscutidas: Artur Mas, Carles Puigdemont y Oriol Junqueras. Un año después de la catarsis independentista que llevó a buena parte de sus dirigentes a la cárcel o a exiliarse, el independentismo acusa una crisis de liderazgo que provoca la dispersión de decisiones y dificulta la adopción de una estrategia coherente. Pero también continúa acaparando gran capacidad de movilización social y, según los sondeos, conserva el voto.

La jerarquía en Esquerra sigue pasando por Junqueras, que mantiene el partido unido, pero en el mundo heredero de Convergència la fragmentación es cada vez mayor. El ejercicio de la presidencia no ha otorgado a Quim Torra la autoridad que cabría esperar. La influencia de Puigdemont, aunque relevante, declina conforme transcurren los meses desde Waterloo. Como prueba, el escaso relieve otorgado al Consell per la República, por más que la presentación se hiciera en el Palau de la Generalitat. Dispone, eso sí, del botón nuclear de la legislatura, o sea, la capacidad para convocar elecciones a través de Torra. Puigdemont cuenta con partidarios en el Palau, en el PDECat, en la cárcel de Lledoners y en los grupos parlamentarios de la Cámara catalana y del Congreso. Pero no goza de unanimidad. A diferencia de Torra, que no aspira a perpetuarse como político, entre los afines a Puigdemont se piensa en el futuro y emergen dos nombres que anhelan protagonismo más allá de su referente actual: Elsa Artadi y Jordi Sànchez.

El president Torra, el viernes por la noche en Lledoners, en el acto contra la  decisión de la FiscalíaEl president Torra, el viernes por la noche en Lledoners, en el acto contra la decisión de la Fiscalía (AP)

El instrumento que Puigdemont concibió para aunar el independentismo bajo una batuta, la Crida, no logrará ese objetivo e incluso puede provocar una escisión en el PDECat. No va a ser fácil encajar la Crida, si se constituye como partido, con una doble militancia en el PDECat y con el hecho, nada baladí, de que este partido cuenta con unas deudas económicas que sólo es posible afrontar gracias a los ingresos por la representación obtenida en las instituciones. Si ese flujo pasa por la Crida, el PDECat quebrará. Las peleas internas entre JxCat en el Parlament y el PDECat por el control pecuniario son candentes. Mientras, Jordi Sànchez dibuja el perfil ideológico y se postula para presidir la Crida, que Puigdemont ideó como el partido referente para los seguidores de la todopoderosa ANC.

Esta disgregación de intereses en el mundo heredero de Convergència, junto a la difícil convivencia con Esquerra, provoca que no exista una estrategia a medio plazo por parte del independentismo. Sí parece claro, incluso para Puigdemont, que ni el Govern ni el Parlament traspasarán una sola línea roja legal que les pueda comportar consecuencias judiciales. De ahí que el Consell per la República sea una entidad privada con sede en Bélgica aunque se presente en el Saló de Sant Jordi de la Generalitat. La contradicción entre lo que se dice y lo que se hace es diaria. Mientras se emplea un lenguaje enardecido, se firma retirada de un recurso al Constitucional con foto incluida entre el conseller Maragall y la ministra Batet. Pero tres días después llega la petición de penas de la Fiscalía y provoca la obvia indignación del independentismo, que anuncia que retira su apoyo a Pedro Sánchez.

En el Gobierno central estaban convencidos de que la rebaja de rebelión a sedición por parte de la Abogacía del Estado era el gesto que requerían ERC y el PDECat. Para el independentismo, en cambio, ese movimiento apenas es perceptible frente a la sacudida emocional que supone la petición fiscal. Enseguida, Torra tildó a Sánchez de “cómplice de la represión”. El juicio y la sentencia conllevarán una respuesta que podría pasar por la movilización en la calle y en las urnas, a falta de que el expresident aclare lo que dijo el viernes en una carta: “Ha llegado el momento de pasar de la indignación a la acción”. El Gobierno central está sustentado en una frágil minoría y los independentistas no tienen una estrategia clara. Podrían ayudarse, pero al primero le costaría perder las elecciones si va más allá y a los segundos les resulta imposible explicar el pragmatismo bajo el impacto emocional de las togas.