Catalunya paradójica

 05/06/2016 02:16 | Actualizado a 05/06/2016 02:46

También podría haber titulado este artículo “Embolismo paradójico”, aunque sonase un mucho pedante, por aquello de que dicha expresión existe en la literatura médica y porque al fin y al cabo es un proceso que acaba en embolia (cruzada, para más inri). Pero no se me alteren todavía y dejen que me explique un poco más, si es que lo consigo. Porque la verdad –o al menos lo que a mí me parece tal, que viene a ser la realidad como yo la veo– es que hace un tiempo que en la política catalana nos movemos entre sofismas, que sólo aparentemente son un razonamiento verdadero, y, sobre todo, entre paradojas. Por no hablar de la hábil proliferación de eslóganes irrefutables convertidos en lugares comunes: mandato democrático, derecho a decidir, expolio fiscal, derechos históricos y tutti quanti. Pero hoy quería, si me lo permiten, señalar algunas de esas paradojas que la decantación no sé si natural de los hechos y las palabras han dejado en evidencia y al descubierto.

Empecemos por la que se me antoja la principal y que podríamos llamar paradoja del afecto. Podría llegarse a dar el caso, visto lo visto, que en un supuesto referéndum en el que participase toda la población española, la secesión de Catalunya ganase en la mayoría del reino pero perdiese, paradójicamente, en Catalunya. Los hartazgos pueden ser mutuos… Y sí, ya sé que ese referéndum es una quimera en el Reino Desunido de España, pero lo que me gustaría evidenciar es que ya hay mucha gente en Sevilla, en Madrid, en Lugo o en Cuenca que empieza a entonar el “pues que se vayan”, mientras que en Catalunya se oyen cada vez más voces que reivindican nuestra parte de sentimiento ibérico. Lo dicho: una paradoja, a mi juicio.

Vaya otra, tal vez relacionada, que podríamos llamar la paradoja confederal. Esta consiste en que, en estos tiempos de exaltación, animosidad, desconcierto y no demasiado diálogo, más de una persona de probada voluntad independentista me ha sorprendido al decirme que tras conseguir la independencia o proclamarla de facto habría que confederarse de vuelta con el resto de naciones hispánicas. Eso sí, desde la libertad (sic) y no desde la imposición. Doble referéndum, pues, y no sé si doble paradoja en el horizonte.

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Sigamos. La paradoja europea. O cómo siendo Catalunya una de las partes más europeas –ya me entienden, el Norte del Sur y esas cosas– y europeístas de España, puede quedar fuera de la Unión Europea si sigue el camino de la secesión. Aceptadas quedan todas las alegaciones en contra, desde la muy pretenciosa de que Europa no puede prescindir de Catalunya hasta la de que al final el pragmatismo europeo siempre se impone. Pero el riesgo existe y es evidente. Y también, por supuesto, hay quien defiende la independencia acordada y negociada, pues también una parte de mis amistades indepes abogan por el pacto, pero esto no es más que otra paradoja en las circunstancias actuales y con el ­reparto político que hoy ocupa el escenario, por no mencionar los famosos dieciocho meses (queda un año…, que se dice pronto).

Una más, de parecido jaez, la paradoja económica. O cómo a poco que se echen las cuentas de lo que significa el mercado español para la industria catalana, por no hablar del sostenimiento de un Estado propio (a la vista de cómo hemos gestionado de bien y sin ladrones la autonomía…), puede darse la paradoja de que la región más rica y exportadora de España vea cómo su presente y futuro se empobrecen rápidamente. Y ello sea dicho sin hablar del acceso a la financiación internacional y demás. Esta paradoja es especialmente dolorosa para ese grupo de independentistas económicos que quieren irse de España para ser más ricos –por así decirlo– y que podrían despertarse más pobres.

Y dejemos para el final, como ese petardo último de las tracas valencianas, la paradoja del dos en uno, que viene a decir que, tras referéndum o votación plebiscitaria o negociación o declaración unilateral o interdependencia mancomunada o lo que sea que venga, un día nos contaremos (más o menos) y tendremos el país, la nación, el principado, la cosa, dividido en dos mitades aproximadamente simétricas, jugando al muy peligroso juego de la mitad más uno o simplemente dejando que nazca una nueva realidad catalana: la escindida entre los unos y los otros, a lo peor haciendo buena aquella ominosa profecía de José María Aznar, cada vez más en su papel de la cuarta bruja de Macbeth.

Demasiadas paradojas para mí y para mi edad. Demasiadas incertidumbres. Demasiada tribulación en tiempos difíciles. Demasiadas dudas, al fin.

Se ha contado muchas veces, aunque esté poco probado en términos históricos, que una supuesta delegación catalana acudió a entrevistarse con Georges Clemenceau para reivindicar la nación catalana y su necesidad de independencia antes de la conferencia de Versalles. Se supone que los patriotas catalanes expusieron sus argumentos, es de imaginar que inflamada y ­apasionadamente. Y con todo y eso, lo que el Tigre les contestó fue, según la anécdota, “pas d’histoires, messieurs, pas d’histoires…”.