Sacrilegio en la Moncloa

05/07/2018 00:32 | Actualizado a 05/07/2018 03:06

A ver si lo entiendo bien: se puede hablar y se habla de ­independencia, de auto­determinación y de todos sus sinónimos en los periódicos, en las emisoras de radio y televisión, en las tertulias, en los discursos, en los libros o en las redes sociales. Para eso disfrutamos de algunas libertades reconocidas en la Constitución y demás leyes del Reino. Ser independentista no es delito, ­pedir o defender la independencia, tampoco, y reclamar un referéndum es perfectamente lícito. Sin embargo, esto parece que va por niveles sociales o capas políticas, y cuando esas palabras se acercan a la presidencia del Gobierno español porque Quim Torra las puede llevar en su maletín, se arma la mundial. Torra puede anunciar en Washington que Catalunya pronto será una nación libre, pero existen dificultades casi teológicas para hablar de eso con Pedro Sánchez en la Moncloa.

Es lo que se desprende del absurdo prólogo del diálogo mantenido por Joan Tardà y Carmen Calvo en el Congreso de los Diputados. Y además, con inquietantes ribetes de coacción: si Torra no puede hablar del referéndum con Sánchez, Esquerra no votará la renovación de RTVE. Eso, en la primera fase. En la segunda, si en el orden del día de la reunión no hay un punto referido a la autodeterminación, se mantiene la amenaza de dejar a Sánchez colgado de la brocha. Esto es tan surrealista, tanto por el fondo como por el material que se intercambia (un medio informativo y un referéndum), que terminó en el singular debate de cómo interpretar el significado de la expresión “sin cortapisas”. Tardà y Calvo lo tomaron tan a pecho que parecían discutir la esencia misma de la democracia.

Posiblemente sea el episodio más pintoresco de las tormentosas relaciones entre la Catalunya política y el Gobierno, pero muy ilustrativo: para el independentismo, pronunciar la palabra autodeterminación en la Moncloa es una victoria. Es como dar un paso más. Es como ponerla en la antesala del Boletín Oficial del Estado. Es como superar los límites de los manifiestos y los mítines. Es darle rango oficial. Y quizá sea una parte del gran engaño: se ha empezado a negociar la independencia. Aunque la respuesta será un no rotundo, como anticipó la señora Calvo, hablar de referéndum con el jefe del Gobierno es como izar una estelada en la Moncloa.

Supongo que esa es la explicación de lo ocurrido, a la que falta el complemento de Madrid: hasta ahora la doctrina era, efectivamente, que de autodeterminación no se hablaba en los despachos, ni siquiera para negarla, porque era una profanación de tan sagrados lugares. Y así se rompieron puentes y se cegaron cauces de diálogo. Si ahora se abren, ya es algo. Por lo menos se habla, aunque ni el más optimista de los mortales ve posibilidad alguna de acuerdo. Y llegará un día en que se podrá hablar sin necesidad de amenazar con tumbar la reforma de la televisión estatal.