Quiebra (PP) y ruptura (PSOE)

 07/02/2016 02:16 | Actualizado a 07/02/2016 03:03

El resultado de las elecciones generales del pasado 20 de diciembre no marcó la culminación del nuevo paradigma político en España. Sólo lo inició al implantar un nuevo modelo de representación a través de cuatro formaciones de ámbito general en el que las dos del turno –el PP y el PSOE– sufrieron grandes pérdidas y, sobre todo, precarizaron sus liderazgos. En distinta medida y por diferentes razones, el 20-D lo perdieron Rajoy y Sánchez y a lo que estamos asistiendo estos días postelectorales no es a otra cosa que a la huida hacia delante del uno y del otro para escapar de una suerte que está echada para el presidente del Gobierno en funciones –ya de salida– y que se avizora muy problemática para el secretario general de los socialistas, al que el viernes Pablo Iglesias puso en una tesitura imposible.

Está en la lógica de los acontecimientos que el PP y el PSOE, además de tener que renovar a sus actuales dirigentes, aunque no se sitúen en similar posición Sánchez y Rajoy, estén obligados también a reformularse. El nuevo paradigma político español no se cerrará hasta que conservadores y socialistas se adapten al renovado bastidor que tensa el lienzo de la vida pública española. Ahora, los populares se encuentran en quiebra técnica –sin crédito y con deudas morales– por la corrupción casi sistémica en su organización y sin expectativas por la acción erosiva de una dirección sin adarme de liderazgo y valentía política: la de Rajoy. Los socialistas no han superado con Sánchez los handicaps de las dos legislaturas de Rodríguez Zapatero que devoraron a Pérez Rubalcaba y alumbraron el débil liderazgo del actual secretario general del PSOE abiertamente cuestionado por las baronías del partido, condicionamientos que quiere eludir con el aventurerismo de cuajar un acuerdo de gobierno entre actores antagónicos entre sí y que se repelen.

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Sánchez ha encontrado en el arrojo su vía de fuga y Rajoy la ha localizado en la taimada espera del error del adversario. El secretario general del PSOE ha logrado ostentar la iniciativa política –aunque sea para estrellarse–, mientras el presidente del PP se ha quedado sin ella confiando vulgarmente en que el contrario se lesione en su ofensiva. Si hubiera que elegir, es preferible el planteamiento arriesgado que el gatuno del presidente del Gobierno en funciones. Aunque ambos incorporen una farsa porque los dos tratan de salvar su futuro y sólo subsidiariamente formar gobierno, de tal manera que lo que suenan son los primeros compases de una lar­guísima campaña electoral. Es decir, la sinfonía fúnebre de un fracaso que se interpreta con ocasión del fin de ­ciclo del PP quebrado y del PSOE agrietado.

En ocasiones se advierte que Catalunya adelanta las tendencias de todo tipo que luego se instalan en el conjunto de España. Es muy posible que, en lo político, la advertencia disponga ahora de especial vigencia. No tanto porque el proceso soberanista catalán imponga un renovado esfuerzo his­tórico a la sociedad española y a su clase dirigente, que lo hace, sino porque, además, el sistema ha empezado a emitir alarmas de fortísimo estrés en Catalunya. El independentismo catalán es la cristalización territorial, pero referencial, de un vuelco en la macro-política española y conlleva, además de un cuestionamiento del régimen constitucional democrático de 1978, un reajuste de los partidos catalanes que otrora fueron gozne del funcionamiento bipartidista. En otras palabras: la desaparición de CiU y la refundación a la que se enfrenta CDC adelantan el reajuste de los partidos del turno, mientras emergen con fuerza alternativas a los nacionalismos ­tradicionales, al socialismo y al conserva­durismo.

Es coherente por tanto que Catalunya sea la línea roja de la negociación del nuevo –y muy improbable– gobierno central y, a la vez, la cuestión nuclear en torno a la que habrá que fraguar un pacto, ahora o después de otras elecciones. Y es este asunto, por su carácter dogmático y constituyente, el que ha visualizado el imperceptible latido político del PP y de Rajoy y la división interna en el PSOE. Y es igualmente notable que sea sobre esta cuestión catalana en la que Podemos y Ciudadanos consolidan su incompatibilidad. No es sólo la crisis del Estado de bienestar la que ha desarbolado las convenciones que equipaban a los partidos del turno, sino también su agotamiento ideológico y estratégico para comprender que la sociedad ha corrido por la calle exterior del tartán a una velocidad muy superior a la de sus dirigentes y formaciones representativas. Desde luego, la crisis catalana (y la corrupción política) –se admita o no por la intelectualidad orgánica del statu quo– ha activado la catarsis. Catalunya es el escenario, a escala, de lo nuevo y de lo viejo que se proyecta sobre toda España.