El populismo y Santi Vila

El independentismo catalán huye de la caracterización populista con todas sus energías...

07/05/2017 01:54 | Actualizado a 07/05/2017 08:35

El independentismo catalán huye de la caracterización populista con todas sus energías. La fotografía de Nicolás Maduro (28 de abril) sosteniendo en sus manos la enseña estelada y rodeado de miembros del grupo Ítaca, instantánea jaleada también por la CUP, fue inmediatamente calificada como un “grave error” por Marta Pascal. Ni la del dirigente venezolano ni la de los republicanos anticastristas, ni la de los extremistas flamencos o del Véneto, son buenas compañías para los secesionistas catalanes que dicen reivindicar el sobrio movimiento escocés o quebequés. Debe recordarse que cuando se sugiere que el proceso soberanista presenta características propias de los movimientos populistas, se produce una reacción de indignada negativa en los interlocutores catalanes. Sin embargo, la deriva del proceso es justamente esa, la del populismo.

En los análisis periodísticos ya se ha subrayado que en Catalunya se ha impuesto esa dinámica del nacionalismo excluyente. Los últimos acordes de la sinfonía envolvente del secesionismo llevan la impronta de la gestualidad impositiva de los populismos: la reforma del reglamento de la Cámara legislativa para reducir a la mínima expresión el debate parlamentario sobre la ley de transitoriedad, la formulación de amenazas a los funcionarios que no acaten una legalidad incons­titucional y el discurso hostil y hasta ofensivo hacia la naturaleza democrática del Estado español, son, entre otros muchos, síntomas de una transformación del proceso soberanista en otro, superpuesto, de populismo.

El catedrático de Ciencia Política, Fernando Vallespín, acaba de pu­blicar en el cuaderno número 19 del Círculo Cívico de Opinión un interesante trabajo titulado ¿Por qué el populismo? Al final del texto dice lo siguiente: “Donde sí opera la estrategia populista de forma más canónica es en el independentismo catalán. Aquí se dan cita todos los rasgos con los que iniciamos este trabajo, de la a) a la h). El lector puede comprobarlo por sí mismo aplicándolos uno por uno a la práctica que viene siguiendo ese movimiento desde hace al menos un lustro. Con el conocido agravante de su desprecio a la legalidad vigente en nombre del derecho a decidir como máxima expresión de la prioridad de la voluntad popular sobre las instituciones del Estado de derecho”.

Los rasgos populistas (comunes a todos) del independentismo catalán a los que se refiere Vallespín son, efectivamente, comprobables: reacción a un brusco cambio social, un estilo comunicativo dramatizado e impreg­nado de negatividad, una futura resti­tución de la situación con apelación al pueblo, una búsqueda del antago­nista, una negación práctica de la ­visión del pluralismo de la sociedad, una envoltura emocional del discurso político e, igualmente, su simplificación, y el planteamiento de una “guerra de representaciones”. Desde luego, la sistematización de este catedrático es rigurosa y podría completarse con las tres características que en el mismo Cuaderno del CCO atribuye al populismo la politóloga Máriam Martínez-Bascuñan para quien el carácter anti- establishment, el autoritarismo y el nativismo son notas defini­torias también del populismo sea de un lado o de otro del espectro ideológico. Si acaso puede localizarse el populismo en la izquierda o en la derecha es, porque, como bien arguye Vallespín, este movimiento “no es en realidad una ideología política: se trata más bien de una lógica de acción polí­tica”.

Este análisis no puede estar muy descaminado, incluso en determinados sectores del secesionismo, cuando en un espacio temporal breve el conseller Santi Vila ha reivindicado para su fuerza política –el PDECat– todos los valores que se contraponen al populismo. Lo hizo el pasado 27 de abril en la comida debate que organizó la Cambra de Comerç de Barcelona y La Vanguardia y lo reiteró en la entrevista a este diario el pasado domingo. Santi Vila es un político con luces largas que parece estar más en el pasado mañana que en el hoy.

Propugna “volver a los valores fundamentales”, también reivindica un “espacio central” y la referencia “de centro, progresista, liberal y socialcristiano”, y no se corta un pelo al asegurar que “en circunstancias normales no deberíamos tener ninguna relación regular con alguien como la CUP o incluso sería difícil con ERC porque tenemos modelos de sociedad muy diferentes”. Vila asume que su partido ha tenido una “fuga de confianza y visibilidad” y, se desmarca del populismo, atribuyéndoselo a Ada Colau, argumentando que hay que aspirar “a combatirlo y ganarlo”.

Santi Vila, no obstante, entiende superado el autonomismo. Y, al menos como lo tenemos interiorizado hasta el momento, esa afirmación es cierta. El modelo territorial del Estado, que sigue recabando una alta aceptación aunque no de manera uniforme en todas las comunidades, debe ajustarse mucho más y en dos direcciones: la primera, materializando con más énfasis la significación de la diferencia entre nacionalidades y regiones y, la segunda, federalizando los mecanismos de cooperación del Estado.

Tampoco David Bonvehí estaba descaminado cuando suponía que si sobrevenía “el desastre” en el proceso soberanista su partido requeriría de un “candidato muy autonomista”. Quizás esa no fuera la mejor descripción de todas las posibles. El PDECat, si pretende lograr lo que propugna Santi Vila (y es razonable que lo intente), necesitará a alguien que proscriba dilemas (“referéndum o referéndum”) y asuma los modos y las maneras de los dirigentes de SNP, renuentes a superponer al movimiento secesionista otro populista. Estamos ya hablando de futuro, que es lo que hace Vila, un político al que no desearía perjudicar si opinase que es un activo para el tiempo venidero de Catalunya. Un horizonte con posibilidades. Sólo hay que saber jugarlas.

El PNV se ha pasado de frenada ante un Rajoy débil, pero en el pacto es en donde se vislumbra un horizonte más despejado.

Los dos pactos

Entre el Gobierno y los nacionalistas ha habido dos pactos. El público lo firmaron en el Congreso el ministro Montoro y el consejero Pedro Aspiazu. Los fotógrafos pudieron tomar cuantas imágenes desearon. El texto suscrito era el del cupo que es un asunto institucional y que concierne a las diputaciones y al propio Ejecutivo de Vitoria. En el acto de firma y posterior comparecencia hubo luz y taquígrafos. No así en el encuentro entre Mariano Rajoy y Andoni Ortuzar, presidente del PNV –que no el lehendakari por aquello de la bicefalia–, que suscribieron el acuerdo general pero “en la intimidad”. En Bilbao lo explican: “Está bien que pactemos, pero tampoco es necesario que Ortuzar aparezca con Rajoy. Hubiese sido demasiado duro aquí”. El pragmatismo del PNV no llega a tanto.

Las dos visitas

Seguimos en Bilbao. El próximo miércoles Jean-Claude Juncker recibe en Bruselas al lehendakari, Iñigo Urkullu. Todas las comparaciones son odiosas pero se subraya en la prensa vasca que Carles Puigdemont no se entrevistó con el presidente de la Comisión Europea cuando se desplazó a la capital comunitaria. En Euskadi se está produciendo un fenómeno singular y extraño en la idiosincrasia vasca: reivindicar para el país el papel que tuvo en tiempos anteriores Catalunya, cuando allí el terrorismo y toda clase de radicalismos encontraban cobijo frente al civismo y la integración democrática catalana en el sistema. En Catalunya se dice que “los vascos hacen de vascos”. Pues dejemos los vascos que los catalanes hagan de catalanes. Cada cual en su casa y Dios en la de todos.