Lo normal

Barcelona
07/07/2018 03:41 | Actualizado a 07/07/2018 03:41

Lo peor de tener mucho tiempo libre, aun cuando alcanzas ese estado casi celestial por causas ajenas a tu voluntad, es que igual te da por pensar. La lectura diaria de los periódicos, sobre todo combinada con la radio y alguna que otra visita a la hemeroteca de Google, resulta un factor de desesperación extraordinario.

Valga el rodeo para hablar de Catalunya en este artículo.

Estos meses pasados caí en la tentación de entregarme en cuerpo y alma a entender la política catalana. Llámenme ingenua, pero reconozco que lo hice movida por una poderosa esperanza de que todo vuelva a la normalidad. Considero, de hecho, que la normalidad es uno de los grandes inventos de la humanidad. No por aburrida tiene menos valor.

Estando esta periodista fuera de combate, sucedieron cosas gordas: Rajoy hizo mutis por el foro, llegó Sánchez a la Moncloa, Torra formó su gobierno y dijimos adiós al 155. Obvia describir que esa concatenación de hechos generó en mi un entusiasmo solo equiparable al que sintió Amy, de la serie de The Big Bang Theory, cuando su querido doctor Cooper accedió por fin a tener una noche de sexo con ella.

Ah, que en esas semanas incluso hubo más. De forma incomprensible para una mayoría de gente que anda algo perdida con todo esto de la travesía a Ítaca, los líderes independentistas aparcaron la palabra independencia para cambiarla por la de república. [Lo que eso signifique, todavía lo estoy intentando averiguar...]

La cadena de acontecimientos, en definitiva, daba para pensárselo una vez. O dos. Parecía llegada la hora de mandar al cuerno el frufrú de banderas y el disparo diario (o casi) de salidas de tono. Acabar con la guerra del día, aquélla que exige vencedores y vencidos, enemigos y dianas. Para darnos un respiro, digo yo.

Pero no. Ocurrió lo contrario: vuelta al resistencialismo épico, aunque esta vez sin otra reivindicación que la liberación de los presos. Y a tiempo completo.

Cuesta decir de memoria la última vez que un político en Catalunya habló en serio de otros asuntos que también importan y que trascienden el procés: la sanidad, la educación, los servicios sociales, la cultura, las inversiones. Es como si la normalidad no fuera un buen lugar para vivir, ni para trabajar, ni para educar a los niños, ni para envejecer. Tan erróneo fue abandonar la política en favor de los jueces, como lo es ahora volver a la emoción en lugar de la inteligencia.

Algunos dirigentes como Elsa Artadi llevan refiriéndose a la necesidad de recuperar la normalidad desde el 30 de diciembre pasado. Tiren de hemeroteca. Primero con y luego sin el 155. El problema es que cada vez que la consellera pronuncia la palabra pone una nueva condición, otro obstáculo, más alto, insuperable, cuando no el retorno a la vía unilateral pese a quien pese.

A lo mejor es que ando yo muy confundida y algo cabreada. A lo peor es que quizá la estrategia consista en abandonar la normalidad en vez de intentar alcanzarla. No sé usted, pero a mi todo esto no me parece lo normal.