No digo yo que no

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07/12/2017 00:15 | Actualizado a 07/12/2017 02:54

Mariano Rajoy aprovechó la celebración en el Congreso del día de la Constitución para subrayar que “su reforma debe hacerse con un amplio consenso y, en ningún caso, para contentar a quienes, como los independentistas, la quieren liquidar”. En realidad, inició su respuesta al periodista que preguntó si había llegado el momento de reformarla con una frase que demostraba poco convencimiento: “No digo yo que no”. La expresión es un recurso de aquel a quien el cuerpo le pide una negativa, pero no desea entrar en polémica. Uno no se casa y le responde al oficiante, cuando le pregunta si acepta a su pareja como esposa: “No le digo yo que no”. Como tampoco le responde al juez, cuando le inquiere sobre si ha cometido un delito: “No le digo yo que no”. Con una frase como esa la gente no se casa, ni se libra de la cárcel, ni se reforma la Constitución (ni los estatutos de una comunidad de vecinos). Se puede entender que, sin una amplia mayoría, el partido en el poder tenga dudas, si bien es indudable que después de cuarenta años hay apartados de la Carta Magna que requieren correcciones. Uno de ellos, la cuestión territorial. Rajoy lo sabe, pero su latiguillo referido a que su reforma no puede ser una concesión al independentismo no acaba de tener sentido. El secesionismo no quiere modificar la Constitución, lo que desea es irse. Sucede a menudo que, cuando se ha buscado alguna salida acordada, han surgido los más intransigentes señalando airadamente que eso es darle la razón a los soberanistas. Claro que algunos distinguen poco: Miquel Iceta ha tenido que oír cosas como que “es dudoso que el PSC pueda considerarse un partido constitucionalista” por proponer una Hacienda federal. Por cierto, algo que está en el Estatut y que superó el cepillo de Guerra y del Tribunal Constitucional. Como ha declarado el catedrático de la Complutense Javier García Roca: hay prisa, “porque cada día que perdemos, un federal se hace independentista”.