Éxodo por relevos

10/01/2017 00:22 | Actualizado a 10/01/2017 02:23

La frase de Carles Puigdemont “el año que viene no seré president” ha sido la más sonada de la Navidad soberanista, y ha provocado una pequeña conmoción y ha suscitado infinidad de interrogantes sobre sus causas y sus efectos. Sin embargo, plantea una cuestión que parece obviarse: cuál es la responsabilidad que contrae un dirigente cuando se pone –o le ponen– a la cabeza de un proceso político tan excepcional como conducir a una comunidad de la “postautonomía” a la “preindependencia”. Las circunstancias límite en que se produjo la nominación de Puigdemont como candidato a la presidencia de la Generalitat hace exactamente un año podrían explicar el anuncio de su retirada tan por adelantado. Convergència habría recurrido a él en un último intento por retener el liderazgo de la Generalitat y del proceso independentista, sin pensar más a largo plazo porque lo que necesitaba era evitar nuevas elecciones. Pero, al margen de que nunca conoceremos los términos del contrato inicial entre Puigdemont y su partido –si es que lo hubo–, la situación que ahora se presenta añade incertidumbre a las perspectivas políticas en Catalunya y, sobre todo, a las de aquellos que el pasado 23 de diciembre acudieron a la cita convocada por quien días después avanzaría su retirada a plazo fijo. Las fuerzas más decididas a la convocatoria de un referéndum unilateral, que confían en que el Gobierno central no dé su brazo a torcer de cara a septiembre, carecen de un liderazgo claro y sólido. Como si eso no importase siempre que la efervescencia secesionista se mantenga; o como si no fuese el síntoma más elocuente de la debilidad que afecta al proceso abierto en pos de una república propia.

En septiembre del 2012 Artur Mas anunció, con la solemnidad propia de un debate de política general, que si lograba que ese proceso llegara a buen puerto él no se postularía para presidir la Catalu-nya que surgiera. El anuncio de retirada del actual president fue hecho como de pasada, en una entrevista de radio. Mas recurrió al tono sacrificial de quien renuncia de antemano a saborear la mies del triunfo. Puigdemont lo soltó advirtiendo que no tiene “ninguna vocación” en esto que le ocupa, sorprendente cuando trata de guiar el éxodo de todo un pueblo. Paradójicamente, Mas desistió de ser candidato a la presidencia para que el proceso no naufragase a la primera. Paradójicamente, Puigdemont cogió el relevo de sus manos para impulsar
un éxodo que se resiente con su frase. Y no sólo porque genera desconcierto y tensiones de segundo orden en una vía que ya está resultando difícil de mantener a paso vivo. El proceso se debilita sobre todo porque, al mostrarse tan desinteresado, Puigdemont induce una crisis de interés, una crisis de credibilidad en cuanto a la entereza del proyecto independentista y en cuanto a la implicación real de quienes lo secundan. La consigna “nueva eta- pa, nuevos liderazgos” es sencillamente escapista.

Desde el 2012 el mensaje institucional a favor de una república catalana ha sido más moral que político. Las continuas apelaciones al carácter democrático del empeño han tratado de presentar el proceso como la única manera moralmente aceptable de realizar la democracia. Así, el presidente del Govern o la del Parlament, más que como líderes del proceso, se han mostrado como simples cumplidores de un mandato democrático en tanto que moral. La propia épica del relato, lejos de dar lugar a una trama férrea de complicidades, muestra una realidad extrañamente líquida cuando todo el mundo parece estar de paso, o se muestra desprendido y dispuesto a hacerse a un lado. Así es como el principio de responsabilidad política tiende a difuminarse. Algo a lo que, curiosamente, contribuye el procesamiento judicial de dirigentes principales. A aquel que es conducido ante los tribunales no se le pueden pedir cuentas políticas; ni siquiera explicaciones sobre cómo hemos podido llegar a donde estamos o cómo continuaremos el camino. ¿Alguien se acuerda de los responsables del Brexit?

También Puigdemont aparece como la víctima de un momento crítico, cuando tuvo que renunciar a la relativa placidez de la alcaldía de Girona para trasladarse a presidir la Generalitat. Ese sacrificio personal le eximiría de dar cuenta de su actuación política, porque no hace lo que quiere o desea, sino que cumple con su obligación hasta que pueda pasar el testigo al que venga después. A no ser que no haya referéndum en septiembre ni “elecciones constituyentes” antes de marzo del 2018. A no ser que el país permanezca en el postautonomismo. Porque ¿cómo puede cumplir el president con su misión cuando no tiene “ninguna vocación” en lo que hace?