El president mutante

 10/06/2016 02:26 | Actualizado a 10/06/2016 03:17

“El acuerdo de estabilidad no se ha roto, el acuerdo muta”. Con vehemencia en las palabras y la mirada, la diputada anticapitalista Eulàlia Reguant apuntilló el miércoles el pacto de estabilidad entre Junts pel Sí y la CUP. Los mutantes, al menos la de los cómics de Marvel –Hulk, Spider-Man, los 4 fantásticos, y el Hombre Absorbente–, son la consecuencia del desarrollo de poderes y habilidades sobrehumanas. El llamado Gen-X. De la mano de la implosión del acuerdo parlamentario, al presidente de la Generalitat le asaltó un persistente dolor de cabeza que le acompañó toda la noche en la Casa dels Canonges. Que se sepa, no tenía nada que ver con mutaciones ni el desarrollo de unas nuevas facultades físicas o habilidades musicales –quizás hoy haya novedades–, pero sí políticas.

Su decisión de someterse a una cuestión de confianza ha tenido más de un efecto inesperado. El primero, ensamblar a CDC y ERC en el Parlament hasta nuevo aviso –con permiso de la campaña electoral–. Junqueras no tuvo demasiada información previa sobre los planes del president pero quiso tomar la palabra en la reunión del grupo parlamentario para defender la estrategia de Puigdemont, que consideró la mejor garantía para impulsar el proceso soberanista. El segundo, es la puigdemonización pública de algunos diputados de la CUP. La presidenta del grupo parlamentario, Mireia Boya, no sólo manifestó el miércoles su “confianza” en el president “hoy y dentro de cuatro meses”, sino que ayer buscó un saludo en el hemiciclo de manera ostentosa antes de lanzar su apelación a restaurar los puentes rotos 24 horas antes. En el Palau de la Generalitat aplauden los gestos de gran parte del grupo parlamentario cupero pero no se les otorgará la calificación de socio fiable mientras la división interna se salde con victorias del sector duro.

La otra consecuencia transcurre entre el Palau de la Generalitat y la sede de CDC. El president pretende sacarse de encima una irritante sensación que le persigue desde que aceptó el cargo: Todos le mandaban; ahora quiere mandar. Durante las primeras semanas en el Palau de la Generalitat Puigdemont trabajaba con Artur Mas todavía instalado en la Casa dels Canonges –el expresident se despidió de los trabajadores el 8 de febrero–; siguieron las obligadas llamadas telefónicas de auxilio para desentrañar las coordenadas de unos acuerdos cerrados por Mas con la CUP, pero también sobre el reparto de poder en los segundos niveles del ejecutivo de coalición con ERC. Ahora Puigdemont es la única esperanza de Convergència para dejar de ser menguante y ha decidido emanciparse de las entrañas de su propio partido. Quiere “su” debate de investidura.

Sin la épica masista, sin exhibiciones de “astucia” y “audacia”. El president ha elegido su propio eufemismo para el nuevo escenario. Quiere “enriquecer” la hoja de ruta independentista. El resultado será un proyecto de legislatura, un programa de gobierno con compromisos presupuestarios, para que quien vote tenga claro el motivo y alcance de la palabra “estabilidad”, y con un calendario. Superado por las circunstancias el plan de 18 meses, el objetivo ahora no es agotar una legislatura clásica, pero sí dar el margen suficiente para trabajar en las estructuras de Estado y avanzar con garantías jurídicas suficientes.

El plan del president es dedicar el mes de julio a contactos con partidos políticos catalanes y españoles, sociedad civil, operadores económicos... para formalizar una propuesta “central” y sin prisas con la independencia como destino. Sin renunciar tampoco a un referéndum acordado con el Gobierno español. Las perspectivas electorales de Podemos alimentan hoy esa opción. Siempre que en Madrid no haya mutaciones. Todo depende del 26-J...