Dependencia del referéndum

 12/06/2016 00:53 | Actualizado a 12/06/2016 03:24

“Cambio de programa”. El miércoles, mientras Carles Puigdemont se preparaba para anunciar el nuevo giro a la legislatura de la “preindependencia”, se producía una discreta reunión en un despacho del Parlament. Muy pocos conocían la decisión del presidente de la Generalitat de anunciar su voluntad de someterse a una cuestión de confianza tras el portazo de la CUP a los presupuestos, pero sí los autorizados para ajustar de un plumazo la oferta de CDC para el 26-J. Los convergentes se ven hoy mejor que hace una semana. De sometidos a una negociación con la CUP a “despactar” con los anticapitalistas. “¡Y con dos presidents!”. Las encuestas no recogen el supuesto “efecto Puigdemont” pero el programa electoral que ya nadie mira, sí. La hoja de ruta independentista con conclusiones variadas ya no es la que era y la urgencia sobre las leyes de desconexión y las estructuras de Estado ha pasado a segundo plano. También para tranquilidad del líder de ERC, Oriol Junqueras, y el lento avance en la Agència Tributaria Catalana.

Sostiene ahora CDC en su programa que el incumplimiento del acuerdo de estabilidad de la CUP “obliga a forzar cambios en la hoja de ruta hacia la independencia” pactada entre convergentes y republicanos y que ahora “sólo el Parlament puede definir”, “adaptando ritmos y velocidades a las mayorías parlamentarias que en cada momento se produzcan”. También las mayorías resultantes de las elecciones generales.

Puigdemont tiene previsto ponerse manos a la obra con su nuevo plan de gobierno en julio pero el balón ya está en juego. La CUP no es un socio fiable pero sí lo suficientemente ágil y hábil como para sustituir sus demandas presupuestarias por la de un referéndum unilateral de independencia al que ERC no puede oponerse. Sin miedo, la CUP; sin permiso, ERC. El president no se cierra puertas pero la unilateralidad es contraria al proceso con garantías jurídicas, “a la escocesa”, que siempre ha defendido.

Cuando el rival está distraído no hay que molestarlo, y en eso están Ada Colau y Xavier Domènech. El candidato de En Comú Podem no aparece en el cartel electoral de la confluencia de izquierdas pero su proyección va más allá de lo que pase el día 26. Mientras Pablo Iglesias disputa el cetro de la socialdemocracia al PSOE, en Barcelona Ada Colau la ha absorbido con su pacto con los socialistas catalanes. Frente al improductivo “visca, visca, visca Catalunya socialista” de las presidencias de Pasqual Maragall y José Montilla, Domènech es ahora el encargado de poner sobre la mesa el corpus ideológico de lo que han denominado “catalanismo de mayorías”. El martes lo solemnizará con una conferencia que dibujará el camino de lo que debe ser la nueva formación de izquierdas que ya ha ganado dos elecciones en Catalunya. Y no hay dos sin tres.

Iglesias defiende un referéndum sin costes electorales en el resto del Estado –hablar de financiación singular es otra cosa– y el nuevo plan de Puigdemont depende de ese referéndum. Cuestión al margen es dar una respuesta común en una formación de autonomistas, federalistas e independentistas. Iglesias lo tiene claro: vota no; pero Colau y Domènech no pueden aclararlo.