El junio del descontento

 12/06/2016 01:10 | Actualizado a 12/06/2016 02:52

La encuesta del CIS –no la electoral del jueves sino la del estado de opinión general del pasado lunes, aunque estén muy conectadas– ha caído a plomo. A menos de dos semanas de las elecciones, una gran mayoría de ciudadanos expresa un ánimo pesimista y decaído. La situación es “mala” o “muy mala” para el 82,3%. El malestar colectivo se ha elevado a niveles cercanos a su cenit en noviembre del 2014 y ha empeorado respecto de otros barómetros más recientes. El futuro se percibe también oscuro. Y este descontento no se vincula a la ausencia de gobierno en plenitud de funciones, ni a la repetición de elecciones (estas circunstancias sólo son un problema para el 5,2% de los consultados) sino a un juicio crítico negativo sobre el modo de manejar políticamente la situación general. Aunque la preocupación por los asuntos sociales y económicos es dominante, el malhumor de los españoles y la depresión colectiva trascienden las causas inmediatas y enlazan con una ineficaz gestión de los asuntos públicos.

Este barómetro del CIS quizás no pueda entenderse en toda su significación si no se vincula con los resultados de otras encuestas y estudios también recientes. Según el INE, uno de cada tres españoles sigue estando en riesgo de pobreza y exclusión social, y un 6,4% de la población admite que sufre una carencia “material severa”. Parecería que la mejora macroeconómica que las estadísticas proclaman –crecimiento sostenido del PIB y creación de empleo– no levanta el ánimo de la ciudadanía. Acaso porque, como acaba de constatar el Eurostat, los salarios españoles son de los más devaluados en la eurozona. La fuerte disminución de las rentas laborales en España –razón última de una mayor competitividad– agrava ese malestar general. Estamos experimentando cómo la pobreza puede ser asalariada y cómo, aunque merma el desempleo, la temporalidad, la precariedad y los muy bajos sueldos mantienen la sensación de que la crisis está lejos de superarse. El Banco de España ha augurado, además de una “desaceleración” del crecimiento del PIB, también una caída del mercado bursátil del 14% en el 2016, lo que afecta al ahorro, golpeando, otra vez, a las clases medias. Según otro estudio de Fedea, los hogares con menos recursos y, en el otro extremo, los que disponen de más, soportan una carga fiscal desproporcionada, de tal manera que el sistema impositivo español no consigue la reducción de la desigualdad ni logra un eficaz efecto redistributivo.

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Además, se detectan en el sondeo del CIS signos de una seria disfunción en el diagnóstico social de los problemas que nos afectan. Que la independencia de Catalunya preocupe sólo al 0,6% de los consultados por el CIS, lejos de minimizar el problema que plantea el proceso soberanista, lo agranda porque, como escribió Ortega, “toda realidad que se ignora prepara su venganza”. Ni siquiera la ruptura del pacto de estabilidad entre JxSí y la CUP que deja tocado el proceso autoriza a disminuir su calibre de fenómeno social persistente. De ahí que sea alarmante la desinformación, o el desdén, de la sociedad española sobre la dimensión y trascendencia de algunas circunstancias históricas que tienen un efecto muy condicionante sobre la marcha de España. Lo que ocurre en Catalunya –una crisis de gobernabilidad que, además de replicar a la general, dispone de componentes singularísimos– hay que inscribirlo en el descontento transversal, agravado por un errático voluntarismo del secesionismo que ha entrado en una cruenta reyerta interna cuya obviedad releva de cualquier comentario adicional.

Es verdad que todas las sociedades democráticas –desde la británica, que se juega su identidad europeísta el próximo 23-J, hasta la norteamericana, que bascula entre el populismo de Trump y el convencionalismo de Clinton, pasando por el previsible desplome socialdemócrata en Francia o la alarmante pujanza de la ultraderecha en Austria– atraviesan por circunstancias muy comprometidas que sitúan en zona de transición sus sistemas políticos, inadaptados, seguramente, a la velocidad de acontecimientos que fragilizan sus fundamentos. Pero la metamorfosis española, tan significada por el descontento ciudadano y la precarización de sus principios de convivencia, se está convirtiendo en un proceso de deterioro general acelerado que horada los mecanismos necesarios para la recuperación material y moral. En estas circunstancias se celebran las elecciones generales del 26-J que, de modo un tanto arbitrario, se consideran “segunda vuelta” de las anteriores del 20-D. En absoluto.

Los comicios próximos son el resultado de un fracaso con escasos precedentes en Europa y explican la hartura con la que se expresan los ciudadanos cuando tienen la ocasión de hacerlo. Nadie, creo, tiene autoridad moral para reprochárselo.