Puigdemont marca el ritmo

 Author Img DIRECTORA ADJUNTA

 12/06/2016 00:59 | Actualizado a 12/06/2016 04:06

No sólo los padres son víctimas de los grupos de watsap. También proliferan en los partidos políticos. Los candidatos de Convergència, por ejemplo, han creado su chat de campaña y comparten impresiones a todas horas. El viernes circuló veloz la foto de Carles Puigdemont acompañando a Sopa de Cabra para celebrar el programa 4.000 de Toni Clapés (RAC1), cuando aún resonaba el eco de su golpe de efecto ante la CUP: una cuestión de confianza en septiembre. Al verle, guitarra eléctrica en ristre, los convergentes desataron su entusiasmo a través del móvil con exclamaciones y gran despliegue de emoticonos. Había nacido un líder. Después de tantos vaivenes, a la espera (desesperante) que Artur Mas decida su futuro político, en CDC respiraban ante la perspectiva de un rostro nuevo en el que confiar. Seis meses después de acceder a la Generalitat por una vía nada convencional, Puigdemont le ha cogido la medida al traje presidencial y empieza a sentirse a gusto en él.

La cuestión de confianza ha sido la primera decisión arriesgada de Puigdemont, un ejercicio de poder. De él partió la iniciativa, de la que espera salir fortalecido, tanto si la gana como si la pierde y tiene que encabezar el cartel electoral de CDC. En buena lógica, la cuestión de confianza debería dirimirse justo después de decaer el presupuesto, pero al situarla en septiembre, el president gana tiempo para conocer el signo político de la Moncloa y sus alianzas.

Convergència espera que la CUP no se atreverá a enviar a un segundo presidente “a la papelera de la historia” en menos de un año y confía en que la división interna de los cuperos acabe decantándose a favor de Puigdemont. Si es así, el Govern volverá a estar en manos de la CUP, si bien el president cree que las condiciones de esa relación habrán cambiado. Tratándose de los cuperos, es un vaticinio arriesgado, pero lo importante ahora es ganar tiempo. De aquí a septiembre, tendrá que pactar con ERC una nueva hoja de ruta hacia la independencia. El resultado de la pugna entre convergentes y republicanos el 26-J influirá en esa negociación.

Carles Puigdemont acompaña a la guitarra a los Sopa de Cabra, el pasado viernesCarles Puigdemont acompaña a la guitarra a los Sopa de Cabra, el pasado viernes ()

Puigdemont no tiene intención de dar marcha atrás en el encargo que considera que es el motivo de su presidencia. Pero si el plazo marcado para aprobar las leyes de desconexión y convocar elecciones constituyentes –que en la práctica serán unas elecciones leídas como plebiscitarias en número de votos– expiraba en el verano del 2017, el nuevo acuerdo permitirá ganar, por ejemplo, un año. Ese tiempo es esencial para una CDC en horas muy bajas. Y también lo es para comprobar si desde Madrid puede surgir una propuesta para Catalunya. Puigdemont, en una entrevista a La Stampa el pasado día 6 admitía: “No es lo mismo tener un gobierno de Podemos con los socialistas que uno del PP”.

Los convergentes observan atentamente el ascenso de En Comú Podem y el nacimiento de un nuevo partido de la mano de Ada Colau de cara a las elecciones catalanas. También lo hace ERC. Ambos creen que, en un futuro cercano, será decisivo en el juego de alianzas en Catalunya, teniendo como punto de conexión esencial la reivindicación del referéndum. Por si acaso, Puigdemont cuida con especial tacto su relación con Colau. Está convencido de que puede ser útil para encontrar una salida.

Mientras, Convergència intentará que su refundación sea creíble, a pesar de las intenciones cada vez más claras de Mas de seguir como presidente del partido con todas las atribuciones relevantes, al frente de un equipo del que debería surgir alguien en el futuro como posible relevo. Las elecciones del 26-J van a marcar indefectiblemente la orientación y el estado de ánimo del congreso de Convergència previsto para unas semanas después.

Para Puigdemont no va a resultar fácil lidiar con esta bicefalia. Ya empieza a percibirse. Mientras el presidente de la Generalitat evita las críticas a su socio, ERC, y se modera en los reproches a la CUP, Mas es más agrio. Son de estilos y talantes muy distintos. Y, aunque Mas le eligió como sucesor, Puigdemont no fue su delfín, sino una solución improvisada. El president tendrá que lidiar con un partido en pleno desconcierto, con los roces inevitables en un gobierno de coalición, con los vaivenes de la CUP y con las perspectivas que puedan surgir (o no) desde Madrid. Mejor tomárselo a ritmo de rock and roll.