Agujero negro

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12/07/2018 00:26 | Actualizado a 12/07/2018 03:36

El lunes tenemos diálogo, deshielo y otros sustantivos amables que acompañan el verbo hablar. Parece que retorna la política y que empezamos a traspasar la pantalla más oscura de la historia reciente para iniciar una nueva etapa, difícil y vitriólica, pero llena de oportunidades. La palabra pide su turno a la represión, y en el territorio de la palabra caben los milagros.

Pero entonces llega el martes, y la concordia y el deshielo se van por el retrete cuando el juez Llarena, dotado de un agudo sentido de la oportuni- dad política, envía su última jugada contra los políticos catalanes, y nuevamente la represión le quita el turno a la po­lítica.

Seis representantes votados por el pueblo, suspendidos en sus derechos políticos, sin sentencia, sin juicio, sin un auto firme, dado que se puede recorrer, y sin la mínima voluntad de abrir una rendija por donde pase el aire y respire la ciudadanía. Y, encima, con la denuncia de los abogados asegurando que la suspensión de derechos políticos sólo se puede producir en casos de terrorismo, lo que abre una rendija jurídica para permitir al Parlament no suspenderlos. Todo, pues, vale en el reino de este juez todopoderoso que incluso necesita amparo del Estado para escaparse de una citación judicial internacional. Aunque, en este caso, Borrell lo supera en esperpento, dinamitando con entusiasmo la ya estropeada independencia de poderes.

Poco importa que toda la instrucción y las graves acusaciones de rebelión y malversación se hayan basado en hechos que nunca se produjeron como él mismo explica (y así ha dejado escrito en sus propios autos) o sencillamente no se produjeron. No olvidemos que él mismo asegura que no ha podido demostrar algunos de los hechos graves que imputa, y que espera a la vista oral para que sean demostrados. Pero a pesar de distorsionar la realidad, no demostrar las acusa­ciones e incluso renunciar a las pruebas de malversación que había reclamado al ministerio (y nunca consiguió), no ha tenido ningún escrúpulo en alargar una delirante prisión preventiva, impedir investiduras de los representantes legítimos, suspender derechos constitucionales y alterar los equilibrios de la vida parlamentaria. El estropicio que está haciendo Lla­rena a Catalunya, pero también a la democracia española, es tan ingente, que durante años se sufrirán las consecuencias. No es sólo que la instrucción sea una chapuza, como aseguran centenares de juristas, es que es una acción represiva, disfrazada de toga. Y aunque parece claro que recibirá una estocada severa en el exterior, de momento es el Rey Sol de la justicia española, dinamitando, a diestro y si­niestro, los derechos de los líderes ­catalanes.

En resumen, aquello que Sánchez teje durante el día Llarena lo deshace por la noche, en una especie de tétrico homenaje a la Penélope griega. Deshielo y helada, la sauna finlandesa de la política española.