Resistencia

12/09/2018 00:01 | Actualizado a 12/09/2018 02:48

Ayer, el querido Dani Mateo hizo un tuit con un símil pugilístico para desearnos un feliz 11 de septiembre. Su sentido del humor –salvaje y sutil, en buena mezcla– aterrizaba en una imagen del combate entre Rocky Balboa y Apollo Creed, coronada con un “Feliç Diada”. Cogido el guante, le respondí con una contraimagen que no sólo no es ficticia, sino que forma parte de la mítica colectiva: el momento de 1974, en un estadio de Kinshasa, en que Mohamad Alí deja knock-out Georges Foreman, en el considerado como el mejor combate de boxeo de la historia.

En este punto, la previa es obligada: no tengo ni idea de boxeo, ni me gusta un deporte donde la gente se golpea. Pero más allá de la disciplina deportiva, aquel triunfo de Alí se ha convertido en una metáfora global de la superioridad de la estrategia de resistencia ante la fuerza bruta, y no es un símil de la ficción cinematográfica, sino del ring de la realidad. Foreman lo tenía todo a favor, era el campeón del mundo, había ganado los últimos ocho combates antes del segundo asalto, era más joven, más ágil y llegaba acompañado del favor de los pronósticos, que no dudaban en considerarlo ganador. Pero Alí sabía que, si resistía uno a uno los asaltos, su contrincante agotaría las fuerzas golpeándolo y, después no podría aguantar. Y así fue: se arrinconó en las cuerdas, se defendió de cada golpe y al octavo asalto, cuando el contrincante estaba agotado, lo dejó KO con un único puñetazo. La lección continúa con final civilizado: después del combate, fueron grandes amigos.

Seguramente esta metáfora no tiene la finezza requerida para ser usada en la lucha política de Catalunya, dado que la violencia, incluso la reglada deportivamente, no nos representa, ni nos representará nunca. Pero es un hecho que la fuerza sólo se puede imponer si se quiebra la resistencia y, al revés, resistir siempre es vencer. Esta es la lección que históricamente ha dado Catalunya a España, y de la que ayer hizo una nueva y rotunda demostración. Más allá de la retórica amenazadora, el Estado español ya lo ha intentado todo para acabar con el independentismo en Catalunya, y no sólo no lo ha destruido, sino que lo ha fortalecido. Por la vía de la fuerza bruta –porras, amenazas judiciales, criminalización de movimientos ciudadanos, intervención de las instituciones catalanas, presión mediática, cainismo económico, y el uso indiscriminado de los recursos del Estado para acabar con el ideal republicano–, no ha conseguido frenar nada. Es cierto que hiere, agota, causa dolor, pero también fortalece la resistencia. Es un camino estéril, del que no sacará nada más que fracaso. Quizás, pues, debería aprender de la gran lección de Alí y buscar vías democráticas y no represivas, para encontrar una salida al conflicto catalán. ¿O todavía no ha entendido que un pueblo que sabe resistir –y llevamos 300 años de resistencia– es invencible?