Todo sigue pendiente

 13/02/2016 00:39 | Actualizado a 13/02/2016 03:37

Como si lo llevaran al matadero. Así llegó el señor Rajoy a reunirse con Pedro Sánchez. Había escrito un prólogo que decía: “No sé exactamente a qué voy”. Se veía con su autoridad por los suelos: por la mañana había hablado de Europa con Cameron, y ahora estaba allí, convocado por un mindundi de noventa escaños que se creía el rey del mambo, le quería quitar el puesto con artes de encantador de necesitados y tenía que aparentar buen tono ante la montaña de fotógrafos. Salva España de la bancarrota, rescátala de los tiburones, ponla en el escenario mundial como un éxito, para verte ahora así, presidente en funciones, acusado de perder la iniciativa y en pie de igualdad con ese miembro del partido que provocó el desastre. El encuentro con Sánchez fue, por ahora, el último sapo que tuvo que tragar el señor Rajoy. Y se le notaba.

Lo que haya pasado dentro pertenece de momento al secreto del confesionario. Pero el resultado fue el previsible: a efectos de gobierno, Sánchez por un lado, Rajoy por el otro. En asuntos de Estado, una mejor perspectiva: por lo menos hay voluntad de acuerdos. En lo que nos ocupa estos días, la formación de una mayoría, que nadie espere un entendimiento entre ellos: guerra a muerte. Sánchez tiene un mandato de la Jefatura del Estado y es su oportunidad. Rajoy tiene más de siete millones de votos y anunció que intentará la investidura, aunque se ignora con qué apoyos. Y de ahí no se mueven: para el socialista, la caída de Rajoy es la condición para que España salga adelante. Para el conservador, el gobierno que pueda hacer Sánchez es sinónimo de peligro nacional. Para el socialista, lo fundamental es contar con escaños suficientes. Para el conservador, hace falta una mayoría aplastante (PP, PSOE, C’s) para afrontar la gravedad del momento. Nada nuevo bajo el sol.

Ahora bien, en la declaración posterior de Rajoy asomó la crudeza de la situación. Después del espectáculo, la realidad: Catalunya, que acelera el proceso de desconexión, y la economía, con los sobresaltos diarios de los mercados, la prima de riesgo que vuelve a ser noticia, parte del sistema bancario europeo en estado crítico y todos los síntomas de una probable nueva recesión. Cuando el presidente en funciones utiliza esos argumentos y dice que “nos estamos jugando mucho”, ¿utiliza el recurso del miedo? ¿Se presenta a sí mismo como el único con autoridad y criterio para resolver esos problemas? ¿Agrava el cuadro para justificar el gobierno a tres? ¿O está haciendo de esas cuestiones un argumento electoral por si tiene que llamar a las urnas?

Creo que todo a un tiempo. Con lo cual, mis conclusiones de esta semana después de este encuentro son: 1) La batalla por el poder sigue abierta, porque Rajoy se apartó, pero no renunció a la investidura, salvo que Sánchez le gane por la mano. 2) Las circunstancias (Catalu-nya y economía) aportan un factor de dramatismo y urgencia que no se arreglan con un nuevo gobierno, sino con pactos que parecen inevitables. Y 3) Todo sigue sin decidir. En el fondo, C’s y Podemos son los árbitros de la situación.

Retales

Artículo 99. No parece que “declinar” la formación de gobierno sea una acción voluntaria. El artículo 99 de la Constitución dice que el Rey “propondrá un candidato a la presidencia”. Y añade: “El candidato propuesto expondrá el programa político del gobierno que pretenda formar”.

Nóos. El juicio de Palma va dejando claro lo fácil que es organizar una trama de corrupción al máximo nivel. Basta una ambición, un ambicioso sin escrúpulos y un administrador público con ansias de quedar bien con el poder.

Títeres. Si los titiriteros de Madrid cometieron delito lo dirán los jueces. Pero tienen razón sus defensores: algo falla en el sistema cuando es automático su ingreso en prisión y los grandes delincuentes económicos duermen tranquilamente en su casa.

Podemos. El partido de Iglesias está mostrando sus dos puntos más débiles: su obsesión por ocupar poder (y los poderes más sensibles del Estado) y su difícil encaje con sus confluencias. Cuatro gestoras en cuatro regiones son el síntoma de una crisis estructural.

Puigdemont. Atención a su estilo, tan distinto del de Artur Mas: pocas ruedas de prensa, nada de cuartos al pregonero, habla de independencia con seguridad y sin tono mitinero, trabaja en la desconexión sin mirar a Madrid. Y tiene una ayuda imprevista: Madrid está pendiente del vodevil del gobierno. Catalunya es una línea en las ofertas de pacto.