El gran reto

13/02/2018 01:13 | Actualizado a 13/02/2018 02:51

La estabilidad es un valor, ¿sí o no? Si no lo es, no deberíamos estar preocupados; muy al contrario, deberíamos destacar que estamos en una situación óptima de inestabilidad. Pero si considerásemos que la estabilidad institucional y política es un valor fundamental para garantizar el progreso y el bienestar, deberíamos concluir que la situación actual es altamente preocupante. Y cuando la inestabilidad tiende a la permanencia la preocupación puede dejar paso a una amenaza grave para el futuro de la sociedad.

Esta consideración no es válida solo para Catalunya. El mundo vive muchas situaciones caracterizadas por una vertiente inestable; Europa es un escenario en el que conviven conflictos que generan inestabilidad institucional, política y social. Todos nosotros nos hemos acostumbrado a relativizar los conflictos con la confianza de que la niebla esparcirá y todo irá mejor. Pero esto no esconde ni la existencia de los conflictos ni el potencial de incertidumbre que proyecta al futuro de nuestra sociedad.

Pero el entorno no disminuye la trascendencia de la propia inestabilidad. Catalunya necesita la recuperación urgente de sus instituciones para hacer posible una decidida acción de gobierno. Ahora queda claro que esta recuperación es ciertamente urgente y que esto ha de producirse en el marco de las previsiones constitucionales. Todas las ambiciones son respetables, pero en este momento la recuperación institucional sólo se puede producir en el propio marco que define, establece y organiza las instituciones del autogobierno catalán: la Constitución y el Estatut.

Nadie está obligado a renunciar a nada, pero si ahora se coincide en que lo que hay que hacer es recuperar lo que el artículo 155 de la Constitución permitió dejar en suspenso, el camino está trazado. El riesgo de convertir en activo una inestabilidad con vocación de permanencia no es un valor positivo ni para Catalunya ni para España. Sólo el funcionamiento ordinario de las instituciones puede hacer posible trabajar para el futuro. Seguramente hay diversas versiones de cómo puede o debería de ser este futuro. Pero sin instituciones nada es posible. Y, ahora, estamos así.

La estabilidad, por definición, es un valor difícil de conseguir. Hay que priorizar la visión a largo plazo en detrimento de la acción más coyuntural. Hay que aceptar la discrepancia como un hecho natural e, incluso, positivo. Hay que definir políticas más allá de mayorías temporales. Hay que asegurar los límites del cambio, de tal manera que los acuerdos que marquen las bases del pacto social no pongan en riesgo lo que ya se ha ganado. Avanzar sin retroceder; construir sin hacer de la destrucción un objetivo de revancha. Estabilidad quiere decir previsible, incluso cuando lo imprevisto nos llega de golpe.

Un país estable tiene futuro. La falta de estabilidad no tiene, normalmente, un buen final. Ciertamente, en el maridaje entre la aventura y la incertidumbre a veces la pasión se decanta por la primera. Pero la incertidumbre hace su camino, cediendo, poco a poco, el protagonismo a la inestabilidad. Ahora es esto lo que está en juego. ¡Y no es poca cosa! Menospreciar la trascendencia de esta ambición –la de la estabilidad– es tanto como olvidarse de las principales responsabilidades que corresponden a los protagonistas políticos. Estos, muy a menudo, han de poner por delante de sentimientos e ilusiones la difícil gestión del interés general. La estabilidad requiere, a veces, de sacrificios; pero es difícil construir algo sin esta estabilidad. Este es el reto del momento.