Nacionalismo a larga distancia

13/02/2018 01:18 | Actualizado a 13/02/2018 02:51

Desde que Benedict Anderson apuntó que todas las naciones modernas son, sin excepción, comunidades imaginadas, han proliferado los historiadores y los politólogos que se han dedicado a estudiar cómo se han ido construyendo las imágenes que han permitido que la gente se identifique como parte de una nación. Un sector importante de estos estudios se ha centrado en el papel que los expatriados protagonizaron y siguen interpretando en estas construcciones tanto en aquellos casos en que la comunidad imaginada ha arraigado en el territorio de un estado-nación como en aquellos en que se ha vinculado a una nación sin estado pero con aspiraciones de soberanía. Hace unos meses, la historiadora Aurora Madaula, actual diputada de Junts per Catalunya, presentó una tesis doctoral en la Universitat de Barcelona en la que se ocupaba, desde una perspectiva histórica, de uno de estos últimos casos: Forging nation from exile: international recognition, political alignment and ideological constraints in basque nationalisms (1956-1977). No puede descartarse que Carles Puigdemont la hojeara antes de coger el coche hacia Bruselas. Tal vez sea más improbable, pero tampoco se puede descartar que meses antes alguno de sus asesores se interesara por un seminario que se celebró en el Centre de Recherches Internationales de París. El seminario trataba del nacionalismo a larga distancia. Y Daniel Conversi, profesor de la Universidad del País Vasco, pronunció una conferencia con un título muy sugerente: El nacionalismo a larga distancia en la era de los posverdad.

La denominación “nacionalismo a larga distancia” se debe al mismo Anderson, que en 1992 le consagró un texto: Long-distance nationalism: world capitalism and the rise of identity politics. En él, apuntaba un hecho que puede parecer obvio, pero que no es banal si se atienden los resultados: que los nacionalistas de la diáspora y los nacionalistas del interior viven mentalmente en realidades diferentes. Y subrayaba que las actividades políticas de los expatriados se piensan en relación a una patria donde no pagan impuestos ni tienen intención de vivir, en la cual no pueden ser arrestados ni juzgados ni tienen que rendir cuentas. Una situación idónea para alimentar sin asumir la responsabilidad políticas maximalistas. Los expertos como Conversi insisten en el hecho de que la mundialización y las nuevas tecnologías comunicativas han contribuido a aumentar el peso de estas políticas irresponsables promovidas desde la diáspora tanto a la hora de configurar las crisis que se dan en el interior como a la hora de influir en su evolución. Las consecuencias de este aumento suelen ser catastróficas. Pero siempre hay gente con mentalidad emprendedora dispuesta a convertir las crisis en oportunidades y a hacer suya, de una manera muy peculiar, la vieja divisa de Plutarco, que presentaba el exilio como bendición disfrazada. Como la deslocalización económica, la deslocalización de los conflictos quizás ofrece ventajas competitivas o estratégicas para los negocios. Pero en ambos casos hay que preguntarse quién y cómo se beneficia.