Catalunya y el debate a cuatro


 13/12/2015 00:20 | Actualizado a 13/12/2015 01:05

El debate tres + una (no compareció Rajoy que delegó en su vicepresidenta) interesó en Catalunya porque tuvo en la comunidad un 40% de cuota de pantalla, lo que se tradujo en más de un millón y medio de espectadores. Hay, pues, una potente conexión con la política española. No podía ser de otra manera porque el 20-D es decisivo en toda España y especialmente crítico en Catalunya porque, según todos los indicios demoscópicos, el independentismo podría sufrir un serio revés con repercusiones sobre el hito fundamental de estos meses que es la continuidad de Artur Mas en la presidencia de la Generalitat.

Se suponía que la cuestión catalana –lo mismo que la internacional del terrorismo yihadista– alteraría el guión temático de la campaña electoral. No está siendo así, aunque, el PP de manera singular y, en menor medida Ciudadanos, refresquen la memoria colectiva sobre el desafío independentista apelando a los valores constitucionales y la unidad de España, en tanto que el PSOE insista –sin demasiada convicción– en el modelo federal y Podemos, a través de un Iglesias con errores históricos de bulto, apueste por un referéndum consultivo relativizando, como en ese partido es habitual, los mandatos constitucionales.

Sin embargo, la campaña no vibra con la cuestión catalana y hay que preguntarse por qué cuando plantea el problema político más serio y de mayor calado de cuantos tenemos planteados. Es muy posible que en los partidos constitucionalistas se haya instalado la resignación. Me explico: ni desde la CDC refugiada en las siglas de Democràcia i Llibertat, ni desde la ERC que se ha radicalizado (más aún) para pescar en el caladero del electorado de la CUP, se muestra voluntad alguna de negociación en el nuevo escenario que se abre el 20-D. Se insiste en la independencia –a poder ser negociada, pero en todo caso la secesión– sin admitirse como válidas o terapéuticas reformas constitucionales y otras complementarias para acomodar de nuevo Catalunya en el Estado.

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La decisión interiorizada de los partidos llamados también unionistas –PP, PSOE y Ciudadanos, con la duda de lo que será Podemos en Catalunya alentado por Colau y los suyos– es que las modificaciones constitucionales y las medidas que deban adoptarse para componer el conflicto que se plantea en el Principado no van a contar con la interlocución del separatismo de JxSí y la CUP y que el futuro Gobierno de España, respaldado en este asunto por los partidos más grandes, deberá interactuar, para convencerla, con la parte de la ciudadanía catalana cuyo voto pro independentista fue táctico o reactivo y, por lo tanto, susceptible de revertir en otro favorable a una fórmula transaccional.

La sensación de que las alusiones a Catalunya fueron en el debate del pasado lunes rápidas y un tanto rutinarias tiene que ver con el hecho de que en el tablero político se descuenta que en Madrid habrá el 20-D un nuevo atrezo político en tanto que en Barcelona –al menos si la CUP inviste a Mas– podría continuar el agónico y errático camino que ahora connota la política catalana cada vez más replegada sobre sí misma, incoherente con la realidad social, económica y cultural del país y angustiada porque se sabe en una huida hacia delante que, antes o después, exigirá una rectificación. O sea, España se va a resetear y Catalunya puede que no lo haga, de tal manera que la nueva política podría instalarse en Madrid, mientras que en la Ciudad Condal persistiría la vieja.

Naturalmente este escenario está condicionado a que no naufraguen definitivamente las conversaciones entre JxSí y la CUP para investir a Artur Mas. Crecen las opiniones cualificadas –y es lo que se desea fervientemente en los círculos políticos y económicos de Madrid– que abogan por abortar las negociaciones entre JxSí y la CUP e ir a nuevas elecciones que, ciertamente, serían arriesgadísimas para el secesionismo. Ahora estamos en un impasse, absorbidos por la pelea electoral del 20-D y a la espera del veredicto cupero acerca de la continuidad de Mas, que podría despejarse en función de los resultados en Catalunya de la legislativas españolas, lo cual, dicho sea de paso, no deja de ser una auténtica paradoja.

La cuestión catalana, en consecuencia, está contenida en el debate español, mantenida entre paréntesis, aparcada temporalmente, pendiente de una nueva fórmula algebraica de poder en Madrid y de nuevo rumbo –o no– en Barcelona. El debate de tres + una demostró que las espadas están en alto pero con deseo de envainarlas y sustituirlas por un renovado ejercicio de la política. Sigue existiendo la convicción colectiva en España de que, aunque escondida, en Catalunya hay más sensatez y pragmatismo que aventurerismo. No tanto ya en la actual clase dirigente como en la cultura política de la sociedad catalana.