Bicefalia catalana

 14/02/2016 02:04 | Actualizado a 14/02/2016 02:40

Aunque el griterío mediático que provocan las negociaciones para la formación de gobierno haya desplazado el protagonismo de la política catalana –no de Catalunya como tal ni del proceso soberanista, que planean en Madrid con más intensidad que nunca, pero también con un desconcierto extraordinario– lo cierto es que se registran aquí epifenómenos muy interesantes a propósito de la sustitución de Artur Mas por Carles Puigdemont al frente del Govern de la Generalitat. Además del ajuste que el nuevo president ha impuesto en los ritmos de la desconexión, es muy relevante la incorporación a la cultura política de Catalunya de la bicefalia, es decir, del desdoblamiento de las referencias de poder que antes poseía en exclusiva el máximo responsable de la Generalitat. Quizás los vascos, acostumbrados a este sistema connatural al modelo de gestión del PNV, estemos particularmente interesados en escudriñar cómo la bicefalia funciona –o no– en un sistema po­lítico como el catalán tan diferente al que rige en Euskadi.

La bicefalia entre Mas y Puigdemont –uno al frente del partido que sustenta al president y el otro encargado del Ejecutivo– no será sostenible si sus protagonistas no son conscientes de los riesgos que conlleva y de los sacrificios que exige. Es muy probable que en el nacionalismo catalán la actual bicefalia se asuma sólo temporalmente. No por ello, sin embargo, hay que minusvalorar el potencial conflictivo que suele producir. Al PNV le costó la escisión de Eusko Alkartasuna en 1986. Antes, en 1985, el lehendakari Carlos Garaikoetxea lanzó un pulso al partido: el navarro quería la centralización de poderes en el Gobierno vasco en detrimento de la concepción confederal con los territorios históricos y convertir al partido en un instrumento al servicio de la gestión gubernamental. Pese al carisma político y personal de Garaikoetxea, sus propósitos fracasaron y, con sus partidarios navarros y guipuzcoanos, fundó EA provocando en el partido-madre (el PNV) una fortísima crisis de la que le costó tiempo recuperarse.

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Hoy por hoy, la bicefalia está sólidamente arraigada en el nacionalismo vasco. El lehendakari forma parte del Euskadi Buru Batzar (ejecutiva nacional) del PNV con voz pero sin voto y está vinculado expresamente a la disciplina del partido de la que sólo fue eximido su predecesor José Antonio Aguirre dadas las circunstancias bélicas que acompañaron a su presidencia (1937). Por otra parte, rige un férreo sistema de incompatibilidades. Los cargos electos y los públicos no pueden tener responsabilidades en el partido, cuyos órganos de dirección están integrados por militantes elegidos en planchas (sic) por las asambleas. El poder último, el definitivo, lo posee el partido y lo administra el lehendakari y su Gobierno. Así, la bicefalia es la consecuencia de esta concepción, quizás anacrónica pero en el País Vasco muy funcional, del papel del partido nacionalista en la sociedad vasca.

La bicefalia mantiene con rigurosidad el principio de no injerencia en las distintas áreas de competencias de cada uno de los poderes, pero cuando se solapan en las grandes decisiones implica una indisimulada subordinación del Gobierno al partido. Este modus operandi es prácticamente inexistente en las democracias porque presenta déficits democráticos. Los ciudadanos, a través de los partidos que expresan la pluralidad ideológica, eligen a sus representantes en la cámara legislativa que, luego, designará y controlará al jefe del Gobierno. De ahí que la fórmula usual –es lo que excepciona al País Vasco cuando gobierna el PNV– consista en la confluencia de condiciones en una sola persona: líder del partido y primer ejecutivo. Así ha sido en Catalunya hasta ahora, pero ya no lo es porque Artur Mas es el incuestionable primer dirigente del partido y Carles Puigdemont preside el Govern de la Generalitat.

Esta situación sobrevenida en Catalunya –de la que no hay precedentes desde el inicio de la democracia en 1978– constituye una dificultad adicional en el manejo del proceso soberanista de la que, es de suponer, tanto Mas como Puigdemont, son conscientes. Por el momento no se han producido conflictos, ni siquiera roces, pero está en la naturaleza del ejercicio del poder –del partidario y del institucional– que se produzcan en el futuro. Un sistema de bicefalia nunca tiende al equilibrio sino a la jerarquización. Mucho más cuando en una coyuntura histórica como la catalana habrá que tomar decisiones susceptibles de ­valorarse de manera muy distinta desde el Gobierno y desde el partido. La exposición mediática –en este caso de Artur Mas– y los pronunciamientos políticos de fondo –también de Mas– encierran un protagonismo que, antes o después, si no hay mucho tiento de por medio, generarán disfunciones.