21-D: ¿una oportunidad?

14/11/2017 00:35 | Actualizado a 14/11/2017 06:47

Se abren unas primeras rendijas a favor de una cierta autocrítica. Quizás, se dice, la DUI fue un error; una voluntaria ignorancia del ordenamiento constitucional; una minusvaloración de las consecuencias de los propios actos; un olvido del necesario reforzamiento de la base social, etcétera. Reflexiones críticas manifestadas por, hasta ahora, defensores del proceso tal como se venía siguiendo y que, por tanto, tienen más valor que las críticas de los que en todo momento se habían manifestado contrarios o recelosos de aquel.

En algunos casos, estas reflexiones críticas se disparan en ocasión del último “paro de país” –que no huelga general–, que puso de relieve una capacidad evidente para organizar piquetes para cortar carreteras, ocupar instalaciones, obstaculizar transportes públicos, etcétera. Mucha gente ha evaluado negativamente estas actuaciones y se ha interrogado sobre si estas definían una política asociada al proceso y a sus consecuencias.

Todo junto abre un periodo que parece demandar una cierta distensión. Seguramente las últimas decisiones judiciales han influido en esta demanda, que no es incompatible con el sentido reivindicativo de la manifes­tación del sábado. De hecho, ya todo apunta a las próximas elecciones del 21-D, en un debate sobre quién y cómo se presentará, que refleja enfoques diferentes con relación al futuro del país.

Todo parece nuevo. Junts pel Sí ya no estará. La lista unitaria no lo será tanto. Candidatos nuevos y diputados que no seguirán. Bloques más imprecisos que los comunes singularizan al desmarcarse claramente de las posiciones independentistas. Más voluntad para reformar la Constitución que para incumplirla. Deseos de sumar corrientes diversas al servicio de propuestas transversales. Interesante apuesta del PSC al integrar gente de UDC, en un acuerdo que pretende recuperar la centralidad del catalanismo político.

Se diría que el “volver a empezar” es asumido por una amplia mayoría. Incluso por algunos de los protagonistas de la etapa que se ha acabado. Quedan muchas cosas por aclarar, muy evidentes. Pero, si esto se consigue, el 21-D empezará a tener más significado del que inicialmente se le pudiera atribuir. Costará; y mucho. Volver a respetar al discrepante no es tarea fácil. Ni renunciar al otorgamiento fácil de credenciales de patriotismo o de progresismo sin más fundamento que la propia intolerancia. Costará aceptar que la democracia es más que una pancarta y que, precisamente, es la democracia la que ampara la diversidad y el pluralismo. Y costará asumir que cuanto más ambicioso sea el proyecto más amplia ha de ser la base que le da soporte.

Ahora, se afirma, hemos de preservar lo que habíamos ganado. Pero, para conseguirlo, deberá reconocerse que tenía mucho valor y recordar los costes que representó su obtención. En los programas electorales deberá tenerse presente que decir que no se quiere el artículo 155 es tanto como decir que queremos recuperar lo que la lucha democrática ha ganado al servicio de todos. Y que recuperar la participación de todos querrá decir compartir el espacio democrático con las voces apagadas o silenciadas de los últimos tiempos.

¿Podría ser que el 21-D fuera una oportunidad? Quizás las elecciones tengan una convocatoria discutida y una causa no compartida, pero parece aceptarse que pueden clarificar una situación muy complicada. Si fuera así, habrá que aprovechar la oportunidad.