No es una mani más

16/04/2018 - 00:57h

La de ayer en Barcelona no es una manifestación independentista más, como las que hemos visto desde el 2010. Por tres motivos. Primero: ayer había muchos manifestantes que no son independentistas, pero que están en contra de resolver un problema político por la vía penal y denuncian la existencia de presos políticos; segundo: ayer una gran parte de Catalunya plantó cara pacíficamente a la mentira judicial, política y mediática que se está fabricando en Madrid para intentar presentar el proceso como una reedición del conflicto vasco; y tercero: ayer la gente que salió a la calle no exhibía ni alegría ni fatiga, lo que dominaba –bajo el civismo ejemplar de siempre– era una actitud de paciencia y contención, como la del corredor de fondo que sabe que tendrá que administrar los esfuerzos porque hay un largo trecho hasta la meta. Los manifestantes no se dejaron llevar ni por la rabia ni por la irritación. Todo el mundo es muy consciente de lo que hay en juego.

Lo que no saben Mariano Rajoy ni Pedro Sánchez (ni muchos comentaristas que pontifican desde la distancia sobre Catalunya sin ni siquiera entender la lengua catalana) es que hay varios cargos municipales socialistas anónimos que ayer se sumaron a la manifestación, porque les puede más la conciencia de una situación injusta que la disciplina de partido. Lo que no saben Rajoy ni Sánchez ni los propagandistas de una inexistente ETA catalana es que entre las personas que el 1 de octubre defendieron las urnas había, incluso, algún antiguo diputado catalán del PP. Lo que no saben Rajoy ni Sánchez (ni los que felicitaban al juez Llarena ante las cámaras) es que ni los dossiers que redactaba Moragas, ni los informes policiales, ni las cenas con los miembros de ciertas élites barcelonesas consiguen explicar seriamente las causas profundas que han convertido a más de dos millones de catalanes en ciudadanos que no reconocen como propio al Estado español. Lo que no saben Rajoy ni Sánchez (ni quieren saber) es que las amenazas constantes de multas y prisión sobre el Parlament, los partidos independentistas, la ANC y Òmnium, personas que cuelgan una pancarta en su balcón o exhiben el lazo amarillo no conseguirán reducir el apoyo social al independentismo.

La manifestación de ayer dice muchas cosas. No sólo sobre Catalunya, sino sobre la salud de la democracia en España. Rajoy y Sánchez (y Rivera) pueden jugar a menospreciarla, como hicieron con el voto soberanista el 21-D. Como han hecho con la independencia y el criterio de los jueces alemanes, escoceses, suizos y belgas. Como han hecho con el análisis contrastado de los periodistas extranjeros que cubren los hechos de Catalunya. Como han hecho con las recomendaciones de las Naciones Unidas. Rajoy y Sánchez (y el aspirante ­Rivera) pueden silbar como si no pasara nada. Ni la po­licía ni los jueces borran a dos millones de personas, este es el mensaje que se dio ayer.