Hemeroteca

16/05/2018 00:33 | Actualizado a 16/05/2018 02:45

Nadie aguanta la hemeroteca, si ya lleva mucha literatura en la mochila. Y menos ahora, que además de artículos o libros –sometidos a un proceso de elaboración mental más complejo–, lidiamos con tuits nacidos de la víscera del momento. Las redes sociales no las carga el diablo, sino la barra de bar, lo cual es peor, porque al menos el diablo es un concepto sofisticado. Además, existe la evolución, y toda persona tiene el derecho, con los años, a matizar, profundizar o cambiar su opinión. El problema es que la hemeroteca es pétrea y nunca evoluciona con nosotros. Y en el caso de las redes, internet es la peor de las condenas, porque nunca cabe el derecho al olvido o al perdón.

¿Ello significa que no seamos responsables de lo escrito? Por supuesto, tanto como cabe analizar cualquier texto en función del contexto. Si, por ejemplo, Arrimadas lee fuera de plano unos extractos de un artículo de Quim Torra, que hacía un juego retórico con un cuento de Folch i Torres de principios del siglo XX, titulado De quan les bèsties parlaven, y lo convierte en un arma arrojadiza parlamentaria, no está haciendo crítica literaria o política: está manipulando soezmente las palabras para destruir al adversario. No le interesa el debate, sino el escarnio. Y con ello no digo que comparta lo escrito por Torra, porque mi mirada sobre el nacionalismo es más cercana a la obra de gobierno de Prat de la Riba que a la patria esencial de Macià. Además, estoy convencida de que el propio Quim Torra camina actualmente por esos otros derroteros, porque gran parte de la intelectualidad nacionalista ha dejado el relato identitario hace tiempo, y ahora plantea en términos más económico-sociales la causa catalana. Por supuesto, ello no significa abandonar la lucha por el idioma, pero es una lucha inclusiva, que también entiende y asume la realidad del castellano en Catalunya. Y en esa posición está Quim Torra, como él mismo certificó en el debate de investidura.

Pero todo lo dicho no importa, porque nadie quiere abrir un debate sobre el pensamiento de Torra, sino destruirlo personalmente. Y con la hemeroteca enloquecida, la máquina de ­insultar empieza su banalización del mal, costumbre muy arraigada del españolismo contra el catalanismo.

“Supremacista”, “fascista”, “putilla de Puigdemont”, el rico vocabulario castellano se ha quedado corto para destripar al nuevo president. Lo curioso es que los mismos que hacen política con el insulto no aguantan ni un mi­nuto de hemeroteca. ¿Sacamos artículos de Aznar en contra de la Constitución?, ¿nos divertimos con Rajoy?, ¿reproducimos las barbaridades de algunos de Ciudadanos? Y lo más bonito: los mismos que se escandalizan con Torra consideran normal que un presidente del TC rompiera la Cons­titución de joven, o que el responsable de intervenir los Mossos se hubiera ofrecido a Tejero. Divina hemeroteca, la española: sólo dispara hacia el lado catalán.