Puigdemont, el dictado de la conciencia




El president cesado lleva otra vez al país contra las rocas a pesar de que no puede protegerlo

Puigdemont, el dictado de la concienciaCarles Puigdemont (Emmanuel Dunand / AFP)
Actualizado a 16-12-2017 04:10

Proclamada la república, llegó el fin de semana de las ferias de Girona. Carles Puigdemont se paseó por las festivas calles como un héroe de opereta. El domingo por la noche ya todo el mundo era consciente de que las risas se convertirían en lamentos. El Gobierno y los jueces españoles se disponían a aplicar el 155. Las ilusiones terminaban en fiasco: como Francesc Macià detenido en Prats de Molló en 1926; como Lluís Companys detenido el 6 de octubre de 1934. Como en aquellos patéticos momentos, el nacionalismo catalán, despertándose del sueño, se preparaba para probar de nuevo el amargo sabor del fracaso. Puigdemont no lamentó nada. Se despertó en Bruselas. Mientras Junqueras entraba en prisión, él se apropiaba de una palabra sagrada del catalanismo: exilio.

La prensa contraria al independentismo lo describió como un cobarde. Pero Puigdemont si peca de algo es de temerario. Como tantas otras veces en su vida, se dejó llevar por una intuición: depurar las decisiones judiciales españolas con el filtro del Tribunal de Estrasburgo puede tardar 15 años (ahí está el caso Atutxa), en cambio, forzar la intervención de la justicia belga podía activar inmediatamente un pedagógico contraste con la judicatura española. La jugada le ha salido redonda. El Supremo se ha retirado de este contraste, para no poner en evidencia que encarcelar por violencia lo que es explícitamente pacífico no es justo, sino vengativo.

Con la lista que ha confeccionado, Puigdemont quiere dar un triple salto mortal: resucitar un partido muerto, restaurar la presidencia cesada y dejar en evidencia un Estado que tendrá que deponer de nuevo a un presidente democrático. Si le sale bien, aunque tenga que ir a la cárcel, refundará Convergència sobre su ego, como un Pujol posmoderno. Si le sale mal, se consolará diciendo que ya lo tenía perdido de entrada. Pero deja una duda moral: lleva otra vez el país contra las rocas a pesar de que no puede protegerlo. Nunca se hace el mal tan a fondo, decía Blaise Pascal, como cuando se hace por dictado de la conciencia.