Distensión unilateral


 
18/01/2018 00:58 | Actualizado a 18/01/2018 06:36

Catalunya, 2018. ¿Cómo se hace política cuando te apuntan cada día con el Código Penal? Es la cuestión más importante de este momento. Si la política sólo fuera pronunciar discursos, bastaría con imitar al nuevo presidente del Parlament, Roger Torrent, que se estrenó con una intervención muy bien pensada, mesurada y escrita con bisturí, buscando el tono institucional y evitando algunas palabras explosivas. Pero la política es –por encima de todo– acción y el despliegue de un proyecto. ¿Cómo se puede hacer política y políticas cuando el contexto “anómalo” –tomo el adjetivo de Torrent– viene marcado por cárceles, órdenes de detención, decisiones judiciales discutibles y la constatación de que un problema político de dimensión histórica es tratado como un simple asunto penal y de orden público?

Estamos en un cruce de caminos. El independentismo no ha sido prohibido pero está bajo sospecha y ha sido decapitado, como se proclamó desde Madrid. Entramos en un terreno ambiguo, porque todo está en manos de los que tienen la interpretación final de la ley; ya hemos visto cómo manifestaciones pacíficas han sido descritas como actos de violencia y eso ha servido para encarcelar a hombres de probado estilo dialogante. El nuevo Govern nacerá bajo vigilancia, no sólo de Rajoy y sus ministros, también de la Fiscalía y del TC. Y nacerá con una advertencia muy clara: la máquina punitiva del Estado hará su camino y la causa general contra la cúpula independentista no se detendrá. La conclusión es clara: si se quiere distensión, esta será unilateral, en manos exclusivamente de los partidos y políticos independentistas. El Gobierno español no se moverá ni un milímetro, y menos cuando el Partido Popular sabe que Cs planteará las próximas generales como una competición en el terreno del patriotismo, para medir quién es más duro ante la amenaza sepa­ratista.

El escenario es de complicada gestión. Los que gobernarán Catalunya son los mismos que tienen gente en prisión, gente que será juzgada y gente que no vuelve del extranjero porque sería detenida. Rajoy ha perdido el 21-D pero gana en las comisarías y en los tribunales. ¿Qué marca la diferencia? El monopolio de la llamada violencia legítima. Si queremos hablar de la nueva legislatura, no podemos descuidar este dato fundamental.

(Dani Duch)

A partir de aquí, el mal menor es considerar que el vaso está medio lleno: hay mayoría independentista para hacer gobierno, no hay bastante fuerza para sentar a Rajoy a la mesa negociadora. Para darnos cuenta del valor de esto es suficiente con pensar en la versión contrafactual: un presidente o una presidenta de la Generalitat a favor del artículo 155.

El independentismo deberá hacer política como si esta etapa fuera normal, pero no lo será. El Govern tendrá que generar distensión mientras los poderes de Madrid no dejan de provocar tensión. Buena parte del hacer política, siempre y en cualquier lugar, se basa en actuar como si. Digámoslo de otra manera: no hay arte de lo posible sin una dosis de representación. Como si fuera normal sin ser normal. La cuadratura del círculo. ¿Cómo representarán los políticos del Govern esta anómala normalidad? ¿Qué equilibrios deberán hacer para enviar, a la vez, mensajes de normalidad institucional y de reivindicación contra una situación que se considera injusta? El futuro president deberá tener dos caras, como el dios Jano: proyectar un como si y proyectar también un así no. ¿Complicado? Muchísimo.

La cuestión de la violencia considerada legítima como carta del poder central español en este conflicto ha marcado todo lo que ha sucedido desde el 1 de octubre, y lo seguirá marcando, porque la represión ha generado conciencia y ha generado realidad, con unas consecuencias a largo plazo que nadie sabe. El realismo que ahora se invoca para desencallar la situación es indisociable de la carta de la fuerza y, por lo tanto, es un realismo inevitablemente intoxicado de humillación. En este punto, no estará de más dar voz a Hannah Arendt: “Sustituir el poder con la violencia puede llevar a la victoria, pero el precio que debe pagarse es muy alto: no sólo lo paga el vencido, sino también el vencedor en relación con el poder propio. Esta situación es sobre todo cierta cuando el vencedor disfruta internamente de los beneficios de un gobierno constitucional”. ¿Se cumplirá esta ley en el caso que tenemos la opor­tunidad de vivir? No parece que la crisis catalana haya debilitado los poderes del Estado aunque el PP ha sido castigado el 21-D. Otra cosa serían los efectos diferidos, a medio plazo, de una estrategia destinada a utilizar el caso catalán como comodín y cortina de humo permanente en beneficio de la Moncloa.

El mal menor dentro de una victoria electoral y una derrota judicial. El teatro del como si sin caer en la gesticulación. El futuro presidente de Catalunya tendrá que surfear en una distensión unilateral que colocará la apuesta de dos millones de catalanes en unas coordenadas aparentemente grises: las de un día a día institucional que parecerá autonómico, pero no lo será. Porque tendrá memoria.