La CUP también quiere su refundación ANÁLISIS

 18/06/2016 01:14 | Actualizado a 18/06/2016 03:24

Desde la peor de las confesiones de Jordi Pujol, CDC entró en un proceso de refundación intermitente que, con permiso de la enésima campaña electoral, transcurre ahora con cierto exhibicionismo por los restaurantes de Barcelona. No obstante, digerida la decisión de enterrar la Convergència de Pujol para crear un nuevo partido, sólo falta que el dedo de Artur Mas señale el camino. Con la cuestión de confianza del president Puigdemont en el horizonte, la renovación de julio será imperativamente tranquila, siempre que los resultados del 26-J lo permiten.

El pulso por la hegemonía del independentismo está en marcha, así que la campaña mantiene el debate convergente sottovoce y a ERC en la controlada equidistancia en las formas. Pero todos aspiran al espacio ocupado por la CUP. La ruptura del pacto de estabilidad con el Govern se consumó de manera traumática a pesar de los intentos in extremis de Anna Gabriel y Benet Salellas de pactar la discrepancia. Pero a esa hora el problema era ya el incendio sin control en la cocina cupera.

El president Puigdemont y la cupera Anna GabrielEl president Puigdemont y la cupera Anna Gabriel ()

El discurso del asamblearismo transparente que propugna la CUP es inversamente proporcional al sistema de toma de decisiones. Los miembros del secretariado tienen voz pero no voto en el consejo político por lo que nada hubiera cambiado a la hora de enviar a Artur Mas a la papelera de la historia y los presupuestos de Oriol Junqueras algo más allá. Así que la dimisión de 6 de los 15 miembros de este órgano ejecutivo por delegación sólo permite un ejercicio de voyeurismo político.

Se denuncian “actitudes sectarias y maquiavélicas”, lo que sitúa a la CUP a la cabeza de las tristes prácticas de los partidos de corte clásico. Pocos ven lo que son, pero todos ven lo que aparentan. Según la carta de dimisión, se juega con los mecanismos de toma de decisiones para beneficiar a unos u otros, se reinterpretan los estatutos para facilitar la presencia en las listas de unos y no de otros –¿qué reforma estatutaria permitió que Anna Gabriel fuera candidata?–, y tiene más poder la trostkista Lluita Internacionalista que un valeroso anticapitalista de l’Hospitalet.

La CUP presume de llevar al límite las negociaciones, pero segundas partes nunca fueron buenas ni el fin justifica los medios por mucho que se lea a Maquiavelo. La amenaza de ruptura sobre la formación anticapitalista la convierte hoy en un nuevo aspirante político a una refundación. Son el juguete roto que CDC exhibe como premio de consolación y amplían el terreno de juego por la izquierda de ERC y En Comú Podem.

“Todo el mundo es imprescindible” para la independencia, defienden ahora Gabriel Rufián y Francesc Homs con cierta condescendencia, pero esperan con impa-ciencia la primera encuesta que confirme la caída cupera.