Las velas, el timón y el 1-O

 Author Img DIRECTORA ADJUNTA
18/06/2017 01:04 | Actualizado a 18/06/2017 04:22

Hubo un antes y un después del anuncio por parte de Artur Mas de la fecha y la pregunta del 9-N. A partir de ahí se rompieron los frágiles puentes con la Moncloa que aún quedaban en pie. Ahora se ha producido otro punto de inflexión con la comunicación del referéndum del 1 de octubre: las dos partes saben que no hay marcha atrás. Y empieza a quedar más claro que la consulta se parecerá más al 9-N que a un referéndum y que el Gobierno central lo tendrá difícil para impedirlo sin provocar un efecto bumerán.

Después de prometer la independencia en 18 meses, el Govern de CDC y ERC hizo un viraje y retornó al discurso del referéndum para atraer mayor apoyo social. Lo justificó con el argumento de que no se trataba de repetir un 9-N, sino de celebrar un referéndum en el que participaran sin reparos los contrarios a la independencia, con reconocimiento internacional y cuyo resultado fuera vinculante. Ésa es la diferencia con el 9-N, según el president Carles Puigdemont: que el 1-O se aplicará.

Pues bien, un referéndum homologable a los estándares aceptados por nuestro entorno europeo sólo puede lograrse mediante un acuerdo con el Gobierno central que, hoy por hoy, es imposible. Es cierto que las trabas que la Moncloa coloque a la celebración de la consulta pueden sortearse. Si no se puede recurrir a funcionarios, se solicitan voluntarios, y si no es posible constituir una junta electoral, se pide a un grupo de politólogos que ejerzan de árbitros... Pero eso ya no es un referéndum como tal.

Acto en favor del referéndum, el pasado día 11 en MontjuïcActo en favor del referéndum, el pasado día 11 en Montjuïc (AP)

Lo importante no es que en otras convocatorias electorales se haya utilizado a voluntarios, ni que se sorteen unas normas con otras, lo relevante es que las reglas de juego de la convocatoria sean aceptadas de forma mayoritaria también por aquellos que rechazan el objetivo de la independencia. Lo fundamental en unas elecciones no es si se aplica un sistema u otro a la hora de asignar escaños, sino que ningún partido de los que gozan de representación parlamentaria cuestione el resultado por más que haya unos que prefieran un método más proporcional o menos. Si no se cuenta con esa aquiescencia ni siquiera en el Parlament, difícilmente podrá considerarse vinculante el resultado del 1-O.

Por eso, el referéndum convocado es más un elemento de movilización masiva que una verdadera expresión de la voluntad política de los catalanes respecto de la independencia. Y como canalizador del malestar hacia el Gobierno del PP esa cita puede desarrollar una fuerza ingente. Existe una potente pulsión contra Mariano Rajoy, a quien una parte importante de la sociedad catalana, no necesariamente secesionista, atribuye una actitud de desdén hacia sus reclamaciones. El riesgo del 1-O para el Gobierno central no es tanto que los catalanes crean que se trata de un verdadero referéndum en el que se decidirá sobre la independencia, sino todo lo contrario: que muchos consideren que no tendrá consecuencias en ese sentido y que participen simplemente para obligar a Rajoy a mover ficha de una vez.

Quizá por eso la Moncloa hará lo posible para que no se coloquen urnas. La Fiscalía está a la que salta y las advertencias sobre la posible comisión de delitos son implacables. Media clase política catalana puede acabar en los tribunales. Esta semana, el fiscal general ha lanzado un aviso inquietante: se perseguirá la utilización de voluntarios para el 1-O. Aunque la intención es atribuir el presunto delito a quienes pidan el reclutamiento, José Manuel Maza ha dejado de forma intencionada en el terreno de la ambigüedad la posible presentación de denuncias contra los voluntarios.

Mientras se mantiene la dureza de la vía judicial, la instrucción de Rajoy a todos los miembros de su gobierno es que no den excusas para el victimismo de los soberanistas con salidas de tono declarativas. El discurso puesto en marcha por el PP subraya que quien busca la tensión y el enfrentamiento es Puigdemont. Pero son estrategias defensivas. No hubo una reflexión seria de lo que significa que 2,3 millones de personas fueran a votar el 9-N. No digamos ya si tres años después un número similar o superior lo vuelve a intentar.

En noviembre del 2015, justo un año después del 9-N y con el resultado de las elecciones del 27-S ya en la mano (mayoría absoluta del soberanismo en escaños, pero no en votos), Mas recurría a una de las metáforas marineras que tanto le gustan para describir la travesía hacia una independencia que debía llegar por estas fechas en las que estamos. “Si no hay sintonía entre el timón y las velas, puede ocurrir que la embarcación se escore y no se pueda enderezar”. Después de tres años de navegación azarosa, está claro que las velas son los catalanes, resulta más difícil saber quién lleva el timón y lo que aún no se avista por ninguna parte es tierra firme.