Maldita equidistancia

18/06/2017 04:26 | Actualizado a 18/06/2017 04:26

Los rescoldos del paso de Mariano Rajoy, hace tres semanas,por la reunión anual del Cercle d’Economia, aún no se han apagado. El presidente del Gobierno cerró su intervención con una frase lapidaria: “La equidistancia está muy bien, pero no en todos los momentos ni facetas de la vida”.

La alarma cundió al instante entre el auditorio, formado principalmente por empresarios y ejecutivos. La mayoría se sintió objeto de la crítica del dirigente del PP. Injustamente, en su opinión. Fue el broche final de un discurso duro sobre la cuestión catalana. Tanto que en la misma sala de conferencias varios miembros del Cercle –como el vicepresidente Marc Puig, además de Javier Faus, Artur Carulla y Pere Vicens– le instaron a que pusiera alternativas y propuestas sobre la mesa. Después, en el jardín del hotel de Sitges, las muestras de enfado de los asistentes fueron la nota dominante fuera del cortejo que acompaña siempre al presidente en sus visitas a Catalunya. En ocasiones, Rajoy parece olvidar su propia máxima cuando visita el Cercle: “Ya sé que en otros lugares de España me aplauden; aquí, me escuchan”. Contraste pues con la apacible acogida al muestrario de bondades económicas que había exhibido, dos días antes, Luis de Guindos, el ministro de Economía.

La descalificación calentó sobremanera un auditorio que también ha sido crítico –hasta la incomodidad que se registró en la primera jornada con la fría y distante reacción a la intervención de Carles Puigdemont– con los planes de la Generalitat. Y en estas primeras jornadas presididas por Juan José Brugera, mucho más duro que con Rajoy.

El Cercle ha patentado en torno al referéndum sobre la independencia, por boca de su anterior presidente Antón Costas, uno de los eslóganes más sintéticos de la fallida tercera vía: una consulta legal, acordada e informada. Sin éxito ni en Madrid ni en Barcelona. Por eso, sentó tan mal la etiqueta de equidistantes que les endosó Rajoy.

Y el tema volvió a ser motivo de debate este pasado lunes, cuando la Junta del Cercle celebró su primera reunión tras las jornadas de Sitges, con un punto del orden del día dedicado a realizar el balance del encuentro.

La intervención de Rajoy en las jornadas de Sitges no gustó a muchos miembros del Cercle
La intervención de Rajoy en las jornadas de Sitges no gustó a muchos miembros del Cercle (Xavier Gómez)

Brugera optó por echar mano de la experiencia de Costas, con tres jornadas de Sitges a sus espaldas en calidad de presidente, para pedirle que expusiera su visión. El catedrático de Economía constató, hacia el final de su intervención, que en las referencias de Rajoy a la equidistancia se incorporaba “una cierta crítica hacia nosotros”, que él tampoco consideró merecida. Aunque relativizó su intencionalidad atendiendo a las “dramáticas circunstancias de aquellos días”, con la perspectiva de que en pocas jornadas se iba a anunciar la fecha y la pregunta de la consulta, así como la aprobación de la ley de transitoriedad por una vía de urgencia.

Recordó que no era la primera vez que Rajoy dejaba traslucir su incomodidad, por ejemplo cuando, en una ocasión anterior, replicó que él no era inmovilista, tras la insistencia de Costas para que formulara ofertas a la sociedad catalana.

A continuación, hubo algunas intervenciones marcadamente críticas con las palabras de Rajoy, especialmente las de Carmina Ganyet, directiva de Inmobiliaria Colonial. Y de Miguel Trias, abogado socio del bufete Cuatrecasas, quien recordó que Rajoy no mencionó la corrupción y utilizó Catalunya como tapadera. El resto de los asistentes optó mayoritariamente, aunque no de forma unánime, por un asentimiento silente.

Siguiendo con el frente empresarial, también esta misma semana Rajoy ha recibido una réplica contundente. En este caso del presidente de la Cambra de Barcelona, Miquel Valls, quien ha expresado en forma rotunda su convencimiento de que el plan de inversiones y planes de infraestructuras anunciadas por Rajoy a finales de marzo, y cuestionadas una semana después con la presentación de los presupuestos generales del Estado, es “inviable e inasu­mible”.

Con más discreción se saldó el pasado lunes la visita de Cristóbal Montoro. En la comida previa a su intervención ante la asamblea general de Foment del Treball, el ministro de Hacienda y Administraciones públicas apenas recibió quejas de los asistentes, encabezados por Joaquim Gay de Montellà, acompañado por el conseller de Empresa i Coneixement, Jordi Baiget. Sí que hubo referencias políticas. Ramon Adell, vicepresidente de Foment, pidió diálogo a los gobiernos y reconocimiento de los errores por ambos lados. Montoro, a su vez, razonó que el actual problema catalán lo originó el agravamiento de la crisis económica en el 2012. La mayoría de los presentes, en cambio, lo sitúa dos años antes, a raíz de la sentencia
del Constitucional sobre el Estatut.

Se ha cerrado así el plan de primavera de seducción empresarial activado por el Gobierno central, con un resultado cuando menos discreto. El temor al choque entre los dos gobiernos sigue instalado en los renglones mayoritarios del empresariado catalán. Y las aproximaciones de Rajoy no han introducido ningún cambio visible en la ecuación del conflicto, más allá de las referencias genéricas a que las tensiones políticas no deben afectar a la recuperación económica. Pero los empresarios no perciben esa relación directa. Sí temen la falta de soluciones políticas. Y reparten las culpas en proporciones variables. Maldita equidistancia.