Sistema sin partidos

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18/09/2018 00:25 | Actualizado a 18/09/2018 03:43

La Catalunya política está experimentando una profunda transformación a cuenta del procés. El auge del independentismo ha hecho desaparecer el catalanismo en lo que este podía tener de transversal. La sorpresiva sustitución de la senyera por la estelada, y de esta por el lazo amarillo, ha mostrado simbólicamente hasta qué punto las organizaciones y redes sociales que propugnan la república ocupan el espacio que hasta hace poco se disputaban partidos e instituciones. Poco antes la gente era de Pujol, del PSUC, de Esquerra, o socialista. Ahora la sociedad política y la sociedad civil no parecen distinguirse, porque un movimiento magmático se ha apoderado de la escena pública. El independentismo es una marea; pero también lo es o pretende serlo el no independentismo en sus distintas variantes. De modo que los procesos de decisión desbordan los mecanismos convencionales del sistema de partidos y de las propias instituciones de la democracia representativa.

Claro que Catalunya no es la única comunidad política que ha puesto en cuestión el sistema de partidos en Europa. Pero se corre el riesgo de asimilar todos los casos en los que eso se produce a una tendencia liberadora de las sociedades abiertas. Como se corre el riesgo de extraer de la experiencia catalana conclusiones positivas sobre la innovación que habría supuesto, por ejemplo, una Diada masivamente independentista en la que las ofrendas florales pasaron más que desapercibidas. Es guay, puede oírse, en un tiempo en el que los convencionalismos tienen mala prensa. El efecto inmediato es que nadie se hace cargo de un país que parece mantenerse en suspenso, entre una economía que funciona a pesar de la política, una sociedad que se las arregla entre manifestaciones, y una clase política que se eterniza en el conflicto.

(AFP)

Los partidos son organizaciones que se muestran limitadas a la hora de representar a diario el sentir de la gente; de interpretar todas sus inquietudes y aspiraciones. Los partidos tienden a perpetuarse en una única dimensión, cuando los ciudadanos se realizan en varias. Pero lo paradójico en Catalunya es que las organizaciones políticas tradicionales han sido puestas en cuestión a causa de que ha emergido un fenómeno aún más unidimensional que la partitocracia, que reduce a términos identitarios la peripecia social, que sublima el referéndum –pasado o pendiente– como expresión de autenticidad democrática, que orilla las instituciones de la democracia representativa. Los partidos presentan serios déficits para encarnar a la sociedad y para afrontar los desafíos de un mundo extraordinariamente complejo. Pero cada sigla y el conjunto de ellas pueden aportar más matices y propuestas, más soluciones y salidas, más oportunidades de diálogo y acuerdo, que su dilución en una marea unívoca o en dos.

El Parlament de Catalunya está en suspenso, en apariencia porque su mayoría independentista no acaba de ponerse de acuerdo para hacer efectiva la suspensión como parlamentarios ordenada por el juez Pablo Llarena contra los procesados por el 1-O. Pero en realidad el legislativo catalán está desactivado –y a todas luces continuará estándolo– porque las instituciones de la democracia representativa importan poco cuando lo que adquiere valor es un horizonte plebiscitario que haga efectiva la independencia. El mientras tanto importa poco, puesto que la ineficiencia de las instituciones de la Generalitat es imputada a la cerrazón del Estado constitucional, que se niega a dar cauce al futuro que reclaman los independentistas. El Parlament adquiere relevancia sólo como expresión de esta última reclamación. Porque la realización de sus demás funciones se presume engañosa en una pugna de todo o nada.

También por eso son prescindibles los partidos que hasta hace poco conformaban la democracia parlamentaria. Porque esta pasa a ser ac­cidental; ni siquiera llega a ser pasajera o transitoria. Los propios comicios autonómicos se han presentado como citas plebiscitarias en las últimas ocasiones. Convocatorias llamadas a reducir al mínimo la voluntad política de los catalanes; a simplificar sus deseos en términos de sí o no a la independencia. De ahí que, paradójicamente, afloren candidaturas aun más disciplinadas que las partidarias. Porque quienes ocupan los escaños o pretenden hacerlo se ven constreñidos a decidir sobre muy pocas cosas, en tanto que la cultura plebiscitaria se apodera de la acción institucional cotidiana. El maniqueísmo no necesita ni siquiera partidos en permanente cierre de filas. Le basta con personas dispuestas a votar media docena de resoluciones al año y a aplaudir su aprobación.