Destino, la desolación

19/10/2017 00:32 | Actualizado a 19/10/2017 04:49

No os riais: hay diálogo entre Rajoy y Puigdemont. Lo que ocurre es que es un diálogo surrealista: se hablan por burofax y se lanzan mensajes a través de los medios y los discursos. En ese cruce de correos, palabras y avisos hay ofertas, señalamiento de líneas rojas y condiciones, y ninguno de los dos actores del drama puede decir que no sabe lo que piensa el otro. En una conversación entre ambos, esa que pidió Puigdemont el pasado lunes, no sacarían mucho más en limpio.

Lo que podemos sacar en limpio el resto de los mortales es que el Govern puede evitar el traumático 155 con una de estas dos decisiones. A) Asumir la aceptación de la legalidad estatal que pide el gobierno. Y B) Convocar elecciones, “la solución menos dolorosa” y la más democrática, aunque signifique la entrega del poder a Esquerra, el hundimiento del PDECat y quizá la pérdida de la mayoría absoluta por el bloque soberanista. Con esto último debe contar el PP y algo le debe haber dicho el CIS, porque, de lo contrario, no lanzaría tan alegremente esa iniciativa. Un político tan pragmático como Rajoy no invita a ir a las urnas sin tener alguna certeza del fracaso de su gran adversario. Y mucho menos, si se juega en ellas, y con votos indiscutibles, nada menos que la unidad de la nación. Si Puigdemont no disuelve y no adelanta las urnas, es que le conviene la aplicación del 155.

Lo menos conveniente es lo que anuncia la CUP y Junqueras bendice: la inmediata, “en los próximos días”, declaración unilateral de independencia, aunque sea seguida de elecciones constituyentes. Y mucho menos conveniente todavía, que esa declaración lleve a la proclamación de la República Catalana. Y no me baso en argumentos legales ni en actuaciones judiciales posteriores. Me baso en que tal paso llevaría a Catalunya a la desolación. ¿Cuál sería la repercusión económica de una decisión que provocaría más inseguridad jurídica, más huida de empresas y pánico de los inversores? ¿Cómo se pagarían las nóminas con un endeudamiento de 75.000 millones y sin la cobertura del Fondo de Liquidez Autonómica?

Si se me responde que algo hay que pagar por la independencia, estaré de acuerdo. Pero casi todos los gobernantes del mundo aseguran que no aceptarán un nuevo Estado surgido en contra de la legalidad, que no es la catalana, sino la española. Lo dicen todos, especialmente los europeos. ¿Sabéis lo que significa eso? Que la República Catalana sería una entelequia que sólo existiría en el papel. No podría pertenecer a la ONU. No podría ser miembro de la Unión Europea. Perdería todos los derechos de la Unión. El banco central soñado por Junqueras no tendría el soporte del Banco Central Europeo. Y esto no es una amenaza, como dice el independentismo cada vez que se le recuerda. Es lo que Catalunya se encontraría al día siguiente y por tiempo indefinido. No lo hagáis, políticos; no lo aceptéis, ciudadanos. Es mi opinión.