Castigo

19/12/2017 00:36 | Actualizado a 19/12/2017 03:56

La victoria y la venganza, esa doble condición que tantas veces ha definido a la peor historia de España, salpicada por un nacionalismo español más revanchista que pactista, y que siempre ha conseguido imponerse por la fuerza. Es el “venceréis, pero no convenceréis” de aquel Unamuno del 36, asustado por el monstruo que él mismo había apoyado, pero que pronto enseñó sus garras. Y ciertamente se cumplió la profecía del sabio: vencieron y no convencieron. Lo que quizás no imaginó Unamuno es que era irrelevante: desde la perspectiva del intelectual, la idea de convencer al adversario era una virtud exigible; desde la perspectiva del conquistador era una debilidad inaceptable. Y así vencieron y después se vengaron durante años, persiguiendo, reprimiendo y matando a un pueblo vencido al que no im­portaba convencer. Sólo importaba dominar.

Ese ADN de conquista se ha mantenido inalterable a los cambios, y aunque ahora no sean fascistas, sino demócratas, los que levantan la bandera de la España eterna, lo cierto es que militan en la misma mentalidad vengativa. Esta campaña electoral es, en este sentido, muy ilustrativa. Uno habría imaginado que el unionismo estaría deseoso de calma, por aquello de apelar al orden y a la estabilidad. Y una vez vista la dimensión del órdago catalán, sólo momentáneamente aplacado vía represión, cualquier político de nivel entendería dos cosas: que en Catalunya hay un problema, y es gordo; y que debería iniciarse el proceso de seducción, porque la vía de la porra y la amenaza sólo es útil en el corto plazo. Además, si algo saben hacer los catalanes, después de tres siglos de aprendizaje, es resistir. Pero la genética del nacionalismo español tiene razones que la razón no entiende, y ahí están, deseosos de desinfectar, arrancar y descabezar al independentismo, convertidos en señores feudales que sueñan con quebrar la voluntad de sus siervos rebelados. Ya puede el esforzado Iceta hablar de concordia al lado de un Borrell que viene pertrechado de desinfectante. ¿Esa es la manera de crear un clima de comprensión, diálogo y pacto, un tiempo nuevo para la vieja Catalunya? Será que no, porque con ese lenguaje y maneras lo único que se pretende es anular la voluntad de millones de personas, a las que se ningunea, se desprecia y se expulsa del debate democrático.

Sólo faltaban los castigos a Junqueras y a Jordi Sànchez, negándoles, incluso, hablar con su familia. No tienen suficiente con forzar la ley hasta extremos indecibles para mantenerlos en una prisión preventiva que es, ella misma, una venganza. Ahora se les niega el derecho a opinar políticamente, a pesar de ser Junqueras el número uno de una lista electoral, y Jordi Sànchez el número dos. Y luego dirán que estas elecciones son normales. Puede que los actuales no tengan nada que ver con los Millán Astray de entonces, pero mantienen intacta la sed de venganza.