Coser el país

19/12/2017 00:37 | Actualizado a 19/12/2017 03:56

Cuando estas líneas aparezcan publicadas, los ciudadanos de Catalunya estarán preparándose para ir a votar el próximo jueves día 21. Elecciones especiales por muchas razones pero, a la vez, decisivas para definir el futuro de Catalunya. Un futuro que comporta una valoración de lo que han sido estos últimos dos años. Para unos, unos años llenos de expectativas e, incluso, de gozosas manifestaciones y proclamaciones. Para otros, la rotura de las bases institucionales del país y un periodo car­gado de incertidumbres, angustias, amenazas e inquietudes. En las urnas que pa­rece que se van a llenar como nunca, todos estos sentimientos contradictorios se mezclarán y convivirán pacíficamente hasta las ocho de la tarde, en que, con el recuento, la realidad se impondrá de acuerdo con la voluntad de los ciudadanos. El pueblo habrá decidido.

¿Qué sería deseable? No se trata de avanzar ningún pronóstico electoral; tampoco de expresar una intención de voto que puede no interesar a nadie. Pero nada debería impedir ni desaconsejar expresar el deseo de que a partir del día 21 la convivencia se imponga. Y, si se quiere, que la convivencia no se rompa. Que todos se saluden por la calle, que nadie se instale en ningún tipo de revancha, que el respeto acompañe el reconocimiento de la discrepancia. Sería bueno que se aceptara que el futuro es cosa de todos y que entre todos se deberá construir. Que entenderse o intentarlo no quiere decir debilidad, que el acuerdo nos honora, que antes de buscar el enemigo exterior deberá reforzarse la cohesión interior.

No debería avergonzar a nadie apuntarse a este deseo. De hecho, hace pocos días, una candidata soberanista decía, muy acertadamente, que a partir del día 22, fuera cual fuera el resultado de las elecciones, se debería “coser” el país. ¡Una buena medida! El país, durante estos últimos meses, se ha rasgado y ahora deberemos enmendarlo todo aplicándonos a coserlo. Queda claro que los retos que tenemos delante no se podrán afrontar sin contar con com­plicidades transversales, con voluntad de penetrar en las aspiraciones de los demás. Quien sea, solo, no lo podrá hacer. Ahora es el momento de sumar y esta simple ­operación quiere decir mucho y es muy complicada.

Sumar quiere decir, por ejemplo, restar aquello que impide hacerla suma. Quiere decir acercarse a los planteamientos de los otros, haciendo un esfuerzo por comprenderlos e integrarlos en un proyecto más colectivo, más inclusivo, más compartido. Y las heridas están aún abiertas y son muy evidentes. Nadie puede estar orgulloso de ello ni nadie debería activarlo como un éxito. Esto es una barbaridad y será difícil, muy difícil, superarlo. Pero un país dividido no tiene fuerza para nada. No es que tenga la mitad de la fuerza necesaria, es que no tiene fuerza.

Coser el país. Hay aún mucho que hacer entre todos; mucho por preservar, mucho por avanzar. El simplismo del todo o nada tiene un trasfondo épico muy tentador, pero muy pobre en resultados y muy rico en consecuencias negativas. No hace falta, no obstante, renunciar a la épica, pero hay que reservarla para aquello que todos o, en todo caso, muchos pueden compartir. La épica no justifica la división; al contrario, es la única que acompaña la unidad de los grandes proyectos. El día 22 se ha de pensar en rehacer, en volver a empezar a recuperar la convivencia como exigencia de la nueva acción de gobierno.

Coser el país: seguramente no existe ningún objetivo colectivo más ilusionante que lo que esto representa. En todo caso y siempre, pero muy especialmente a partir del 22-D.