La Vanguardia

LA HISTORIA Y LA POLÍTICA: ESPAÑA CATALUNYA



El momento que vive Catalunya condiciona también la interpretación del pasado. ¿Siempre con rigor? Balance de una inquietud historiográfica

Bailando con esqueletos

Cultura | 27/11/2013 - 04:32h | Última actualización: 27/11/2013 - 11:32h

JOSEP M. FRADERA

Catedrático de Historia (UPF)

El momento político que se vive en Catalunya irradia en múltiples direcciones, y puede condicionar también la interpretación del pasado. Este parece ser el propósito del simposio 'Espanya contra Catalunya', que se celebrará el próximo mes. Desde la perspectiva de los historiadores, ¿se trata de un planteamiento riguroso? Analizamos aquí dos puntos de vista: cuándo se pusieron en circulación las palabras que marcan el debate, y con qué intención. Y hacemos balance de la tradición historiográfica que refundó los estudios sobre Catalunya en los años sesenta

EL AUTOR

  • Josep M. Fradera es catedrático de Historia del departamento de Humanidades de la Universitat Pompeu Fabra. Especialista en historia del colonialismo y la configuración ideológica del catalanismo del siglo XIX. De entre sus últimos estudios destaca Cultura nacional en una societat dividida, su ensayo sobre Jaume Balmes o La pàtria dels catalans

SIMPOSIO

  • España contra Catalunya: una mirada històrica (1714-2014)
    Institut d'Estudis Catalans
    Barcelona

    12, 13 y 14 de diciembre
    Dirección: Jaume Sobrequés
    www.gencat.cat/chcc

El final de los años cincuenta y sesenta fue un momento de ruptura clave en la historiografía sobre Catalunya y en la historiografía catalana misma. Después de treinta años de investigación, interrumpida por la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial, en 1962 se publicó en tres densos volúmenes la tesis de Estado del historiador Pierre Vilar. De algún modo la obra encarnó aquel final por muchas razones, entre las que destacan la brillantez del prólogo sobre el pasado inmediato, la densidad de la investigación, la capacidad de interrogación de materiales enormemente diversos y una idea clara. La tesis se puede formular así: las causas profundas del nacionalismo catalán contemporáneo responden a la disparidad de evoluciones estructurales entre Catalunya y el resto de España, con Castilla en el centro desde el siglo XVI. Pero el argumento que acabamos de resumir, de la máxima relevancia, sufre un problema serio: la falta de consideración de las circunstancias específicas que habían conducido al repliegue catalán tardío frente al Estado liberal, aquel que se impuso de manera definitiva en España en los años 1836-1840 con tanto esfuerzo y voluntad por parte del mundo barcelonés y catalán. Fue la densidad industrial y, en consecuencia, la dureza del conflicto social lo que condujo a aquel repliegue del cambio de siglo y este, a su vez, a un nacionalismo que era, en gran medida, expresión de temor al cambio social y político.

Cuando Vilar publica la magna investigación y se vierte al catalán a una velocidad insólita (mérito del recientemente traspasado Max Canher i Eulàlia Duran, editor y traductora) son años excelentes por la cultura catalana, cosa que al paso que vamos a muchos les resultará imposible de entender. Aparte de la obra de Vilar, en 1963 se publicó La Revolta dels Catalans, la tesis doctoral de un jovencísimo John H. Elliott, otro libro extraordinario, el cual junto con La España imperial, también de 1963, Jaume Vicens Vives se apresuró a hacer traducir y publicar. Y hablando de Vicens, él mismo había publicado años antes Notícia de Catalunya(1954) –un error por apremiado y mal enfocado- e Industrials i Polítics del siglo XIX (1958-1960), libro seminal sobre la génesis de la Catalunya contemporánea, que comparte muchos de los puntos de vista de Vilar así como la debilidad antes mencionada.

Cito estos libros – La Catalogne dans l’Espagne ModerneThe Revolt of the Catalans;Industrials i Polítics- porque tienen muchas cosas en común y muchas diferencias. En primer lugar: estar perfectamente insertados en el engranaje de la historiografía internacional de su tiempo. Segundamente, los tres apuntaban también hacia la desmitificación de la coartada común a todas las historias nacionales, catalana incluida. En pocas palabras: la idea de que los pueblos están irremediablemente orientados a una improbable plenitud nacional, la ecuación definida por la unidad intangible entre el pueblo, las instituciones y los gobernantes, sin interferencia desde sociedades ajenas. Esta es la visión del pasado forjada en todas partes por el nacionalismo del siglo XIX, que no coincide obviamente con el desarrollo de una disciplina que es más antigua y que al mismo tiempo responde a exigencias que derivan del estatuto epistemológico que la define.

Lejos del finalismo mencionado, aquellos libros pioneros apuntaban hacia rectificaciones esenciales en la manera de hacer historia. La primera consistió en situar un caso particular en la historia general. Este es, de hecho, el antídoto para prevenir los tres grandes peligros de las historias nacionales forjadas en el siglo XIX: el esencialismo –identificación entre la historia del país y el nacionalismo-, el ‘anacronismo’ -el nacionalismo es uno recién llegado a la historia del grupo- y el ‘excepcionalismo’ –creerse depositario de un destino particular y víctima de un conflicto con enemigos atávicos, siempre iguales a sí mismos. Nada de aquello que les pasó a los catalanes es, cuando menos, excepcional; cosa que no significa que su posición en el contexto de realidades más amplias fuera necesariamente satisfactoria. La segunda rectificación está implícita en lo que acabamos de decir. Como no se trataba de hablar de la nación sino de la sociedad catalana, había que rescatar las facetas de la práctica social que son relevantes para la disciplina, a pesar de que no lo puedan parecer o parecer de segundo orden desde las solicitaciones de la historia nacional/ista. Ejemplos del ensanchamiento de horizontes no fallan en ninguno de los tres libros, incluso en el gusto mostrado por el detalle. Por ejemplo, en la lamentación de Vilar por no haber localizado el texto de Francisco de Zamora sobre el aprovechamiento del agua en Catalunya; la anécdota significativa en el libro de Elliott, al encararse con los personajes que protagonizarán a ambos lados el fracaso de las Corts catalanas de 1626; el interés por las trayectorias de industriales y políticos que Montserrat Llorens preparó bajo la dirección de Vicens, cañamazo sobre el cual el historiador construyó la apremiada y excesiva apología de la burguesía catalana del ochocientos. No obstante, no hablamos de detalles sino de algo más general: del resarcimiento del mundo del trabajo y de la demografía, de los fundamentos culturales y religiosos de los mundos culto y popular, del significado de la vida urbana y asociativa, de tantos y tantos motivos de interés que Vicens creyó encontrar en el programa de la historiografía francesa de su tiempo.

 Un flashback iluminador. Poco antes de la catástrofe de 1936, Francesc Cambó propició una conversación con Agustí Calvet en su estudio de Via Laietana. Cae la tarde sobre los tejados de la Barcelona condal y entre los dos hombres, solos, surje la confidencia. Cambó confiesa al visitante que la narración histórica del nacionalismo catalán, a la cual tanto había contribuido, le parece carente de realismo y excesiva de sentimentalidad. Gaziel asiente. Más adelante, tras años de silencio autoimpuesto, el periodista relatará y tratará de ofrecer pinceladas de una revisión que ya no protagonizó la generación formada en los esquemas del primer Institut d’Estudis Catalans. Ciertamente, una cosa es percibir el problema y otra es dar con una salida practicable. En palabras de Timothy Snyder en The Reconstruction of Nations: “refutar un mito es como bailar con un esqueleto: es muy difícil desengancharse del decepcionante y tenue abrazo una vez la música ha empezado, cuando te das cuenta de que son tus pasos los que lo mantienen en movimiento.”

Volvamos donde estábamos antes de recordar esta escena conocida de la historia intelectual del país. Situemos las cosas en una perspectiva más amplia. Los tres textos citados sellaban, más allá de las intenciones de los autores, un momento de ruptura con la historiografía catalana precedente. Bien mirado, de las incitaciones de entonces sale lo mejor de lo que luego ha venido, incluidas las rectificaciones y añadidos notables al programa que se desprende de la suma de tres grandes libros. Una década después, el impacto de los maestros es bien patente. En 1971, Josep Fontana, con La quiebra de la monarquía absolutay en una serie de monografías posteriores sobre la hacienda española, pone el orden necesario para una comprensión más ajustada de la transformación española de la primera mitad del siglo XIX, algo que fallaba en los libros de Vilar y Vicens. Igualmente, Jordi Nadal en El fracaso de la revolución industrial en España (1973) estableció un modelo interpretativo muy potente para explicar, de manera matizada, la mediocre historia industrial del país. Lo que ha pasado después es más comprensible. De manera selectiva y esquemática: una revisión profunda de la historia medieval catalana, de la formación de la administración monárquica y de las relaciones entre payeses y señores -la servidumbre, los ‘mals usos’- y dicha expansión medieval, ‘destrucciones programadas’ de poblaciones andalusíes en la formulación clarividente de Miquel Barceló; una mayor precisión de las tensiones y culturas institucionales y constitucionales en el marco de las llamadas ‘monarquías compuestas’, en la Corona de Aragón y los otros reinos peninsulares, entre los cuales los dos grandes conflictos de 1640-1659 y 1705-1714 toman sentido (para ellos mismos y como antecedente de la nación y los imperios modernos), crisis social, mortalidades catastróficas y luchas crónicas entre bandos; la apertura del conocimiento de la fachada colonial e imperial de la historia peninsular de los siglos XIII al XX; de Mallorca y Valencia a la América colonial para acabar en Guinea; la génesis y establecimiento de los orígenes diferenciales del crecimiento económico (no sólo del industrial) catalán y español del XVI al XX; con una atención decisiva en los condicionantes ambientales; finalmente, el estudio sin apriorismos de la política y la cultura catalanas contemporáneas, en qué el regionalismo y el nacionalismo (un visitante tardío del castillo escocés) son expresiones bien conocidas junto a otras igualmente acreditadas de la modernidad capitalista, inmigraciones masivas incluidas.

De uno u otro modo, la huella del programa esbozado al filo de 1960 es observable en estas líneas de trabajo, aunque se resuelva a menudo en discusión con los conocimientos ya adquiridos, con elecciones variadas en lo que se trata, donde se pone el énfasis de la explicación y se decide las fronteras reales de la historia del país. En todas y cada una de estas líneas, insisto, es posible encontrar la resonancia de los clásicos: el juego constante entre las dinámicas locales y generales, en las cuales el papel de los catalanes no es nunca el de sujetos pasivos del proceso general.

Al fin y al cabo se desprende una conclusión: imponer un relato centrado en la eterna enemistad entre Catalunya y Castilla/España no puede ser considerado de otro modo que como un retroceso historiográfico. Se puede formular de una manera menos fatalista (pero no menos fatal). Nos tendremos que acostumbrar a la coexistencia de una historiografía de doble vía: aquella que responde a incitaciones de una coyuntura obsesivamente dominada por el mito del eterno conflicto, y la que se mueve en el territorio tentativo e incierto que establecen las reglas de la disciplina. En esta danza con esqueletos no se ve una tercera vía por ningún lado.