La primera agenda: Girona y Roma

Los primeros viajes del Rey de España son al próximo oriente: Girona, epicentro del soberanismo catalán, y Roma, capital de la cristiandad, un gesto de deferencia con el Vaticano, tras una proclamación sin misa tedéum

Felipe VI | 22/06/2014 - 01:00h


El papa Francisco saludando al príncipe Felipe y a la princesa Letizia, durante la misa solemne de inicio de su Pontificado en Ciudad del Vaticano, el 19 de marzo del 2013 EFE / Osservatore Romano


Enric Juliana
Madrid


Los nuevos reyes de España estrenarán en Roma su agenda exterior. El calendario es el siguiente: Girona, el día 26 de junio; Roma, el día 30. Una agenda interesante. Girona aún no es el 'exterior', pero una parte significativa de su población se mueve en esa dirección, o al menos desea ser consultada al respecto. Las coaliciones y partidos que apoyan activamente la consulta soberanista obtuvieron el 68,7% de los votos en la ciudad de Girona en las últimas elecciones al Parlament de Catalunya (noviembre del 2012). Girona es el epicentro de la Catalunya soberanista y el nuevo rey conoce bien a sus gentes.

Felipe VI presidirá el día 26 la entrega de los premios de la Fundació Príncep de Girona a jóvenes emprendedores. Esta fundación, menos conocida que la que lleva el nombre de Príncipe de Asturias, viene desarrollando desde hace años una actividad muy pegada al terreno, no siempre publicitada por los medios de comunicación. Felipe de Borbón le ha dedicado muchas horas a su título de Príncep de Girona, que ahora pasa a la infanta Leonor. Muchos viajes y muchos encuentros, que no siempre han aparecido en los diarios. El nuevo Rey habla bien el catalán y ha adquirido un exhaustivo conocimiento de la sociedad catalana. En estos momentos se puede afirmar que el Rey de España conoce mejor Catalunya que el presidente del Gobierno. El partido gobernante no dispone hoy de buenas antenas en Catalunya. Si las tuviese, la situación política sería otra. Sus sensores captan bien determinados segmentos de la sociedad, muy concentrados en la Barcelona alta y en el área metropolitana, pero no han sabido calibrar la profundidad sociológica que ha adquirido el soberanismo en los dos últimos años, espoleado por la crisis económica y el desastroso final del Estatut. "Presidente, es un soufflé. Ya bajará". Mal diagnóstico.

Desde hace semanas, el acto de Girona estaba en la agenda del Príncipe y ha pasado, con toda naturalidad, a la agenda del nuevo Rey. Felipe VI sigue así la senda de su padre. Primer viaje, a Catalunya.

Juan Carlos I viajó a Barcelona el 17 de febrero de 1976, cuando aún no se habían cumplido tres meses de su proclamación como nuevo jefe del Estado. Fue una visita importante. Aquel mes de febrero se produjeron en Barcelona dos importantes manifestaciones convocadas por la Assemblea de Catalunya, órgano coordinador de la oposición democrática, a favor de la amnistía y de la recuperación de las libertades democráticas. La policía se empleó a fondo contra las manifestantes y una extraordinaria foto del periodista catalán Manuel Armengol acabó en la portada del diario The New York Times, cabecera de referencia de la prensa mundial.



Manuel Armengol es de Badalona. En aquel tiempo éramos vecinos. Él despegaba como reportero gráfico y yo era un joven aprendiz, corresponsal local del diario Tele/eXprés. Manuel pisaba Barcelona; un servidor recorría los barrios de Badalona con una motocicleta Torrot. Recuerdo haberle visitado en su casa mientras estaba revelando las fotos tomadas, con mucha valentía, en el paseo de Sant Joan de Barcelona. Una fotos de gran impacto. La Policía Armada –agentes antidisturbios venidos de Valladolid– golpeando a un grupo de manifestantes proamnistía. "Las tengo que enviar al New York Times", recuerdo que me dijo Manuel, emocionado. Una anécdota: el fotógrafo sugirió a la persona que le hizo el encargo que firmasen las fotos con sus siglas y el diario norteamericano las acabó publicando con el nombre completo que figuraba en el dorso del sobre que acababa de recibir de Barcelona: Manuel Armengol Cervera.

Le Figaro y Der Spiegel también publicaron aquellas fotos. Excelente fotógrafo y gran persona, Manuel Armengol aguantó el tipo. Recibió amenazas y una tarde fue agredido por un grupo de desconocidos en un portal de Barcelona. Las manifestaciones tuvieron lugar los domingos 1 y 8 de febrero, como preámbulo a la visita del Rey, prevista para el día 17. En el Saló del Tinell –conocido años después por la firma, en diciembre del 2003, del pacto de izquierdas que apartó a Convergencia i Unió del gobierno de la Generalitat–, Juan Carlos I pronunció un discurso amable con Catalunya, sin prometer nada en concreto. (En aquel momento, el monarca tenía plenos poderes y dirigía la línea del Gobierno, presidido por Carlos Arias Navarro). Lo más significativo fueron unas palabras pronunciadas en catalán.

Estas:

"Catalunya pot aportar a aquesta gran tasca comuna una contribució essencial i que no té preu. L’afecció dels catalans a la llibertat es llegendària, I sovint ha estat fins i tot heroica. El català es amic de les coses concretes I, per això, és també realista, ordenat i treballador. En aqueixa terra floreix l’esperit de solidaritat; la cooperació, l’obertura i la comprensió envers els altres hi son fàcils. Per això, tant de bo que el vostre exemple i la vostra voluntat decidida facin que aqueixes virtuts catalanes influeixin benèficament en molts d’altres espanyols. Encara mes: el sentit familiar que els catalans mantenen amb tanta fermesa, pot ésser un espill per Espanya s’hi emmiralli. I la dona catalana exemple de finor, de cultura i d’espiritualitat, serà qui millor guardi tots els valors eterns que aqueixa terra inclou".

El Rey pedía que el espíritu de los catalanes, definido por él mismo como constructivo, abierto y comprensivo –y también muy apegado a la libertad-, influyese en el resto de los españoles. Y concluía con un elogio de la mujer catalana, "ejemplo de finura, cultura y espiritualidad". Eran otros tiempos. Eran otros lenguajes. El Rey recibió un doble mensaje en Barcelona: la oposición democrática mostró musculatura en la calle y las autoridades locales, nombradas por Franco, le pidieron un "régimen especial" para Catalunya que incluyese a las cuatro provincias. Una segunda Mancomunitat. Juan Antonio Samaranch, entonces presidente de la Diputación, siempre avistando el futuro con fino olfato, ya había hecho reponer el rótulo de Palau de la Generalitat en el edificio de la plaza de Sant Jaume ocupado por las oficinas de la diputación barcelonesa.

En aquellos meses, el empresario catalanista Manuel Ortínez, un abogado de la industria textil catalana con buenos contactos en Madrid, comenzaba a idear un pacto político para el regreso de Josep Tarradellas como presidente de la Generalitat. En su libro de memorias, titulado Una vida entre burgesos, Ortínez, íntimo amigo de Tarradellas, un hombre con fuerte vocación política, que no llegó a afiliarse a ningún partido, explica cual fue su reflexión: "La Monarquía no se consolidará si Catalunya no declara que la acepta. La contrapartida es el reconocimiento de la Generalitat y el Estatut". Ortínez sitúa esta reflexión en agosto de 1976, en su casa de Calella de Palafrugell, tras una conversación con el escritor Josep Pla y con Josep Quintà, un ampurdanés amigo de ambos. En noviembre de 1976 se produjo el primer contacto entre Ortínez y Alfonso Osorio, entonces vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez.

El rey Juan Carlos vio en Barcelona que una transición lenta podía ser peligrosa para la restauración de la Monarquía. Podríamos decir que en las manifestaciones de Barcelona comenzó a rodar, cuesta abajo, la cabeza de Carlos Arias Navarro, el inmovilista que quería atar corto al Rey. En junio de aquel año, Juan Carlos y Sofía realizaron su primer viaje al extranjero. Destino: Estados Unidos.

Una breve escala en Santo Domingo para recalar en Washington entre el 2 y el 6 de junio. El nuevo rey español fue recibido por el presidente de Estados Unidos, Gerald Ford, que dos años antes había sustituido a Richard Nixon, obligado a presentar la dimisión como consecuencia del escándalo Watergate. Juan Carlos pidió a la administración norteamericana una entrevista a solas con el presidente Ford, sin la presencia del ministro de Asuntos Exteriores, José María de Areilza. El Rey expuso a Ford el deseo de proceder a una implantación relativamente rápida de la democracia parlamentaria en España, mediante unas elecciones legislativas que podrían tener lugar en 1977. Preguntado por el presidente norteamericano sobre el procedimiento que pensaba seguir, descartó que el primer paso democratizador fuesen unas elecciones municipales. "Mi abuelo tuvo una mala experiencia con las elecciones municipales", habría dicho Juan Carlos, según cuenta la historiadora Encarnación Lemus en un magnífico trabajo titulado Estados Unidos y la Transición española (Ediciones Silex, Universidad de Cádiz, 2011).

Los norteamericanos disponían de un exhaustivo informe sobre los primeros cien días de reinado, elaborado por su embajador en Madrid, Wells Stabler. El 'informe Stabler', muy elogiado aquellos meses en Washington, recomendaba una rápida fusión de los grupos centristas españoles (así nació UCD), favorecer "un socialismo responsable y democráticamente orientado" y aislar a los comunistas, sin pronunciarse rotundamente por su exclusión, puesto que en el documento también se señalaba que la ilegalización podía incrementar su atractivo político. Se recomendaba evitar un sindicato obrero único que pudiese quedar bajo la influencia comunista. No es difícil leer en el 'informe Stabler' las líneas básicas de la transición española. Los norteamericanos querían, por encima de todo, que España no se convirtiese en un segundo Portugal. El Portugal muy virado a la izquierda de Abril 1974-Noviembre 1975. Aún hoy, resulta asombroso comprobar como el relato oficial de la transición desdeña el influjo del 'factor Portugal' en la evolución política española. La transición hacia una democracia abierta, sin exclusiones y sin tentaciones de dictablanda, se la debemos, en parte, a Portugal. Y a la movilización social de los demócratas de a pie. Y a las manifestaciones de Barcelona. La idea de una transición urdida exclusivamente desde arriba es falsa.



De izquierda a derecha, el presidente norteamericano Gerald Ford, el ministro de Asuntos Exteriores español, José María de Areilza, el secretario de Estado, Henry Kissinger, el rey Juan Carlos, y el embajador de Estados Unidos en Madrid, Wells Stabler. Washington, primera semana de junio de 1976.

En Washintgon, Ford escuchó al Rey e insistió en la necesidad de que España ingresase lo más rápidamente posible en la OTAN. El fortalecimiento del flanco sur europeo, ante un potencial expansionismo político de la Unión Soviética, era en los años setenta una de las grandes preocupaciones de los norteamericanos. Y de la China de Mao, por muy paradójico que pueda parecer. Los norteamericanos eran conscientes, sin embargo, que el ingreso en la OTAN debía producirse después del asentamiento de la democracia en España, para, entre otras cosas, sortear la oposición de algunos países europeos miembros de la Alianza Atlántica, como Suecia y Holanda, muy hostiles a cualquier franquismo disfrazado. El secretario de Estado Henry Kissinger ya había comenzado a archivar su pretensión inicial de una democracia limitada en España, con un poder ejecutivo fuerte en manos del Rey. Una idea grata a Manuel Fraga Iribarne, cuyo primer dibujo era el siguiente: constitución a referéndum antes de la convocatoria de elecciones, sistema electoral mayoritario, una Cámara elegida por sufragio universal y un Senado corporativo, cierta capacidad de gestión para las 'regiones' y exclusión del PCE. Ese podía haber sido el diseño de la transición. El Rey pronto constató que ese podía ser un camino peligroso para la Monarquía. Lo constató en Barcelona, por ejemplo. El embajador Stabler también lo vio de la misma manera: en España era necesaria una mayor flexibilidad. La discrepancia táctica entre Stabler y Kissinger reproduce, en otra escala, la fuerte disensión que se produjo entre 1974 y 1975 entre Kissinger i Frank Carlucci, embajador de EE.UU. en Lisboa. Al ver la orientación izquierdista de la Revolución portuguesa, Kissinger se planteó la intervención militar de la OTAN (con una posible ayuda del Ejército español), previo enfrentamiento entre las fracciones moderadas y radicales del Movimiento de las Fuerzas Armadas portugués. Carlucci le dijo a Kissinger que era muy peligroso provocar otro Chile en Europa y aconsejó una táctica más gradualista y astuta para favorecer la victoria del sector moderado de la Revolución portuguesa, cosa que finalmente ocurrió.

Pocas semanas después de su regreso de Washington, el rey Juan Carlos destituyó a Carlos Arias Navarro y nombró presidente del Gobierno a Adolfo Suárez. Julio de 1976. Comenzaba la 'transición exprés'. El embajador Wells Stabler seguramente sonrió.

Felipe VI hará su primer viaje a la Girona soberanista, pero su primera cita en el exterior esta vez no ha sido concertada con Washington. La guerra fría ya es historia, el mundo padece hoy otros desordenes y en la capital de Estados Unidos lo que preocupa de España es la gravedad de la crisis económica y su repercusión en la zona euro. Rodeado de problemas, el presidente Barack Obama tiene su principal prioridad estratégica en el Pacífico, concretamente en el Mar de la China. El mundo ha cambiado mucho en los últimos cuarenta años.

El mundo ha cambiado mucho, pero todos los caminos siguen conduciendo a Roma. Los nuevos reyes de España han colocado el Vaticano en el primer renglón de su agenda exterior, para 'compensar' la ausencia de simbología religiosa en la ceremonia de proclamación del pasado jueves el Congreso de los Diputados. Felipe VI juró la Constitución sin crucifijo y nadie pidió al cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid, que oficiase una misa tedéum en la catedral de la Almudena, como hiciera el cardenal Vicente Enrique y Tarancón el 22 de noviembre de 1975 en los Jerónimos, tras la coronación de Juan Carlos I. Rouco Varela estuvo esperando una llamada de la Casa del Rey pidiendo esa misa. Y esa llamada no se produjo. En Madrid todavía resuenan las palabras del cardenal Rouco en los funerales de Estado por Adolfo Suárez, hace un par de meses, advirtiendo del riesgo de una nueva guerra civil en España. Roma seguramente habrá entendido el mensaje.

La Iglesia no ha tenido protagonismo en la proclamación y los reyes viajan al Vaticano para recordar la existencia de la monarquía católica española, en términos modernos. Quinientos años nos contemplan. Los Reyes de España y el Papa de Roma, artífices de la política europea después del descubrimiento de América. (La expresión Reyes Católicos fue acuñada por el Papa Alejandro VI, el valenciano Roderic Borja, el astuto jefe de la dinastía Borja, que hablaba catalán en los aposentos pontificios). La esfera católica recubriendo el planeta. Una concepción del mundo que comenzó a agrietarse a principios del siglo XVII con el auge del luteranismo y la rebelión de Flandes. Una esfera que comenzó a empequeñecer con la Paz de Westfalia, cuna de los nuevos estados nacionales, con Francia en cabeza. En los tratados de Westfalia (1648), pierden peso, poder e influencia España y el Papa de Roma. La monarquía católica española, puente con América. Ese es un dato estratégico que sigue inscrito en los anales del Vaticano, aunque su actual intérprete, el Papa Francisco, nacido en Argentina, se halle muy, muy lejos del eurocentrismo.

Francisco es hoy signo de renovación, de valentía ética y de capacidad de comunicación con el mundo que cambia. Francisco, reconocido por la revista Time como el líder mundial más influyente, forma parte de lo "nuevo". Fijémonos en un detalle. No es lo mismo escribir que el primer viaje de los Reyes al exterior será al Vaticano, que escribir que será a Roma para ver a Francisco. El Vaticano es lo 'viejo'. Francisco es lo 'nuevo'. Por el momento.

Visita a Roma, ciudad de peregrinajes. Ciudad que, durante siglos, ha visto pasar a todos los reyes y príncipes del mundo. Una ciudad irónica, cuando no sarcástica. Pienso en una película grácil, alegre y distraída, que tuvo un extraordinario éxito hace ya muchos años. 'Vacaciones en Roma'. Una princesa de viaje oficial a Roma, que durante una noche se escapa del protocolo, conoce a unos periodistas –que no la reconocen– y baila con ellos hasta la madrugada. Al día siguiente vuelve a interpretar su papel, con mucha dignidad. Aquella escena en la que la princesa Anna (una grandiosa Audrey Hepburn) responde a las preguntas de los periodistas con total formalidad, impresionada por uno de los reporteros.

Vean este fragmento, contiene una sopresa:


"Moriones, de La Vanguardia de Barcelona”, dice el periodista que saluda a la princesa, después del apuesto reportero norteamericano de la agencia American News Service. Julio Moriones, corresponsal de La Vanguardia en Roma desde los años cincuenta hasta 1977, una auténtica institución entre los periodista extranjeros acreditados en la capital de Italia. Más de treinta periodistas de la Stampa Stera (Prensa Extranjera), el club de corresponsales de la ciudad, participó en el rodaje de 'Vacanze romane' (1953). Los productores de la película, dirigida por Willy Wilder, pidieron ayuda a la Stampa Estera. Querían periodistas de verdad en el rodaje. Acudieron más de treinta corresponsales. Julio Moriones de La Vanguardia y Julián Cortés-Cavanillas de ABC, en primera fila, flanqueando a Gregory Peck y Eddie Albert. Una escena memorable que aún es recordada por los viejos del lugar en el bar de la Stampa Estera, a cuatro pasos de la Via del Corso.

Una gran película, que afronta un tema muy actual y muy real: la tensión entre la vida y el protocolo. Un guión escrito por Dalton Trumbo (autor, entre otros guiones, de 'Jonnhy cogió su fusil', 'Papillon', 'Espartaco'…), un escritor comprometido, acusado de comunista por el macarthismo en los años cincuenta. Uno de los 'Diez de Hollywood' que se negó a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. ¿Un guionista acusado de comunista, autor de un cuento de hadas, que promueve la idea de una monarquía flexible? Cierto. Cuando recibió el encargo, Trumbo estaba encartado y no pudo firmar el guión. Firmó con el nombre de un amigo suyo, Ian McLellan Hunter, sin problemas con el tribunal que buscaba marxistas en la industria cinematográfica norteamericana. En 1991, el Sindicato de Guionistas reconoció la autoría de Trumbo, cuando este ya llevaba 15 años muerto.