La retórica de la prevaricación

 Author Img DIRECTORA ADJUNTA

 21/02/2016 00:20 | Actualizado a 21/02/2016 04:21

El conseller Raül Romeva envió una carta a los embajadores europeos y al presidente de la Eurocámara, Martin Schultz, firmada como “minister of Foreign Affairs” y se desató el escándalo en la Moncloa. Soraya Sáenz de Santamaría dio cuenta del recurso ante el Tribunal Constitucional contra la Conselleria d’Afers Exteriors. Por su juventud, la vicepresidenta no debe de recordar las airadas reacciones del gobierno central allá por los años ochenta, cuando Jordi Pujol empezó a practicar lo que hoy se denomina “acción exterior”, una competencia que practican no sólo las comunidades autónomas, sino también instituciones locales. Sin ir más lejos, la Diputación de Barcelona cuenta desde hace décadas con una delegación en Bruselas más potente que la de la Generalitat.

Los primeros viajes al extranjero de Pujol ya provocaron suspicacias. Pero el president aplicaba una esmerada estrategia: se mostraba solícito con los embajadores españoles, en cuyas residencias solía alojarse –no sólo por motivos políticos, la comodidad no era desdeñable...–, y aprovechaba cuantos foros regionales tenía a mano para tejer una tupida red de contactos internacionales. Ya en el 2003, Pujol podía reunirse con el primer ministro francés, Jean-Pierre Raffarin, gracias a la amistad que forjaron cuando ambos frecuentaban la Asamblea de las Regiones de Europa (ARE). De todas formas, a Pujol le gustaba aprovechar algunos de sus viajes para hacer teatro del bueno a cuenta de los símbolos nacionales, como aparecer en su coche oficial con una pequeña ­senyera en el capó... Años después, su delfín, Artur Mas, también se presentaba en las tarjetas de visita como prime minister, curiosa y libre traducción de conseller en cap...

Raül Romeva, conseller de Afers ExteriorsRaül Romeva, conseller de Afers Exteriors (Xavier Cervera)

Lo cierto es que casi todas las autonomías se lanzaron pronto a fomentar sus relaciones internacionales. En 1997, a raíz de un recurso al Constitucional contra el Gobierno vasco por la oficina abierta en Bruselas, el alto tribunal avaló este tipo de delegaciones siempre dentro del ámbito de las competencias autonómicas. El Estatut de Catalunya ya recoge la posibilidad de abrir oficinas y firmar acuerdos en el extranjero (el andaluz cuenta con un capítulo parecido dedicado a la “acción exterior”). La gran diferencia es semántica. El Govern de Catalunya gusta de llamar a esas representaciones “embajadas” para sulfurar a algunos en Madrid y hacer ver lo que se no se tiene. Las competencias de la Conselleria d’Afers Exteriors son las mismas de la anterior Secretaria d’Afers Exteriors, es decir, las que dicta el Estatut: promover la proyección exterior de Catalunya “respetando la competencia del Estado en materia de relaciones exteriores”. Pero la nomenclatura, el envoltorio, es más vistoso. Y, como tal, ha llamado poderosamente la atención de la Moncloa. No tanto del ministro José Manuel García Margallo, que conoce la triquiñuela y ve más ruido que nueces en el asunto. Por eso, los abogados del Estado activados por Santamaría añaden como argumento ante el Constitucional las altisonantes declaraciones de Carles Puigdemont y Romeva para intentar demostrar que no es sólo un cambio de nombre.

El PSOE, inmerso en su habitual complejo sobre la unidad de España, no se ha atrevido a contradecir la reacción airada del PP. De hecho, los gobiernos socialistas también se escandalizaron en su día por otras “provocaciones” del mismo tenor, como la creación de la Conselleria de Medi Ambient, que pretendidamente invadía las competencias estatales. Pujol jugó durante décadas a eso que ahora sus discípulos llaman “crear estructuras de Estado”, que finalmente acababan imitadas por el resto de las autonomías. La diferencia es que Puigdemont y el actual Govern lo hacen con una elocuencia vocinglera y un despliegue de gesticulación para afianzar el clima de “desconexión”.

Es lo que el recién fallecido Umberto Eco llamaba la “retórica de la prevaricación”, que explicaba recurriendo a la fábula de Fedro sobre el lobo y el cordero. El primero se detiene a beber en un riachuelo, y el segundo, prudente, lo hace unos metros más abajo. El lobo busca un pretexto para pelearse y le reprocha que enturbie el agua. El cordero replica con lógica aplastante: “¿Cómo puedo hacer eso, si bebo el agua que pasa antes por ti?”. El lobo no se rinde: “Hace seis meses hablaste mal de mí”. Y el cordero rebate: “¡Pero si aún no había nacido!”. “¡Por Hércules! –clama el lobo–, fue tu padre el que habló mal de mí”. Y se lo zampa. La retórica de la prevaricación como forma de legitimar los propios gestos por injustos que sean. El Gobierno central se escandaliza para esconder su debilidad y la altanería del Ejecutivo catalán disimula que Pujol se colaba en los despachos internacionales más codiciados como presidente regional, mientras que un Govern con un “ministro” de Exteriores apenas ha reunido a los cónsules y visitado a colegas eurodiputados. Y los corderos somos nosotros.